España - Madrid

Los cincuenta años de Rihm

Rúbén Gutiérrez del Castillo

jueves, 31 de enero de 2002
Madrid, viernes, 25 de enero de 2002. Auditorio Nacional de Música. Sala Sinfónica. Ciclo Música de Hoy: La Escena Imaginaria. Proyecto Guerrero. Siegfried Mauser: piano; Alberto Rosado: piano. Director: Arturo Tamayo. Wolfgang Rihm: Chiffre I; La lúgubre góndola/Das Eismeer; Jadgen und Formen.
Wolfgang Rihm (1952, Karlsruhe) es, desde hace algunos lustros, una de las más importantes voces de la composición contemporánea en Europa. Casi desconocido en los auditorios madrileños (el público, cierto público, no lo desconoce, ni mucho menos, a juzgar por la fantástica asistencia que registró la sala grande del Auditorio) Rihm es en Alemania el compositor de referencia de esa generación posterior al serialismo integral y, en cierto modo, referente de cierta actitud de reacción frente a sus maestros.Encumbrado, tal vez erróneamente, como vértice de lo que hace veinte años se dio en llamar la "nueva simplicidad" (después vendría la "nueva complejidad"), Rihm es autor de una obra inmensa en títulos, en duración y, también, en calidad. Y un buen ejemplo lo constituyeron las obras interpretadas en el concierto de referencia, primer concierto de un ciclo de tres dedicado a celebrar su cincuenta aniversario, cuya crónica firmada por Juan Krakenberger publicada ayer Mundoclasico.com me toca continuar.Chiffre I, compuesta entre 1982 y 1983 para piano solista y siete instrumentos, resulta una obra brillante en su juego tímbrico y compositivo entre el piano y el grupo instrumental. La parte solista, magníficamente interpretada por el alemán Siegfried Mauser, dibuja un arco extenso de graves y agudos al que le es robado el segmento central y transferido al grupo. Se trata de una obra corta e intensa en la que quedan de manifiesto algunas de las inquietudes que, en el aspecto tímbrico, han caracterizado la obra de Rihm en los últimos veinte años.La lúgubre góndola/Das Eismeer, compuesta entre 1990 y 1994 es una de las obras compuestas en memoria del veneciano Luigi Nono, con el que Wolfgang Rihm mantuvo una estrecha y fértil amistad. Esta obra, como el resto que componen la serie de homenajes, constituye "no un monumento funerario, sino como un intento de continuar el diálogo en forma de monologo". A merced de lo escuchado en el concierto, no podemos más que reconocer en La lúgubre góndola/Das Eismeer un sentido recuerdo de Nono, del último Nono (especialmente del Nono de Prometeo o del Nono de Guai ai gelidi mostri). Rihm hace surcar una lúgubre góndola no por los apacibles canales de Venecia, sino por un mar de hielo (Eismeer) que, como en las pinturas de C. D. Friedrich, presenta inmensas masas de hielo presas de un movimiento casi imperceptible pero que, sin duda, anuncia una nueva realidad. Una nueva realidad también social, como es la representada por los grupos instrumentales, en la que frente a un grupo central compuesto por los vientos -que, a su vez, encerraban a las cuerdas- y un piano, se intuía la amenaza de una cuarta columna, formada por un segundo piano, arpa y percusión. Esta música de inmensa belleza constituye uno de los homenajes más serios, fundados y generosos que, el que firma, ha escuchado en los últimos años.Jadgen und Formen cerró el programa con una muestra de la escritura "grande" que ha caracterizado la producción de Rihm. Compuesta entre 1995 y el pasado año 2001, se trata de una construcción para un grupo de cámara -24 instrumentos- de dimensiones sinfónicas. La obra, de casi una hora de duración se estructura alrededor de la idea de movimiento, de constante fluir, pero no de un fluir tranquilo, sino de un movimiento producido por conflictos, de giros y huidas, de transformaciones y reacciones (de progreso dialéctico, tal vez?). La obra presenta un carácter "rápido", aunque los contrastes, evidentes en las elecciones tímbrica (preciosas las líneas interpretadas entre las cuerdas y las maderas) también afectan al devenir rítmico de la pieza, haciendo desembocar ese juego dialéctico en un final calmo, suspendido y lleno de belleza que dejó sin aliento al público, que casi llenaba el Auditorio Nacional.El Proyecto Guerrero (antes Proyecto Gerhard) hizo unas versiones magníficas de las nada fáciles piezas de Rihm y en algunos momentos, como los citados diálogos entre cuerdas y maderas en Jadgen und Formen, los intérpretes dieron muestra no ya de su valía técnica, sino de su extraordinario instinto musical. El hecho de que la larga pieza Jadgen und Formen fuera interrumpida por Ana María Alonso -viola de admirable juventud a la que siempre quedará unida, para los aficionados madrileños, la Sequenza VI de Berio, por la magnífica interpretación que de tal obra hizo el pasado año- no empaña, ni mucho menos, el buen hacer de un grupo joven que, en constante formación, aparece ya como uno de los máximos especialistas en el repertorio contemporáneo. La labor de Arturo Tamayo -al que a muchos nos gustaría ver más a menudo en los atriles españoles- fue imprescindible para que las obras de Rihm sonaran como lo hicieron.El público, joven, atento y de buena salud (apenas se escucharon toses, vaya) demostró con su asistencia y actitud la necesidad de una mayor atención, con propuestas serias y de calidad, a la música de nuestro tiempo.

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