Suiza

Peregrinajes del alma

Alfredo López-Vivié Palencia
miércoles, 3 de septiembre de 2014
Rudolf Buchbinder © OFGC Rudolf Buchbinder © OFGC
Lucerna, sábado, 30 de agosto de 2014. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna en Verano. Rudolf Buchbinder, piano. City of Birmingham Symphony Orchestra. Andris Nelsons, director. Ludwig van Beethoven: Concierto para piano y orquesta nº 5 en Mi bemol mayor, op. 73; Edward Elgar: Sinfonía nº 2 en Mi bemol mayor, op. 63. Ocupación: 100%
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“Cuando Beethoven escribió el Adagio, tenía en la mente los cánticos religiosos de los peregrinos devotos.” Son palabras de Carl Czerny, alumno predilecto de Beethoven y encargado de la parte solista de su Concierto en Mi bemol mayor en su primera ejecución vienesa en febrero de 1812, referidas al famoso tiempo lento de esta obra (conocida en todas partes como “Concierto Emperador”, menos en los países de habla alemana, donde saben que su dedicatario no ostentaba tal título, sino “sólo” el de archiduque).

Ciertamente es una manera de ver este precioso adagio, en el que la clave reside en el ambiente recogido, el fraseo cuidadoso y el espíritu caminante. Concepto compartido por el vienés Rudolf Buchbinder y el letón Andris Nelsons, quienes dieron una versión que fue una auténtica filigrana, partiendo éste de una presentación orquestal en un pianísimo casi imposible (Nelsons conoce bien la cálida acústica de esta sala, y se aprovecha de ello), y siguiendo aquél cantando con intimidad mozartiana esas pocas -pero tan expresivas- notas. 

El grandioso movimiento inicial fue todo ímpetu, con un Buchbinder que las da todas, y un Nelsons que saca chispas de la orquesta. Ninguno de los dos se complicó la vida en exceso en materia de fraseo o de tiempos, sino que ambos convinieron -y convencieron- en una aproximación robusta y de inequívoco espíritu afirmativo. Lo mismo cabe decir del último movimiento, fogoso pero sin sonar atropellado. Como fogosa fue la ovación del respetable, correspondida por Buchbinder con el finale de la Sonata Patética.

 

Momento del concierto del 30 de agosto en el Festival de Lucerna 2014.

“El apasionado peregrinaje de un alma.” En este caso son las palabras del autor, Edward Elgar, para definir su Segunda Sinfonía. Demasiado pocas, a mi modo de ver, para resumir una obra larga –una hora de reloj- y muy complicada. El propio Elgar -cuya Primera Sinfonía había cosechado un éxito clamoroso de la mano de Hans Richter- se llevó un chasco mayúsculo al dirigir su estreno en mayo de 1911 ante una sala medio vacía que sólo le concedió aplausos de cortesía.

El caso es que en Inglaterra esta obra no se hizo un hueco hasta que un par de décadas después Adrian Boult se ocupó de propagarla. Del otro lado del Canal de la Mancha, apenas se escucha (baste señalar que la de esta noche ha sido la primera vez en el Festival de Lucerna), a pesar de los esfuerzos de algunos notables directores no ingleses, como Barenboim o Haitink, por hacerla conocer. Incluso Karajan -sin duda a instancias del gran elgariano John Barbirolli, con quien hacía buenas migas- llegó a estudiarla, aunque ni su orquesta ni su casa de discos quisieron saber nada del asunto.

Nelsons, que el año próximo se despide de Birmingham para irse a hacer las Américas, también ha querido bucear en esta Sinfonía en Mi bemol mayor. Y a fe que el trabajo ha sido ímprobo y ha dado buenos frutos. Seguramente uno de los elementos determinantes del carácter de esta obra es que el clímax se encuentra al principio del primer movimiento (Elgar escribe “fortissimo” y “con ardore” ya en el quinto compás), y a partir de ahí todo es un descenso continuado. De manera que la clave del éxito reside en no sucumbir al desaliento.

Porque hay mucho desaliento en esta obra. Las explosiones del desarrollo del primer movimiento no llegan a culminar, pero uno puede dejarse llevar por el oleaje orquestal; al apasionado Larghetto le puede el espíritu elegíaco (la obra está dedicada a la memoria del rey Eduardo VII, fallecido poco antes del estreno), pero la belleza de su canto fúnebre es sobrecogedora; el scherzo -que Elgar llama Rondò- tiene mucho del Mahler grotesco en el uso de la percusión, pero también tiene aquella brillantez; y el Finale, a pesar de su carácter cíclico, termina en un ambiente sólo pretendidamente sereno, aunque con cierta impresión de que el esfuerzo ha valido la pena.

Para alcanzar todo eso, Nelsons sudó la camiseta (sujeto, verbo y predicado son literales) y exprimió el magma sonoro de una obra de la que se acaba de declarar convincentemente converso hasta el último compás: pocos maestros hay que sepan transmitir semejante entusiasmo, toquen lo que toquen. Y los de Birmingham respondieron exhibiendo esa clase que nada tiene que envidiar a sus colegas londinenses.

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