España - Euskadi

Magnético juego straussiano

Joseba Lopezortega
jueves, 12 de marzo de 2015
Bilbao, martes, 3 de marzo de 2015. Euskalduna Jauregia. Lorenz Nasturica-Herschcowici, violín. Juan Ignacio Emme, violonchelo. Hervé Michaud, oboe. Marco Caratto, fagot. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Jun Märkl, director. Camille Saint-Saëns: Marcha Heroica, opus 34. Joseph Haydn: Sinfonía Concertante en si bemol mayor, opus 84. Richard Strauss: Una vida de héroe, opus 40. Aforo: 2.164. Ocupación: 80%.
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Escuchar en directo una obra como Una vida de héroe es un placer que incumbe a varios sentidos, un espectáculo musical en el que lo escenográfico tiene suma importancia, empezando por la densa selva de atriles y sillas que aguardan sobre el escenario antes del inicio del programa. Strauss, como otros compositores de su época, tiene el poder sugestivo de convocar a un acontecimiento, a una cita de las que marcan buena parte del balance de una larga temporada. La música de Strauss se presagia, se paladea al entrar en la sala, y se vive intensamente mientras acontece. La Sinfónica de Euskadi hizo una excelente Una vida de héroe de la mano de un maestro preciso y elegante, que narró a Strauss en la plenitud de su estilo, con todas sus malicias, exposiciones arrogantes y escondites y claroscuros. Jun Märkl hizo que la orquesta se sintiera sumida en la energía de un Strauss ya pleno, intenso y perfectamente dueño de sí.  Maduro, en suma. Ya en El héroe Strauss arrastraba a la OSE y esta se ofrecía sin complejos, con gran confianza; en Los enemigos del héroe podría decirse que la partida estaba ganada, que todo iba rodado, que el disfrute era mayúsculo y que en algún lugar del auditorio, en el vértice invisible en la que convergen música y público, ambos se abrazaban y se dejaban llevar conjuntamente. Un placer mutuo. El concurso de Lorenz Nasturica, el principal de los concertinos de la OSE, fue capital, arrebatador. Estuvo deslumbrante toda la noche, pero en Una vida de héroe no era sólo un violinista, era también una pared maestra del decurso straussiano y un relator privilegiado. Maravilloso instrumentista, sin duda.

Toda la orquesta estuvo espléndida, con las maderas de la OSE como siempre muy sólidas y con unos percusionistas de gran calidad, esenciales para que una obra como Una vida de héroe no se derrumbe y ejerza su magnético progreso en el juego straussiano de detener el tiempo e impulsarlo más a su antojo que a su albedrío. Märkl suspendía la música en un teórico vacío, en un silencio ajeno al tiempo, y después devolvía el tiempo a la sala y lo aceleraba, y hurgaba en él y lo hendía, manejando los planos sonoros con una escritura pulcra e intensa, delante de ciento diez instrumentistas que sabían que estaban al nivel y disfrutaban. Ese gozo era visible, la orquesta era una completa y homogénea marejada. De modo colectivo el Euskalduna llegó a la seducción donjuanesca, al relato del amor, la fertilidad y el cortejo, y de modo colectivo asistió a la inevitable derrota o quizá rendición vital del héroe: culminación y decadencia no eran disociables, no lo son, luego la decisión sólo puede ser una: vivir intensamente, hasta las últimas consecuencias, aunque haya que crear y transitar laberintos de incredulidad y cinismo en el empeño de sobrevivir. Si no podemos perdurar, vivamos. Märkl, Nasturica y la OSE nos dieron todo esto en forma de música, de gran música.

En la primera parte del programa la OSE había dispuesto el encuentro con un héroe de una naturaleza distinta al de Strauss, el héroe de texturas frías y piel marmórea que habita en la Marcha heroica de Saint-Säens. Märkl creó un Saint-Säens evocador y danzante, más próximo al amor hacia el héroe que al amor desde el héroe, evocador, casi onírico. Muy delicado y hermoso este breve Saint-Säens, que mira a la heroicidad de forma descreída, casi sarcástica y desde luego nada belicosa. Un precioso discurso que marca una sólida convergencia con el héroe straussiano: el descreimiento. Así que Märkl y la OSE nos ofrecieron dos personajes bien diferentes, pero en absoluto opuestos.

Entre ambas obras se interpretó la Sinfonía concertante, un producto de la factoría Haydn a la mayor gloria del cuarteto solista. El mayor interés de esta obra resultó ser comprobar la capacidad de la OSE para ofrecer un sonido muy elástico y diferenciado en el seno de un mismo programa, pues repentinamente era una formación de cámara, y supo transformarse; y también sorprendió gratamente que el Euskalduna, con sus imprevisibles respuestas acústicas, no devorara el buen trabajo de solistas y orquesta. Haydn dio, por lo demás, gran protagonismo al violín en esta obra, y Nasturica estuvo en su elemento, exhibiéndose como el gran violinista que es. Sus tres compañeros dieron la talla perfectamente, y el público pudo identificar y aplaudir gracias a Haydn la calidad individual de los músicos de la OSE, patente en este bello y perfectamente vacío entretenimiento sonoro.

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