España - Madrid

Música mayor para un Lorca imposible

Mikel Chamizo
martes, 10 de marzo de 2015
Madrid, martes, 24 de febrero de 2015. El Público, ópera en cinco cuadros y un prólogo, con música de Mauricio Sotelo sobre un libreto de Andrés Ibáñez basado en la obra homónima de Federico García Lorca. Dirección escénica: Robert Castro. Escenografía: Alexander Polzin. Figurines: Wojciech Dziedzic. Elenco: José Antonio López, Thomas Tatzl, Isabella Gaudí, José San Antonio, Antonio Lozano, Gut-Brit Barkmin, Arcángel, Jesús Méndez, Rubén Olmo, Josep Miquel Ramón, Erin Caves, Cañizares (guitarra española), Agustín Diassera (percusión). Klangforum Wien. Coro Titular del Teatro Real. Pablo Heras-Casado, dirección musical. Ocupación: 90%
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Desde su estreno el pasado 24 de febrero, El público de Mauricio Sotelo no ha parado de recibir críticas entre buenas y extraordinarias. Es comprensible, pues se trata de una obra notable, pero uno no puede dejar de sorprenderse por el doble rasero que manejan algunos medios de comunicación que cubren la programación del Teatro Real: casi todos los que tildaron como nefasta Brokeback Mountain de Charles Wuorinen se han deshecho en elogios con El público. Cito Brokeback Mountain pues comparte temática con El público -ambas giran en torno a la aceptación de la homosexualidad de sus personajes- y porque han sido los estrenos más importantes de la última era Mortier -con permiso de The perfect american-. Y porque, si bien en otros aspectos la obra de Sotelo puede resultar mucho más sugerente, en cuanto a factura técnica me pareció claramente superior la de Wuorinen [leer crítica], lo que hace sospechar de las motivaciones, probablemente nacionalistas, que se esconden tras esta exaltación de El público.

Repito que El público es una obra notable, pero tiene quizá un problema de acabado. El libreto de Ibáñez ha dado con una solución satisfactoria para el difícil texto de Lorca y la música es hábil recreando sus imágenes surrealistas. Las partes sinfónicas son a menudo apabullantemente buenas, dibujando filigranas microtonales que se cuentan entre los hallazgos tímbricos más seductores que yo haya escuchado últimamente. En contraste, Sotelo opta porque el texto sea perfectamente comprensible a través de una vocalidad sencilla y con un acompañamiento instrumental bastante despojado. El flamenco, el tercer factor de la ecuación de El público, se revela con una fuerza expresiva arrolladora en los momentos, no tantos, en los que hace su aparición. Las soluciones musicales a los retos que propone el libreto son efectivas en sí mismas, pero es la conjunción y el contraste entre estos tres modos de hacer, estos tres estilos dentro de la misma obra, lo que otorga a la ópera una apariencia externa sumamente original y una significación profunda a la extraña sucesión de imágenes que Lorca evoca sobre el escenario. El de Sotelo es un trabajo mayor porque logra cimentar a través de la música una dramaturgia coherente para un libreto casi imposible, que aún así parte del público no pudo o no quiso aceptar. Los abandonos en el descanso fueron numerosos.

 

El Público de Mauricio Sotelo en el Teatro Real de Madrid.

 

Decía que es el acabado lo que falla en la música de El público, el cuidado en los detalles y el empleo del sonido como recurso de sofisticación dramática. Las texturas orquestales de corte espectral son brillantes, pero hay un abuso de las que se despliegan en base a progresiones armónicas, a la manera de grandes masas tímbricas que se deslizan hacia el agudo o hacia el grave. Como estas aparecen tan a menudo, separando un parlamento del siguiente, llega un momento en el que comenzamos a percibirlas casi como cortinillas: sección vocal – orquesta hacia el agudo – sección vocal – orquesta hacia el grave – sección vocal – etcétera. No sucede así durante toda la ópera, por supuesto, pero me pareció un recurso demasiado recurrente, y si en una primera audición alguien puede llegar a considerar este tipo aspectos, quizá es que la estructura formal no es todo lo sofisticada que podría ser. Por otra parte, algunas contadas secciones vocales -no todas, ni mucho menos- son de una sencillez que casi rayan la simpleza, con acompañamientos instrumentales que parecían una mera excusa para no abandonar a los personajes a cantar a capella. Y el mismo tratamiento que hace Sotelo de la voz impostada, aunque sea muy efectivo a efectos de comprensión del texto y logre un efecto muy uniforme a lo largo de toda la ópera, se diría que no siempre hace justicia al estado psicológico de los personajes. Sotelo opta por una vocalidad teñida de liturgia que, en el tercer o quinto cuadros, frena lo que parecería el pulso natural de la acción dramática.

