Italia

Vitalismo congelado

Jorge Binaghi
viernes, 20 de febrero de 2015
Milán, sábado, 7 de febrero de 2015. Teatro alla Scala. L’incoronazione di Poppea (Venecia, Teatro de San Zanipolo, 26 de diciembre de 1642). Libreto de Giovanni F. Busenello y música de C.Monteverdi. Dirección escénica, escenografía y luces: Robert Wilson. Vestuario:.Jacques Reynaud. Intérpretes: Miah Persson (Poppea/Fortuna), Leonardo Cortellazzi (Nerone), Monica Bacelli (Ottavia/Virtù), Sara Mingardo (Ottone), Andrea Concetti (Seneca), Maria Celeng (Drusilla), Adriana Di Paola(Arnalta), Giuseppe De Vittorio (Nutrice), Mirko Guadagnini, (Valletto/Secondo console), y otros. Orquesta del Teatro. Director: Rinaldo Alessandrini
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Es cierto que el ámbito de un teatro como éste no parece el ideal para una ópera de Monteverdi, pero no lo es menos que de las tres que se nos han conservado ésta es la más larga y compleja, y en cualquier caso tiene suficientes méritos como para desafiar una sala enorme. Para colmo de irritación, uno sabe perfectamente lo que la obra vale, también como literatura y teatro, y la versión musical es, en conjunto, muy buena. ¿Por qué se sorprende bostezando a la media hora de comenzada? Por la puesta en escena.

Wilson es interesante, exquisito, de buen gusto, etc. Y en algunas ocasiones funciona muy bien, pero parece mentira que sus gestos estilizados a veces, exagerados otras, plenamente bidimensionales y en posturas rígidas o forzadas, puedan servir mejor, pongamos, a una Aida que a este drama de poder, traición, falsedad, sexo y sangre (Quien piense a la serie House of cards tendrá razón, pero en comparación con esta historia, es un juego de niños). Justamente a la media hora se han agotado todos esos recursos (que no son muchos, la verdad) y las luces y los colores –casi siempre en penumbra- no hacen mucha por suplir lo que falta en el escenario.

L’incoronazione di Poppea de Robert Wilson

Alessandrini consigue que los profesores de la Scala, sin dejar su sonido (el bajo continuo sí proviene del Concerto Italiano), suenen a época en el mejor sentido del término. Si a veces uno desearía mayor brillo o variedad, puede ser, pero la opción del director es posible y correcta, y el único problema posible es que subraye demasiado –sin quererlo- la monotonía escénica.

Los intérpretes son en general adecuados o muy buenos. Cuando no lo son, se debe a un canto forzado (Guadagnini) o la falta total de voz y la exageración en la palabra y la mímica (De Vittorio, al que el programa llama, no atreviéndose a más, ‘cantante actor’, es una pesadilla, pero en esta función tiene aplausos –en la primera fue al parecer lo contrario). Se puede cuestionar que se asigne Otón a una contralto, pero no la excelencia de Sara Mingardo. Bacelli es muy apropiada –pero algo exagerada y metálica en el agudo- en su Octavia. Concetti canta bien Seneca, pero a su voz le falta cuerpo, en particular en el grave. Muy promisorio el joven bajo Luigi Di Donato en partes menores, en las que también aparece –muy bien- todo un Furio Zanassi. Celeng es una buena Drusilla de pronunciación algo exótica, y Luca Dordolo se las arregla bien en varios personajes menores, de los que destaca Lucano. Buena, si no excelente, la Arnalta (por fin hemos vuelto a una voz femenina) de Di Paola, aunque por voz y escena es más apta a todas las escenas salvo, justamente, la famosa nana ‘Oblivion soave’ (que trae siempre recuerdos de Oralia Domínguez).

 

Miah Persson

Quedan en la cúspide, junto a Mingardo, y más apropiados para los respectivos papeles la pareja protagonista. Persson es una asidua del repertorio y está soberbia. No conocía a Cortellazzi y su Nerón es una gratísima sorpresa, además de que se agradece un tenor en la parte (pienso que su destino no está sólo en ser especialista del barroco, pero a lo mejor me equivoco. Será interesante seguir su carrera).

Pero las luces no bastan para disipar la sensación de tedio. Y es lástima que alguien pueda pensar que esta obra magna es aburrida.

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