Estudios sociales

Aires grecos

Daniel Martínez Babiloni

viernes, 19 de septiembre de 2014

En la década de 1880 Ignacio Zuloaga y Santiago Rusiñol compartían estudio en París. El vasco había presentado algunas obras de El Greco al catalán, quedando este fuertemente impresionado por su espiritualidad, su trazo y melancolía. Tanto le marcó, que en 1894 adquirió dos de sus tablas: Las lágrimas de San Pedro y Magdalena penitente con la Cruz. Ambas pinturas fueron trasladadas, en solemne y laica procesión, a Cau Ferrat, una casa-estudio comprada tres años antes en Sitges. Sus portadores y acompañantes pertenecían a la primera línea del modernismo catalán: Ramón Casas, Puig i Cadafalch o Joan Maragall, entre otros. El séquito fue acompañado por una banda de música y los vecinos lanzaban flores a su paso. Al llegar, estos grecos se convirtieron en protagonistas de la tercera fiesta modernista convocada por Rusiñol. La edición anterior estuvo dedicada al simbolismo y contó con la presencia de músicos como Enric Morera y Cesar Frank.

El pintor barcelonés fue iniciado en dicho movimiento por Erik Satie cuando vivía en Montmartre. Allí lo retrató en su habitación-armario y tocando un armonio en el Moulin de la Galette. Ramón Casas, por su parte, lo llevó al óleo en 1891: El bohemio. En los últimos años del ochocientos, el joven Picasso también coincidió con Satie y su relación con Rusiñol fue muy estrecha. El malagueño ya había abandonado la Academia de San Fernando y como otros modernistas, reconoció en El Greco su propio camino a seguir. El entierro del conde de Orgaz le sirvió como modelo en La muerte de Casagemas. De este modo, el proselitismo de Zuloaga y la acción de Rusiñol y Picasso ganaron al cretense para el arte futuro.

Los primeros en destacar su sensibilidad para captar el alma humana fueron los noventayochistas y los regeneracionistas. Para ellos la regeneración de este país, “Escuela, despensa y doble llave al sepulcro del Cid”, debería llegar, por añadidura, a través de la comunión del hombre con el terruño y la naturaleza. 
Si los actos de celebración del tercer centenario de la muerte de Doménikos Theotokópoulos, engreido, atrevido y extravagante, lo colocaron como precursor de las vanguardias, cien años más tarde, lo encontramos convertido en icono incontestable de la pintura universal y reclamo turístico de la ciudad imperial, gracias a la labor de entonces de Benigno de la Vega-Inclán.

En esta ocasión, la Fundación El Greco 2014 inauguró su programa con un concierto de ciudad de Llorenç Barber. Un encargo muy acertado, en un momento en el que lo público -denostado, vilipendiado y expoliado- se encuentra en estado de shock. El valenciano desarrolla un tipo de arte público, catártico y a la intemperie, como paliativo de lo exclusivo y erudito. Espíritu regeneracionista en definitiva. Su planteamiento es ecológico: respetuoso con el entorno. Desde su postulado de propositor, que no compositor, ofrece la oportunidad de oir con oidos nuevos una sociedad sobre-saturada. Las campanas no suenan para llamar a misa o dar alarma alguna, sino con talante estético novedoso (aunque son más de 150 las ciudades tocadas por Barber). Es una experiencia para la cual no hace falta conocer el lenguaje musical. Un estímulo dirigido hacia lo sensible, que posterga lo intelectual. La propia fisicidad del sonido hará que llegue la emoción.

En Grecos Aires, Barber invoca la suprasensibilidad de Raine Maria Rilke y su obsesiva relación con Toledo. Esa “ciudad del cielo y de la tierra”. “Una ciudad donde conviven las miradas de los vivos, de los muertos y de los ángeles”. Sobre estos últimos escribió el poeta y sobre todo, de los pintados por El Greco. Algunos de ellos son músicos y tañen instrumentos, pero otros son campanas en sí mismos. El candiota los pinta con vestidos acampanados y las piernas a modo de badajo. Así sucede, por ejemplo, en El entierro del conde de Orgaz, La adoración de los pastores o en la corte celestial que sostiene a la Virgen María sobre El plano y vista de Toledo. Por tanto, cierto halo sonoro envuelve a las pinturas del cretense.

El mismo que recrea Barber y que pudimos apreciar horas antes del concierto, al pasear por los alrededores de las iglesias de San Ildefonso y San Román. En este deambular por la ciudad, al tiempo que la lluvia cesaba, cada húmedo rincón y cada callejuela de tintes mohosos, devolvía la reverberación de los bronces con muy diferentes matices. Justamente, se desarrollaban las últimas pruebas en estos campanarios. En un plano muchísimo más prosaico -pero no menos sonoro-, una unidad de televisión instalaba su equipo con un estruendoso conversar entre el técnico destacado en una de las torres de los Jesuitas y el que le apoyaba en la plaza.

