España - Madrid

Efectismo inteligente

Mikel Chamizo
viernes, 17 de octubre de 2014
Vladimir Jurowski © Drew Kelley | IMG Vladimir Jurowski © Drew Kelley | IMG
Madrid, viernes, 17 de octubre de 2014. Auditorio Nacional. Jean-Efflam Bavouzet, piano. London Philharmonic Orchestra. Concierto para piano nº3, opus 26, de Serge Prokofiev. Sinfonía nº8, opus 65, de Dmitri Shostakovich. Director: Vladimir Jurowski. Ciclo Orquestas y Solistas del mundo de Ibermúsica. Asistencia: 75%.
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Escuchar a Prokofiev y Shostakovich juntos en un mismo programa es siempre un ejercicio fascinante. Aunque compartieron país, época, tradición musical y contexto político durante gran parte de sus vidas, sus personalidades son como la noche y el día. La de Prokofiev es una música extraordinariamente compleja que a menudo suena pretendidamente ligera; la de Shostakovich, mucho más elemental en términos creativos, busca el drama y la profundidad. El talento como compositor de Prokofiev se diría muy superior, pero sentimos que Shostakovich nos ha legado algo más importante. En cierto modo, hay una contradicción latente en un concierto que presenta juntos a estos dos autores, porque representan dos formas opuestas de entender lo que es sustancial en la música. Si uno de ellos está en lo cierto, el otro no debería estarlo. ¿Pero quién nos dice la verdad? ¿Cuál de los dos es el verdadero genio?

José Luis Pérez de Arteaga recoge una anécdota narrada por Rozhdestvenski en las notas al programa, que revela lo poco que se entendían ya en su tiempo ambos compositores. “Son bien conocidas -señala Rozhdestvenski- las críticas que Prokofiev hizo, a raíz de su estreno, a la Octava Sinfonía de Shostakovich, críticas muy duras, yo creo personalmente que fuera de contexto, en las que Prokofiev llegó a hablar de la necesidad de cortar, para que la obra tuviera validez, al menos dos terceras partes de la misma, lo cual es, con todos los respetos, un perfecto disparate musical. Bien, eso revela cuán diferentes eran en el terreno creativo. Pero la historia no acaba ahí. Cuando Prokofiev estrenó su ballet Cenicienta, a Shostakovich le encargaron de Pravda una crítica de la obra: Prokofiev se quedó entusiasmado al leer el comentario de Shostakovich, porque este hablaba admirablemente de la composición, era una crítica fantástica y decía maravillas de la partitura. Así que enseguida Prokofiev llamó a Shostakovich por teléfono, emocionado, y le dio las gracias por un comentario tan efusivo. Shostakovich se limitó a decirle: 'Bueno, no se preocupe, si lo único que ocurre es que las dos terceras partes de la crítica, que hablaban muy mal de su obra, están cortadas', y colgó el teléfono”.

Siempre he pensado que los conciertos para piano de Prokofiev no necesitan de un gran pianista. Requieren, claro está, un solista de técnica sólida y sutil conocimiento estilístico, pero no forzosamente un gran intérprete: si se tocan con la precisión debida, éstos son conciertos que se expresan perfectamente por sí mismos y dejan poco espacio al lucimiento personal. La personalidad de Prokofiev está tan presente en cada recoveco de la partitura que no hay en ella espacio para desplegar las ideas de ningún otro. Quizá sea ésta la razón por la que tan pocos entre los más grandes pianistas se hayan acercado a ellos, o que lo hayan hecho de forma muy puntual -con excepciones como Ashkenazy, que grabó los cinco conciertos, Argerich, que tocó a menudo el tercero, y en tiempos recientes jóvenes figuras como Lang Lang o Yuja Wang, esta última con una impactante recreación del Concierto nº2 junto a Dudamel-.

En el caso de Jean Efflam Bavouzet, él es el responsable de la grabación más reseñable del ciclo completo en los últimos años. Conoce perfectamente los códigos interpretativos: su toque en este Tercero fue incisivo sin caer en lo percutivo, supo integrar a la perfección el piano en el torrente orquestal tan característico del primer movimiento, desplegar las dinámicas con un perfecto equilibrio en los diálogos con los instrumentos de viento, tan representativos de la obra, y tratar el singular melodismo del Tema con variazioni con objetividad, sin tratar de explicar o subrayar lo que ya es obvio y convertir así la ironía en sarcasmo. El resultado, en su totalidad, fue admirable, una gran exposición de esta obra repleta de fuerza e imaginación. Pero... ¿fue también memorable? Probablemente no haya habido una interpretación memorable de estos conciertos desde las que hiciera el propio Prokofiev hace casi un siglo, ya que todo en ellos gira en torno a él y su forma de tocar.

La Sinfonía nº8 de Shostakovich es otro cantar, un monumento tan desmesurado que requiere necesariamente de alguien que le aplique sentido y dirección. Jurowski optó por el efectismo y no exagero cuando afirmo que hace muchos años que no escuchaba unos tuttis tan imponentes como los que logró la London Philharmonic en los clímax del primer y último movimientos, ensordecedores, de los que te golpean físicamente. Afortunadamente, el de Jurowski fue un efectismo inteligente, construyendo la llegada a esos clímax paso a paso, minuciosamente, no desatando de súbito la furia de los metales como harían otros directores más vulgares, sino sopesando cada compás hasta liberar al animal salvaje que se oculta tras esta sinfonía. El resultado fue un tremendo espectáculo orquestal, tan difícil de lograr y tan intenso que dieron igual otros aspectos más irregulares de la versión, como ese Largo incrustado en el centro del enorme triple movimiento que cierra la sinfonía, algo moroso, pesado; el sonido de las maderas, demasiado al limite, rondando a veces lo feísta -el solo de corno inglés, ese sí, fue maravilloso-; o la propia incomprensión, la incógnita intelectual ante lo que Jurowski trataba de comunicar con esa visión tan extrema, partiendo de la base de que uno está harto de los presuntos guiones políticos ni cree que Jurowski lo hubiera aplicado aquí.

La LPO es la primera de las numerosas orquestas británicas que visitan esta temporada de Ibermúsica. A las demás les queda sobreponerse al recuerdo de un Shostakovich, cuanto menos, impactante, y a un director algo críptico pero de extraordinario talento.

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