Reportajes

Gabriela Montero: una revolución musical en marcha

David Coifman

miércoles, 1 de octubre de 2014

A pesar de la apretada agenda de ensayos, recitales, entrevistas y el sin cesar del estudio diario durante su última gira internacional que la ha traído hasta Madrid el pasado 25 de septiembre en el Auditorio Nacional, la pianista y compositora venezolana Gabriela Montero tuvo además la enorme deferencia de abrirse un espacio de tiempo para conversar sobre el variado repertorio de temas políticos, sociales, culturales y musicales que recibe diariamente a través de las innumerables fuentes impresas y digitales de las que dispone en los aviones y hoteles que median entre su itinerante trabajo y la vida hogareña en la lejana California. Anteayer los leía en inglés, al día siguiente en alemán y hoy en español. Aunque los idiomas y los formatos cambian en el trayecto del viaje, no así su interés por temas que preocupan por igual a todos los ciudadanos del mundo libre, tales como el manejo indiscriminado del poder político, los descalabros en la economía mundial, la sanidad pública global y las nuevas tecnologías con las que, a un mismo tiempo, se ha ido aumentando la calidad de la vida y la mortandad en las guerras. Preocupaciones que no distinguen condiciones sociales, colores de piel, ni procedencias geográficas porque implican a todo el mundo.

Surge así la conversación sobre el vigente temor a la extensión del virus del ébola desde África al recordar la rapidez con la que el chikungunya llegó a Latinoamérica tras las descontroladas oleadas migratorias de asiáticos, provocando brotes pandémicos tan graves como los que afectan ahora a Venezuela a raíz de la conocida carencia de repelentes y fármacos que padece el país a causa de la errada política populista de sus actuales gobernantes. Pero el tema de comidilla es el ofrecimiento de cinco millones de dólares del presidente Nicolás Maduro para combatir el ébola en África, como si no fuese por todos conocida la terrible situación que el pueblo venezolano está padeciendo, y va in crescendo, por la precaria sanidad pública nacional. Y entonces, con su natural pausada voz y mirada comprometida, Gabriela comenta: “Ves, David, por todo esto es por lo que no puedo quedarme callada”.

Porque Gabriela Montero, venezolana de nacimiento, de espíritu, de convicción y sin duda también de complexión, prototipo de las fuertes e incansables luchadoras latinoamericanas aludidas como “amazónicas”, reconoce en ella un compromiso mayor si cabe con la música en el amor que a diario recibe de quienes le claman y le agradecen su necesidad de ser vocera del grave daño que le sigue ocasionando, incluso a la misma identidad venezolana, el pequeño grupo (y afines) que llevan las riendas del poder político-militar y cultural en su país natal. Mensajera de los venezolanos que no hace mucho tiempo atrás podían ufanarse de ser ejemplos de unión social por el inquebrantable apego a la patria, ahora debilitada por una masiva emigración que busca arraigo en la identificación con los artistas internacionales que, como Gabriela Montero, representan la excelencia y la honorabilidad de un pueblo nacido en justicia e igualdad de oportunidades en democracia.

Y así, como referencia mundial de la Venezuela que sigue activa en la aclamada excelencia artística de la eximia pianista, los compatriotas que residen en las ciudades por donde ella pasa en su incansable marcha internacional de conciertos la buscan no tan sólo para admirarla sino también para hablarle, felicitarla o simplemente mostrarle una sonrisa de agradecimiento por prestar su imagen y voz a la lucha cotidiana que ahora une a todos los venezolanos, fuera y dentro de la patria, para que retorne la coherencia política al país. Y entonces, una vez más, Gabriela suspira y con ojos titilantes de lágrimas comenta: “Ves, son estas y otras muchas las razones por las cuales jamás podré quedarme callada”.

Gabriela se muestra así como el lucero que alumbra las auroras llenas de esperanzas y anhelos personales de todos los “ex–patriados”. Pero esta expresión no sólo identifica a una de las últimas composiciones escritas por la artista, sino también a un magistral quehacer pianístico que no conoce fronteras, de la que tuvimos oportunidad de apreciar en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional de Madrid, el pasado jueves 25 de septiembre, interpretando el Segundo concierto para piano (op. 18) de S. Rachmaninov, con el que arrancó el efusivo aplauso del público asistente, a pesar de que la Orquesta Clásica Santa Cecilia, dirigida por Grzegorz Nowak, no estuvo a la altura del exigente programa.