A pesar de que el protagonismo se lo lleva el pintor de rostros alargados, caminar por este entorno evoca -como diría Michel de Certeau- el sensual Toledo del cantor al carpe diem y a las ninfas del Tajo. Si soneto deriva de sonus, no menos sónica resulta la Oda a la flor de Gnido de Garcilaso:

Si de mi baja lira tanto pudiese el son, que en un momento aplacase la ira del animoso viento y la furia del mar y el movimiento.

Tras el paseo vespertino, o puesta en situación, acudimos puntualmente a la convocatoria. Esta vez, nos apostamos en la terraza del hotel Carlos V. Ante nosotros, una vista que de conocerla El Greco, seguro la hubiera añadido a su catálogo. En línea recta, dirección oeste: la Primada, San Ildefonso y San Román. Un poco más allá, Santo Domingo el Antiguo, donde yace el artista. Suroeste: Santo Tomé, donde El entierro del Conde de Orgaz, y El Salvador. Al sur, la iglesa de los Santos Justo y Pastor. A nuestra espalda, San Miguel y al noreste, el Miradero, desde donde se lanzó parte de los fuegos artificiales. El resto de campanarios, hasta quince, no los podíamos divisar. La curiosidad y tensión en los momentos previos era máxima, incluso por las calles se comentaba con expectación lo que podía resultar. Llegado el momento, los tres avisos, tres carcasas cual valenciana mascletà, hicieron enmudecer al numeroso público. También sirvieron para sincronizar los cronómetros en las diferentes atalayas.

Barber ha dicho en más de una ocasión que Satie, le fils des étoiles, es uno de sus referentes. De él dice Jean Pierre Armengaud que deseaba “con toda su alma que la música no sea tributaria del tiempo, sino del espacio, como la danza y como la pintura”. El minimalismo maximizado y mediterráneo del campanero es un ejemplo: desde muy lejos comenzaron a llegar tañidos, pausados y sigilosos, espaciados en el tiempo y en la geografía. Poco a poco se fueron apretando y acercando. A los pocos minutos recibimos una sacudida. Las campanas de la catedral emitían latigazos sonoros graves y machacones: un perfecto cluster en un piano. Con esta mole sonora, la severidad contrarreformista, a la que sirvió el pintor, pareció asomar en aquel momento. A continuación, otra vez desde lejos, repicaban las pizpiretas campanas conventuales. No suenan igual que las de las iglesias, más serias y solemnes, como los retratos del cretense.

Entre este ir y venir, un colorido juego de reverberaciones y armónicos, mutando aleatoriamente, se cernía sobre nosotros. Interesantes resultaron las texturas: una alternancia de finuras a modo de carillón, silencios y grandiosidades brucknerianas. En otro momento, un motivo de cuatro sonidos, repetido desde otras torres, parecía llegar desde Santo Domingo. Ecos de percusión aérea, más acolchados, ponían el contrapunto al timbre broncíneo. Cohetes sibilantes, roncadores y tronadores se contestaban o imitaban desde diferentes puntos de la ciudad. Y de nuevo, como vigilante convidado de piedra, los latigazos catedralicios, que a pesar de la impresión que causaban y su belleza, al tiempo resultaron monocromos y monótonos. Avanzada la pieza, de algún modo, comenzamos a intuir el fin. La calma mantenida hasta el momento llegó, tras el famoso crescendo de ciudad, a un frenesí sonoro y multicolor en la coda pirotécnica. Finalmente, el balance se puso de parte de lo explosivo. Al acabar, nos dimos cuenta de que los tañidos venían con retrogusto: convertidos en un persistente gusano de oido, tardaron varios minutos en desaparecer.

Obviamente, todo estuvo aderezado por el sonido ambiente: sirenas de policía, cuchicheos, carraspeos y, como en cualquier concierto que se precie, politonos de todo tipo. A través de una conversación telefónica pudimos corroborar que la entrada al casco antiguo estaba colapsada. Ciertamente, en estas músicas la escucha es abierta. Cada oyente construye su experiencia atendiendo a sus sensaciones, sensibilidad, situación, interés... o como dicen los constructivistas, sus conocimientos previos. Lo mismo que en las espirales de Richard Serra: cada cual siente la escultura a su manera. Quien es claustrofóbico se angustia en su seno, quien busca lo desconocido se excita ... si se estrechan, se ensanchan, se agrandan o empequeñecen, se abren o se cierran.

Dice Rubén López Cano que los conciertos de ciudad de Barber son plurifocales, tanto como plurirreceptivos, añadimos. Son introspectivos, al modo de Unamuno, y buen antídoto contra la abulia denunciada por aquellos literatos. Cada cual que busque en su interior. Así, por acción o reacción, aquella tarde, Toledo se escuchó a sí misma.

Notas

Toledo (España), 18/01/2014. Campanarios de Toledo. Músicos de la Asociación Musical Manuel de Falla de Illescas, Asociación Musical S. Martín de la Vega, Escuela Municipal de Música de Talavera y Conservatorio Profesional de Música Jacinto Guerrero dirigidos por Juan José Montero. Llorenç Barber: Grecos Aires. Una sinfonía campanera para la inauguración del Año Greco 2014.

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