Rusia

A la búsqueda de un repertorio propio

Maruxa Baliñas
lunes, 12 de enero de 2015
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San Petersburgo, sábado, 3 de enero de 2015. Mariinski 2. Nuevo edificio. El gallo de oro, ópera en tres actos de Nikolai Rimski-Korsakov sobre un libreto de Valdimir Belski basado en el cuento de Pushkin. Anna Matison, dirección escénica y decorados. Vladimir Feliauer, Zar Dodon; Andrei Ilyusnikov, zarévich Guidon; Yaroslav Petrianik, zarévich Afron; Andrei Serov, Voivoda; Elena Vitman, Amelfa la ama de llaves; Andrei Popov, Astrólogo; Olga Pudova, Reina de Shemaja; Kira Loginova, Gallo de oro; y Elizaveta Shamatrina, Loro. Coro y Orquesta del Teatro Mariinski. Zaurbek Gugkaev, director musical. Temporada 2 del Mariinski 2
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El Mariinski 2 todavía está en su segunda temporada, algo ridículo en comparación con lo que los peterburgueses llaman la “vieja escena” y sus 232 temporadas consecutivas. Pero al tiempo las autoridades del Mariinski no quieren que la “nueva escena” sea un simple anexo al edificio histórico que acoja las representaciones que no caben en este, por lo que pretenden crear un repertorio propio para este segundo teatro. Y una de las apuestas para este repertorio propio del Mariinski 2 es esta nueva producción de El Gallo de oro, estrenada el pasado 25 de diciembre de 2014 coincidiendo con el Festival Internacional de Piano.
La representación a la que yo asistí era la cuarta, y la primera que no estaba dirigida por el propio Valeri Gergiev, quien se implicó muy directamente en esta producción al punto de dirigir incluso una matinée de ella. Acaso sea esta novedad –en un teatro tan tradicional como el Mariinski cuatro representaciones son apenas nada- la que hizo que el montaje no rodase como era de esperar. Es difícil encontrar fallos concretos y sin embargo tuve la sensación de que la acción no fluía adecuadamente.

En parte el problema es de la producción de Anna Matison, quien no acaba de definir su objetivo y navega constantemente entre un cuento infantil y una fábula que pretende ser metáfora de una realidad más compleja. Aunque la ópera se aconseja para niños a partir de 6 años [creo que ya en alguna visita anterior a Rusia recalqué lo extraño que resulta para un extranjero ver a niños de 5-8 años asistiendo a representaciones de más de tres horas sin alborotar ni lo más mínimo] y el vestuario y decorados son sumamente visuales y propios de un cuento, Matison no acaba de hacer una ópera infantil e incluso en algún momento la acción resulta violenta o agria. Pero si lo que quiere Matison es hacer una fábula, no acaba de definir qué pretende. Ciertamente hay una crítica al poder y sus estupideces, pero Matison no se atreve a hacer uno de esos planteamientos soviéticos de crítica a los zares que tanto juego han dado en ocasiones.

Esta indefinición es especialmente notoria en el caso de la Reina de Semakha, a quien se presenta como una figura sin un carácter determinado, a veces es simplemente ridícula, en otras parece insinuarse que es malvada o manipuladora, o incluso que está en connivencia con el Astrólogo, pero la ópera termina sin que se entienda su actitud. Igualmente desconcertante es el aparente juego entre el Loro y el Gallo de Oro, ambos representados como niñas que juegan juntas, intercambian confidencias y ropa e incluso sus respectivos roles –por momentos parece que el Loro se ha convertido en el Gallo- sin que llegue a entenderse el motivo de estas acciones. Y podría seguir con más indefiniciones y momentos confusos, pero creo que ya queda claro que quien esto firma no acabó de entender la ópera (que por otra parte sólo conocía por una representación muy clásica y claramente infantil, hace más de veinte años en el Teatro Mali de San Petersburgo).

Musicalmente tampoco la dirección musical de Gugkaev me convenció del todo. Acertó al presentar a Rimski-Korsakov como un compositor más vanguardista que descriptivo, y muy cercano al primer Stravinsky, pero en ocasiones la música mostraba unas caídas de tensión –especialmente en el segundo acto- que no se justificaban en la partitura. Se trata de un director joven (se graduó en Dirección de orquesta en el Conservatorio de San Petersburgo en 2011), que no figura en el listado oficial de directores del Mariinski, pero que tiene bastantes representaciones asignadas en la presente temporada.

Entre los cantantes destacaría a Andrei Popov, que mostró unos recursos expresivos variadísimos, viéndose incluso en varias ocasiones forzado a cantar en un registro sobreagudo y distorsionando la voz. También a la Reina de Shemakha le pide Rimski-Korsakov esta distorsión de la voz con el agudo, y Olga Pudova cumplió perfectamente con este requisito. Ambos fueron además espléndidos actores. Kira Loginova, el Gallo de Oro, tenía un papel reducido en el aspecto vocal, pero expresivamente fue más que correcta. Elizabeta Shamatrina, el Loro, sólo actuaba, pero sacó buen partido de su rol.

Vladimir Feliauer, el Zar Dodon, es un bajo profundo que tiene en repertorio los principales papeles de bajo de la ópera rusa. Fue un zar impresionante, no muy suelto actoralmente pero con una voz potente y ajustadísima. Sus dos hijos, el tenor Andrei Ilyusnikov (Guidon) y el barítono Yaroslav Petrianik (Afron), resultaron correctos en sus papeles, que son más ridículos que de lucimiento vocal. Elena Vitman como Amelfa sacó un gran partido de su papel, llegando por momentos a parecer coprotagonista con Feliauer. El bajo Andrei Serov, el Voivoda, quedó desdibujado, supongo que debido al planteamiento de la producción ya que su curriculum es interesante, especialmente dada su juventud.

En resumen, una representación interesante vocalmente y por la posibilidad de escuchar una ópera tan poco habitual fuera de Rusia como El gallo de oro, pero con una producción que no funcionó y complicó la comprensión de la obra.

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