Lo más chocante, con todo, es el uso que Sotelo hace de su gran especialidad, el flamenco, que lleva más de dos décadas investigando incansablemente. La integración de los cantaores, Arcángel y Jesús Méndez, con el resto de voces líricas y la orquesta es fluida y de muy buen efecto. No obstante, las secciones de guitarra flamenca y multi-percusión parecían introducidas con calzador en el esquema de la obra y sin una interacción demasiado rica con la masa orquestal. La escritura para guitarra y percusión que elabora Sotelo es sabia y rica en recursos, pero quienes conozcan conciertos como Como llora el viento o Chalan, saben de la maestría absoluta que ha alcanzado Sotelo en esa ida y vuelta entre flamenco y vanguardia, en ese intercambio sutil y complejo de elementos entre los dos mundos. Y en El público, ese altísimo nivel de 'fusión' parece haberse relajado un poco.

 

El Público de Mauricio Sotelo en el Teatro Real de Madrid.

Mi impresión, en definitiva, es que a Sotelo le ha faltado algo de tiempo para pulir la partitura de El público. Sobre todo porque hay cuadros, como el segundo o el cuarto, con su poderosa integración de la masa coral, que son sobresalientes, de una riqueza constante y me atrevería a afirmar que sin fisuras. Las partes electrónicas, desplazándose por todo el teatro, son asimismo espectáculares. Pero en El público hay otros pasajes sueltos, aquí y allá, que parecen haberse solucionado de forma casi mecánica y con menos esfuerzo del que cabría esperar a tenor de las partes más inspiradas. Por cuestiones puramente prácticas, los plazos de preparación de producciones de esta envergadura han de respetarse a rajatabla y quizá, y ahora estoy especulando, a Sotelo le hayan faltado dos o tres semanas más para redondear la partitura en cada uno de sus compases. Pero históricamente los autores de ópera han solido revisar sus partituras a partir de lo escuchado en el estreno y esos retoques, en el caso de El público, seguramente eleverán aún más la calidad de una partitura ahora mismo irregular pero muy inspirada.

Quería centrar mi crítica en la música, o en mi subjetiva visión de ella, porque del libreto, dirección escénica y rendimiento vocal ya han hablado sobradamente otros artículos. Resumiendo, el gran protagonismo escénico fue el de los figurines de Wojciech Dziedzic, en la frontera entre lo onírico y lo kitsch, algo definitivamente muy español. Si algún recuerdo visual se llevará a casa el público de El público, será seguramente el de 'los caballos', entes andróginos con zapatos-pezuña y pelucas blancas de dos metros que no paraban de agitar al viento. La dirección de escena de Roberto Castro fue un intento constante de poner algo de orden entre tanto surrealismo y lo cierto es que lo consiguió casi todo el tiempo. Los cantantes, en general, cumplieron con creces con unas partes vocales en apariencia no muy complejas pero que sí requieren un esfuerzo de afinación, fiato e intención poética. Destacó Isabella Gaudí en su gran monólogo de Julieta y la dicción inesperadamente buena del español de Thomas Tatzl. Más que notable José Antonio López y magníficos los músicos flamencos, aunque Arcángel se movió al límite de sus posibilidades. Jesús Méndez, Cañizares y Agustín Diassera cantaron y tocaron con enorme calidad y pasión expresiva.

 

El Público de Mauricio Sotelo en el Teatro Real de Madrid.

 

El Coro Intermezzo firmó un cuarto acto de gran intensidad, aunque en otros puntos mostró cierta incomprensión con Heras-Casado, dudas que probablemente desaparecieron en las funciones posteriores al estreno. El Klangforum Wien es una apuesta segura para el repertorio contemporáneo y conoce especialmente bien la música de Sotelo, que no ha cesado de trabajar con ellos desde su fundación. El rendimiento del Klangforum fue admirable, sonando como el doble o el triple de la reducida plantilla de 34 instrumentistas que eran en realidad. Por poner un pero, quizá los solistas no resultaron muy idiomáticos en los pasajes flamencos, pero ese es un detalle menor. La dirección de Heras-Casado fue entregada, inteligente y, sobre todo, versátil, una actitud clave para enfrentarse a este espectáculo rebosante de sentidos y con grandes retos escénicos y musicales.

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