España - Asturias

La exquisitez como meta

Samuel González Casado
martes, 29 de julio de 2014
Gijón, martes, 15 de julio de 2014. Centro de Cultura Antiguo Instituto. Forma Antiqua. María Eugenia Boix, soprano. Carlos Mena, contratenor. Ruth Verona, violonchelo. Pablo Zapico, guitarra barroca. Daniel Zapico, tiorba. Aarón Zapico, clave y dirección. Crudo amor: pasiones y afectos en la voz de Agostino Steffani (1654-1728): Bergl´occhi, oh Dio, non più; Dimmi, dimmi, Cupido; Occhi, perché piangete?; Crudo amor; Sol negl´occhi; Placidissime catene. Ocupación: 100 %
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Poco menos que revelador resultó este concierto monográfico de Agostino Steffani en el patio interior cubierto del Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón. Aunque puede afirmarse que el autor de Castelfranco no es un desconocido para el público, implica cierto riesgo montar un concierto protagonizado por un solo compositor y con un solo tipo de obra (dúo de cámara). También lo supone en cierta medida el enorme protagonismo de la voz sobre el acompañamiento instrumental, que queda en tercer o cuarto plano. Por último, la escritura vocal es de una dificultad extrema, no tanto del lado virtuosístico, sino más bien porque Steffani escribe con una imaginación tan sorprendente y con giros tan inesperados (dentro de la sutileza) que detrás se necesita un enorme trabajo de preparación y asimilación por parte de los cantantes, para lograr un resultado que no es de una espectacularidad manifiesta, y que por tanto no asegura el éxito ante todo tipo de público.

Puede decirse que la clave del triunfo en este caso residió precisamente en esto último, el trabajo de dos grandes cantantes, y también en su tremenda complicidad. La química entre María Eugenia Boix y Carlos Mena fue excepcional, y realmente es difícil de explicar, ya que se trata de dos instrumentos y sobre todo dos formas de emplearlos muy distintos. Pero estos grandes profesionales buscaron y lograron encontrar un punto en común sin traicionar su sonido característico.

Precisamente relacionado con lo anterior está la mayor virtud de la soprano oscense: es muy reseñable que con un fraseo profuso, lleno de rigor, y buen dominio de unos medios voluminosos gracias a su gran técnica, jamás dé la sensación de que ella está por encima de la música. Esta actitud a la hora de afrontar la interpretación, que no está en absoluto reñida con la personalidad –todo lo contrario–, se reserva a los cantantes grandes de verdad, a esos en los que resulta preponderante dar vida a un repertorio antes que desvirtuarlo desde operaciones de márketing.

En este caso, Boix tardó unos minutos en ajustar del todo su mecanismo en busca de ese equilibrio que se mencionaba más arriba, en parte también porque Steffani tiene una escritura que en mi opinión puede resultar a veces a esta cantante demasiado "fija". Así, al principio mostró un sonido retenido y algún problema de afinación en los alrededores del segundo paso, pero desde luego esto no supuso nada que pudiera trastocar la ortodoxia de un centro fantásticamente trabajado (sorprendentes agilidades ligadas y perfectamente audibles en la zona medio-grave; ojalá cundiera el ejemplo). Que una soprano que puede ejercer de lo que habitualmente se conoce como lírica-ligera tenga que desenvolverse en una tesitura tan central (no pasó de algún sol aislado en todo el concierto) es duro, y añade mérito a su interpretación.

De todas formas, a partir de su lento "Occhi, perché piangete", algo hizo "click" y prácticamente todo fue perfecto. Es decir, cuatro de los seis dúos regalaron esa rara cualidad consistente en que todo está bien y el espectador consigue una especie de relajación y diálogo con los músicos a través de lo que transmiten. En el caso de María Eugenia sus grandes momentos residieron en el mencionado "Occhi, perché piangete" y en el recitativo "La stella ch'e ma splende" del dúo "Crudo Amor", repletos de canónicos reguladores que jamás traspasaron el estricto sentido estilístico que requiere este tipo de música, pero que la dotaron de una plasticidad inolvidable. Realmente, se trata de una ocasión en que el uso de la palabra "belleza" podría describir con exactitud lo que sucedió sobre el escenario.

La soprano estuvo en todo momento apoyada por la experiencia de Carlos Mena, de una solidez inatacable en todo el concierto, e igualmente de matices muy delicados. Sus miradas de complicidad hacia ella y la facilidad con la que parece resolver todo lo que aborda hicieron que estos dúos sonaran fluidos, con mucha seguridad: con él parece difícil que algo pueda salir mal. Evidentemente, los presupuestos de base técnica son muy distintos a los de Boix. Carlos Mena es un contratenor que tiene bien resuelto todo lo que implique movilidad rápida y matices puntillosos, en su caso gracias a una posición vocal cercana a la letra "i", lo que igualmente hace que su sonido llegue estupendamente al público. En contrapartida, le resultan más difíciles los cambios de color o las modificaciones de dinámica complejas, pero su talento es enorme y es capaz de ser muy expresivo y también variado.

En cualquier caso, sus agilidades son espectaculares, y normalmente resuelve la transición desde su registro grave de forma controlada. Aparte, es capaz de dar el máximo desde el primer momento, y su prestación no tuvo altibajos. Como se ha dicho, resulta muy meritoria la afinidad vocal con la soprano: dos sonidos que parten de presupuestos que tienen poco que ver se terminan adecuando a la música de un autor que lo demanda como condición indispensable. Y Carlos Mena sabe aprovechar sus posibilidades de forma tan inteligente que arrastra a los demás hacia un punto de encuentro de lo más provechoso.

Pese a que el "alma organizativa" del concierto era el grupo instrumental centralizado en los hermanos Zapico, en este caso el protagonismo de los cantantes fue tal que poco se puede decir de esta parte. Ni las proporciones continuo-sonido vocal ni la acústica del patio interior favorecieron al clave, la guitarra barroca, la tiorba y el violonchelo de Ruth Verona, aunque se esforzaron, sobre todo esta última. El hecho de colocar a los cantantes detrás de los instrumentistas no cambió nada, y pareció una decisión que no tenía demasiada lógica respecto a lo que se estaba escuchando: el tratamiento vocal de Steffani es una pura delicatessen, y el continuo ofrece ciertas posibilidades, pero musicalmente juega en otra división, evidentemente necesaria pero con el apoyo como principal utilidad. Eso sí, los tempi parecieron resultar cómodos para todo el mundo y la lógica mandó de principio a fin, lo que es más que necesario para el tremendo éxito cosechado.

En otro orden de cosas, fue una lástima que algunos fotógrafos de medios gráficos se pasearan en pleno concierto, incluso saludándose, por gran parte del patio de butacas, algo parecido a lo que ocurre en bodas y bautizos. La ebullición de sus ruidosas cámaras coincidió precisamente con las tres partes del dúo "Occhi, perché piangete?", música exquisita en una interpretación a su altura. El ruido ambiental en algunos momentos también fue excesivo, pero nada comparable al asunto de los fotógrafos, porque es algo que tiene que ver con decisiones del Festival de Música Antigua de Gijón y, por lo tanto, perfectamente evitable con una planificación mínima.

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