Alemania

Introversion y pirotecnia

J.G. Messerschmidt
miércoles, 25 de febrero de 2015
Múnich, miércoles, 4 de febrero de 2015. Philharmonie (Gasteig). Edward Elgar: Introducción y allegro para cuerdas op. 47. Niccolò Paganini: Concierto para violín y orquesta n° 1 en re mayor op. 6. Edward Elgar: Sinfonía n°1 en bemol mayor op. 55. Nemanja Radulovic, violín. Orquesta Filarmónica de Múnich. Director: Karl-Heinz Steffens
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Hay compositores que brillan en la luz de la fama, compositores sumidos en la sombra del olvido y compositores que llevan una existencia más o menos fantasmagórica en las penumbras de la historia de la música. Uno de estos últimos es Edward Elgar. Romántico rezagado en una época en la que la música de vanguardia acaparaba la atención de crítica y público, procedente de un país de modesta tradición musical, católico en una nación protestante, su obra no encaja en las clasificaciones cronológico-estilísticas de la literatura académica.

Sin embargo, no puede decirse que sea un compositor poco conocido. Su relativa popularidad se debe a las marchas sinfónicas de Pompa y Circunstancia, generalmente entendidas (o malentendidas) como exaltación musical del imperialismo británico, pero cuyo título revela una enorme ambigüedad conceptual, si se tiene en cuenta el contexto de la cita shakespereana de la que procede (Otelo, III, 3). Sus excelentes conciertos para violín y violonchelo (que deberían bastar para borrar la imagen de Elgar como compositor inocuamente conservador) y sus Variaciones Enigma, así como alguna que otra pieza de salón (por ejemplo, Salut d’amour), se asoman de vez en cuando a las salas de concierto.

Las obras interpretadas en este ocasión, en cambio, son auténticas rarezas en el repertorio habitual. La Introducción y allegro para cuerdas es una serenata en la mejor tradición del género, comparable a obras análogas de Brahms, Chaikovsky, Dvorak o Grieg. Sin abandonar nunca los postulados estilísticos del tardorromanticismo y empleando por momentos elementos de inspiración claramente barroca, Elgar consigue efectos casi impresionistas en la pintura de un paisaje anímico en el que las emociones se expresan con refinada elegancia y honda contención.

También la Sinfonía n° 1 es una obra de enorme interés y calidad, que combina monumentalidad e intimidad y en la que, junto a un evidente postwagnerianismo, suena una marcha que parece anunciar ya a Shostakovich, mientras que en los pasajes más líricos se perciben afinidades con Mahler y Delius. ¡Y todo ello sin que sufra la unidad estilística ni pueda hablarse de eclecticismo! La interpretación que ofrece la Filarmónica de Múnich es muy satisfactoria y acorde con la hondura y seriedad de las obras. El conjunto suena compacto, denso, oscuro, pero nunca opaco. Karl-Heinz Steffens es un director de muy infrecuente solidez artística y técnica, de pulso firme y fina sensibilidad. A pesar de la relativa brevedad de su carrera como director, en su labor se advierte una gran madurez y una visión consecuente y muy bien pensada de las obras interpretadas, sin duda resultado de su actividad como primer clarinetista de la Filarmónica de Berlín, cargo que ocupó hasta 2007.

Sobre el Concierto de Paganini no hace falta decir nada, ya que es una pieza fundamental del repertorio. También en esta obra se confirma brillantemente la calidad de la orquesta y su director. Por su parte, el joven violinista serbio Nemanja Radulovic es una verdadera revelación. Posee una técnica prodigiosa, pero aun siendo esto lo primero con lo que subyuga al oyente, son otras las cualidades que hacen de su interpretación un gran acontecimiento musical. Con poquísima frecuencia un virtuosismo técnico tan espectacular va unido a un gusto musical tan acertado. Radulovic deja cantar a su violín como si fuera una gran diva del belcanto, saltando de las coloraturas vertiginosas a las melodías puras, en las que la línea de canto del violín se desata como una cinta al viento, ligera, diáfana, muy parca en el vibrato, muy teatral en determinados momentos.

Pero más allá de estas virtudes, la seducción de su interpretación reside en algo indefinible, algo que podríamos llamar vitalidad, sensualidad o, de modo más impreciso pero quizá más acertado, 'chispa'; es algo que tiene mucho que ver con la disposición anímica e incluso con el sentido del humor de un intérprete radicalmente temperamental, capaz de abordar piezas de enorme dificultad con asombrosa bravura técnica y capaz también de dejar de lado, sin falso recato, cualquier veleidad 'intelecual'. Como bis, Nemanja Radulovic ofreció sus propias variaciones sobre el Capricho n° 24 de Paganini, en las que llevo ardor y virtuosismo hasta el delirio.

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