España - Castilla y León

Salvada por el crossover y una nana

Samuel González Casado
miércoles, 19 de noviembre de 2014
Valladolid, sábado, 8 de noviembre de 2014. Auditorio de Valladolid. Sala de teatro experimental Álvaro Valentín. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Sergio Alapont, director. Measha Brueggergosman, soprano. Gershwin: Un americano en París. Schönberg: Brettl Lieder. Bolcom: Canciones de cabaret. Montsalvatge: Cinco canciones negras. Bernstein: Divertimento para orquesta. Ocupación: 95%
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Este concierto, último del ciclo 'Grandes voces' de 2014, estuvo esencialmente determinado por el cambio del espacio donde se celebró: las escasas entradas vendidas hicieron que se trasladara a la Sala de teatro experimental Álvaro Valentín, de acústica muy seca, con lo que un programa que se preveía marchoso al final no terminó de transmitir toda su magia. El público en general respondió con frialdad, lo que es normal dado que el cambio además empeoró las condiciones de confort: poco espacio entre butacas, que son algo incómodas, falta de visibilidad de parte del escenario... Ello evidentemente repercute en el ánimo y por tanto en la predisposición para disfrutar de un espectáculo.

La mencionada acústica no favoreció a la soprano canadiense Measha Brueggergosman, que por otra parte es una cantante técnicamente muy limitada, ya desde una posición de resonancia poco franca, baja, blanda -notoria presencia del velo del paladar- y en general inútil para hacer música en el sentido más clásico dentro del canto, por falta de movilidad en la emisión al no emplear muchas de las zonas útiles para ello. Así, su capacidad para hacer reguladores o para organizar un discurso musical desde el significado del texto es escasa. Como es de esperar en este tipo de cantantes, el centro está engrosado (no en exceso), lo que se paga como siempre en graves y agudos, y lo que a la vez relega a la canadiense a un repertorio muy limitado.

Sí es verdad que es una soprano voluntariosa y que, estilísticamente, es capaz de realizar muy buen trabajo en terrenos cercanos al crossover gracias a otro tipo de recursos, como mostró por ejemplo en las Canciones de cabaret de William Bolcom, realmente expresivas. Peor le fue con los Brettl Lieder de Schönberg, con problemas en la articulación y faltos de variedad dinámica, pese a que en el curioso lied estrófico Aus den Spiegel von Arkadien, el último de la serie, la ligereza y las simpáticas poses de la soprano contribuyeron a cierto éxito. Algo parecido con los problemas articulatorios -no es un asunto relacionado con el idioma, sino técnico- ocurrió con las Cinco canciones negras de Montsalvatge, un ciclo donde la norteamericana dejó que desear por su falta de variedad y general incapacidad para regular la zona del centro-grave; sin embargo, inesperadamente regaló una Canción de cuna para dormir a un negrito fantástica, gracias a un pianísimo general estupendamente controlado y mantenido, y una utilización del aire inatacable.

Las obras netamente instrumentales, pese a no presentar problemas evidentes, sufrieron esa especie de radiografía sonora que el público experimenta con este tipo de acústica: todo se oye muy cercano, pero no hay envoltorio que otorgue unidad. El director, Sergio Alapont, estuvo muy pendiente de que nada se desmadrara, pero los resultados no fueron memorables por el entorno y porque faltó precisión en general. En este sentido, creo que resultó más satisfactorio un Americano en París, obra cuya ligada variedad de ambientes juega siempre a su favor aunque no salga todo bien, que el Divertimento para orquesta de Bernstein, donde la presencia de "miniaturas" hace necesario ese sentido del conjunto, de la complicidad entre músicos y director que en este caso, un concierto híbrido en múltiples aspectos, era difícil que se diera.

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