Reino Unido

Idomeneo, un papá fascista

Agustín Blanco Bazán
viernes, 7 de noviembre de 2014
Londres, lunes, 3 de noviembre de 2014. Royal Opera House (ROH), Covent Garden. Idomeneo. Ópera seria en tres actos con libreto de Giamnattista Varesco y música de Wolfgang Amadeus Mozart. Regisseur: Martin Kušej. Escenografía: Annette Murschetz. Vestuarios: Heide Kastler. Iluminación: Reinhard Traub. Dramaturgia: Olaf A. Schmitt. Idomeneo: Matthew Polenzani. Idamante: Franco Fagioli. Ilia: Sophie Bevan. Electra: Malin Byström. Arbace: Stanislas de Barbeyrac, Sumo sacerdote: Krystian Adam. Voz: Graeme Broadbent. Coro y orquesta de la Royal Opera House dirigidos por Marc Minkowski. Coproducción con las Óperas de Lyon y de Flandes
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La escenografía son grandes paneles lisos del blanco al negro, presentados como superficies y aristas de cubos gigantes y con algunas puertas que los intercomunican. Los vestuarios son contemporáneos, con los esbirros de Idomeneo y el Sumo Sacerdote vestidos en negro fascista y con ametralladoras, que no solo dominan un pueblo sumiso sino que al comienzo empujan y patean a sus prisioneros troyanos. Todo ello muy afín con una historia que el regisseur Martin Kušej ha decidido cambiar para satisfacer su plataforma ideológica. Cuando el mar arroja a Idomeneo en la playa, no es Idamante el primero que lo encuentra sino el sumo sacerdote que aparece diciéndole algo con una mímica que como en el cine mudo nos es explicada en un sobretítulo. Algo así como: “el Sumo Sacerdote le dice a Idomeneo que tiene que sacrificar a su hijo Idamante porque éste no solo ha liberado a los troyanos sino que se ha pasado al bando enemigo por amor a Ilia.”

Y la síntesis argumental en el programa de mano, también una alteración del original perpetrada por el dramaturgo Olaf A. Schmitt, dice que a partir de allí Idomeneo se la pasa mintiendo cuando afirma que al primero que vio en la playa es a Idamante y que Neptuno le dijo que tiene que sacrificarlo. Idomeneo es un reaccionario que quiere conservar el poder con la ayuda del sumo sacerdote, algo que ocurre en todas las épocas según las aseveraciones de Schmitt para un público que obviamente cree demasiado ingenuo: “la justificación del poder a través de la religión es no menos común en nuestro tiempo que en el de Mozart.” La aparente agenda ideológica de Mozart también es sugerida en un ensayo de Schmidt que tiene frases como ésta: “‘En fuor del mar’ Mozart hace que el rey cante uno de los fragmentos mas convencionales de toda la ópera y enfatiza así la adherencia de Idomeneo a formas perimidas.”

 

Momento de la representación de 'Idomeneo' de Mozart. Director musical, Marc Minkowski. Director escénico, Martin Kušej. Londres, Royal Opera House, noviembre de 2014

 

Y no aburriré al lector transcribiendo todos los non sequitur donde Schmitt asocia las tonalidades utilizadas por Mozart con una especie de revolución contra Idomeneo y su reaccionario poder. Sólo agregaré que estos non sequitur culminan con la siguiente obviedad: “A fines del siglo XVIII, los ideales de la ilustración no solo cuestionaron el régimen autoritario y religioso sino que fueron una verdadera amenaza a éste, según quedó demostrado ocho años después del estreno de Idomeneo, cuando estalló la revolución francesa.” Y ya casi tenemos esta revolución encima al final del segundo acto, cuando la partida de Ilia e Idamante es interrumpida por “una insurrección.”

El ambicioso plan ideológico del regisseur y su dramaturgo naufragan en una narrativa a veces incomprensible por lo contradictoria con el texto y el movimiento escénico. Por ejemplo ¿cómo darle sentido al primer encuentro y evasivo diálogo de Idomeneo con Idamante luego de haber mostrado al Rey enredado en una furiosa mímica de conversación con el sacerdote? ¿Y cómo hacer creíble un Idomeneo que actúa mintiendo porque así lo dice un sobretítulo que cumple la pueril función de decirnos algo así como: “¡No niños, no creáis lo que Idomeneo está diciendo y actuando!” Con este tipo de diversificaciones es imposible hacer buen teatro, de ese que se explica por sí mismo y sobre las tablas, sin necesidad de aclaraciones de sobretítulos o politiquería en el programa impreso.

 

Momento de la representación de 'Idomeneo' de Mozart. Director musical, Marc Minkowski. Director escénico, Martin Kušej. Londres, Royal Opera House, noviembre de 2014

 

Pena, porque en principio la idea de secularizar a Idomeneo no es mala y hay en esta regie algunas ocurrencias interesantes. Por ejemplo, el final es una revolución donde uno de sus líderes depone a Idomeneo y nombra rey a Idamante. Pero es muy difícil dar sentido a esta ópera sin una catástrofe que salga fuera de control de cualquier manipulación humana. No necesitamos un monstruo, pero si una catástrofe, por ejemplo una inundación, un terremoto o si de catástrofes creadas por el hombre se trata, ¡pues cualquier cosa desde un gran incendio hasta un escape nuclear (como lo hizo Harry Kupfer hace mas de dos décadas en la Komische Oper de Berlin). Sin algo por encima del control humano, no hay destino, y sin destino no hay Idomeneo que valga.

Una vez encasillados en los estrechos corsés ideológicos de Kušej los personajes se transformaron en prototipos unidimensionales exentas de esas contradicciones psicológicas sin las cuales tampoco hay un buen Idomeneo. Ciertamente, quedó claro que este señor es un autoritario que quiere mostrarle a su hijo quién tiene la sartén por el mango pero en ningún momento quedó claro ese dilema contradictorio y esencial a esta tragedia, a saber, el de un padre que ama genuinamente tanto a su hijo como al poder. Idomeneo tiene sus propios temas políticos y no necesita de un regisseur más empeñado en hacernos saber que él no es ni fascista ni (¡Dios guarde!) religioso. Los mitos griegos son fatalmente complejos y por ello mismo remisos a la simplificación reduccionista propuesta por Kušej y Schmitt.

 

Momento de la representación de 'Idomeneo' de Mozart. Director musical, Marc Minkowski. Director escénico, Martin Kušej. Londres, Royal Opera House, noviembre de 2014

 

Entre los triunfadores musicales el primer puesto va para Marc Minkowski, que debutó en el Covent Garden con un Idomeneo de tiempos moderados y contenida expresividad. Siguen dos excelentes Ilia y Electra cantadas respectivamente por una Sophie Bevan de destellante y cálido timbre lírico, y una Malin Byström incisiva y contundente. Franco Fagioli debutó como un contratenor de voz extraordinaria por su originalísimo timbre caracterizado por una caudalosa y lubricada densidad. Su fraseo en cambio pide una proyección mas clara en mordente y squillo. Mayor apoyo y calidez en el registro bajo hubieran ayudado a Franco Polenzani cuyo Idomeneo brilló en la cobertura del passaggio y el fiato en las notas altas. Excelentes el Arbace de Stanislas de Berbeyrac y el Sumo Sacerdote de Krystian Adam. Y es importante agregar que dentro de las limitaciones de la regie, todos los cantantes actuaron histriónicamente. Algunos desajustes típicos de una primera noche no alcanzaron a malograr el alto nivel del coro de la casa.

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