Pero el problema que me impide hacer una crítica en toda regla fue la localidad más próxima que decidí adquirir en la sillería del coro que, en todo sentido, resulta un fraude para quien desee disfrutar algo más que una experiencia nueva. Esta sillería simplemente no estuvo pensada por los arquitectos para sentar al público, ni mucho menos pagando, por la sola razón de que la acústica no está preparada para retornar el sonido dirigido unilateralmente hacia el patio y los balcones principales. Como resultado, la interpretación de la obertura de Los Maestros Cantores de Núremberg de R. Wagner con la que se abrió el evento se convirtió para los allí sentados en un “concierto” para trompas y timbales. El fraude sin embargo no se basa tan sólo en que la localidad debería haber sido ofrecida, por esta razón, casi gratis (porque estoy opuesto a conciertos gratuitos) sino también con la advertencia de venir preparados con tapones para los oídos si las piezas incluyen en particular platillos, cuya cercanía hace desaparecer la ya lejana reverberación de la interpretación orquestal. Inconveniente que no desestimó la oportunidad que tuvimos de disfrutar de la personal relación de Gabriela Montero con la improvisación pianística, la que no faltó a la cita. En esta oportunidad, basada en la magnifica tonada Caballo viejo del compositor venezolano Simón Díaz solicitada por la audiencia.

Sabemos por propias palabras de Gabriela que esta particular y aplaudida cualidad de la artista la trae consigo desde su nacimiento, primero como el resultado natural de una diversión cotidiana, para más tarde convertirse en emblema de sus recitales y conciertos alrededor del mundo. Aunque la Europa académica traza los orígenes de las improvisaciones musicales en el gusto popular por “tientos y fantasías”, la tradición musical venezolana también cuenta al respecto con una significativa historia, trazada desde la pianista prodigio caraqueña María de la Concepción Patiño Urbina, quien con sólo 7 años de edad, en 1798, ya improvisaba las danzas que confeccionaban las tradicionales cuadrillas de baile que amenizaban las fiestas en los salones de la Venezuela colonial. Luego brillaría igualmente la pianista prodigio Teresa Carreño, quien con tan sólo 12 años de edad, en 1866, fue condecorada en Madrid después de interpretar, entre otras piezas, una improvisaciones sobre temas populares relacionados con la Jota aragonesa.

Pero después de un lapso de tiempo olvidado dentro de la práctica académica en salas de concierto, Gabriela lo ha revivido cargado de eclécticos matices de postmodernas combinatorias, en asombroso e impecable dominio artístico, a través de los más variados aires populares, que por separado pueden ser fácilmente identificables (al aludir a un enorme abanico geográfico de identificaciones sonoras que incluye desde el tradicional jazz, pasa por la salsa neoyorkina, el danzón cubano, el merengue dominicano, el joropo venezolano, hasta alcanzar el más racial tango argentino) y que, sumados a su magistral virtuosismo pianístico, se convierten en joyas de un arte musical único en la efímera belleza de su existencia al estilo exclusivo de “la Montero”.

Vuelta a su casa al día siguiente, Gabriela Montero dejó en las entrevistas publicadas por los principales rotativos locales su conocida opinión sobre los graves problemas político-sociales venezolanos actuales. En todas se destaca su sonada diatriba con el silencio que el conocido director venezolano Gustavo Dudamel se ha impuesto respecto de su más que evidente relación política con el actual gobierno populista de su país. Pero todos sabemos que la única revolución venezolana en marcha que tendrá importantes repercusiones en el futuro de la música académica es la que está llevando a cabo la pianista con sus impresionantes improvisaciones, representativas de los enormes esfuerzos que el mundo libre está llevando a cabo para que todas las sociedades y culturas del orbe convivan con la misma lógica armonía con la que Gabriela Montero paseó Caballo viejo por la historia de las formas y estéticas musicales universales.

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