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Arsénico, por compasión

Jesús Aguado
jueves, 7 de mayo de 2015
Bilbao, sábado, 25 de abril de 2015. Palacio Euskalduna. Pietro Mascagni. Cavalleria Rusticana. Libreto de Guido Menasci y Giovanni Targioni-Tozzetti, basado en la novela homónima de Giovanni Verga. Gregory Kunde, Turiddu. Daniela Barcellona, Santuzza. Luca Grassi, Alfio. Nuria Lorenzo, Lola. Annie Vavrille, Mamma Lucia. Ruggero Leoncavallo. Pagliacci. Libreto del propio autor. Gregory Kunde, Canio. Inva Mula, Nedda. Luca Grassi, Tonio. José Manuel Zapata, Beppe. Manel Esteve, Silvio. Joan Anton Rechi, dirección escénica. Gabrielle Moreschi, escenografía. Mercè Paloma, vestuario. Bogumil Palewicz, iluminación. Nueva producción de ABAO-Olbe. Coro de Ópera de Bilbao (director, Boris Dujin). Kantika Korala (director, Basilio Astúlez). Orquesta Sinfónica de Navarra. Alessandro Vitiello, director musical. 63 Temporada de la ABAO
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Cuando el pasado sábado me dirigía a Bilbao para asistir a la representación de Cavalleria Rusticana y Pagliacci dentro de la temporada operística de la ABAO (Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera), tenía la sensación de ir camino de una de esas visitas de compromiso que uno se ve forzado a hacer a unas tías lejanas con las que hace años que apenas tiene contacto, y se imagina una casa oscura con raídos sillones cubiertos por amarillentos tapetitos, y una merienda a base de una copita de moscatel rancio y galletas revenidas. Y resulta que, cuando llega, las tías son encantadoras y cuentan historias divertidísimas, que los sillones, que efectivamente, son orejeros y tienen tapetitos confeccionados a mano por comunidades indígenas de mujeres de aldeas del tercer mundo, están recién tapizados con unas telas ideales, que son comodísimos, y que las adorables ancianas han preparado un bizcocho riquísimo y encima lo sirven con una infusión que es una mezcla de tés aromáticos de países emergentes que han encontrado en una tienda ultramoderna que ha abierto en el portal de enfrente. Y se lo pasa uno pipa y le apetece quedarse mucho más rato del que dispone, y piensa en lo malos que son los prejuicios.

Si el paciente lector ha llegado hasta aquí, aparte de dudar de la salud mental de quien esto escribe, se preguntará seguramente a qué viene semejante introducción a una crítica operística. Pues bien, ha llegado el momento de confesarlo: este crítico es de esos críticos modernos que piensan que el repertorio de los teatros de ópera debería ampliarse un poco, que hay ciertos títulos, autores y países que se repiten con demasiada frecuencia en las programaciones, y soy consciente de que, por lo tanto, me arriesgo a sufrir escraches domiciliarios de multitudinarios coros cantándome a voz en grito el Va Pensiero en mi descansillo, para horror de vecinos y allegados. Cualquiera se imaginará, después de esta salida del armario en toda regla, que el programa doble por excelencia de la historia de la ópera no despierte en mí, a priori, el mayor de los entusiasmos.

Bueno, pues confesión por confesión, una vez sentado en el Palacio Euskalduna, debo reconocer que pasé una velada operística realmente estupenda: todo lo que podía salir bien salió bien, y verdaderamente el conjunto fue mucho más que notable, llegando en muchos casos al sobresaliente, y comprendí perfectamente por qué estas obras resultan tan populares y queridas por el gran público.

Momento de la representación de 'Pagliacci' de Leoncavallo. Dirección musical, Alessandro Vitiello. Dirección escénica, Joan Anton Rechi. Bilbao, ABAO, abril-mayo de 2015

Sobresaliente, por empezar en orden cronológico, resultó la producción de Joan Anton Rechi. De corte clásico, ya sabemos que el escenario del Euskalduna no es muy propicio a experimentos escénicos y menos con los títulos que se representaban el pasado sábado; pero clásico no significa aburrido, y en este caso no lo fue en absoluto. De entrada, resultó un acierto situar las dos óperas en el mismo escenario, la plaza de un pueblo italiano con su iglesia al fondo, su escalinata, y sus casas cerrando los laterales. Originalmente, Cavalleria se sitúa en Sicilia y Pagliacci en Calabria, e incluso las épocas son diferentes, pero el situarlas en un espacio común resultó perfectamente natural. En la misma plaza, frente a la iglesia en la que se desarrolló la primera de las óperas, se instaló el carromato de la compañía de payasos de la segunda, e incluso dramatúrgicamente se estableció un nexo entre ellas que no resultó forzado en ningún momento. Era evidente que la producción era de la propia ABAO y se adaptaba perfectamente al espacio del Euskalduna, mimando a los cantantes al cerrar ambos extremos del escenario y situar toda la acción en la parte delantera, todo un acierto de Gabriele Moreschi. Se oyó perfectamente a todos los intérpretes, y quienes hayan visitado el coliseo bilbaíno saben que eso no es precisamente fácil. El vestuario de Mercè Paloma situaba la acción en una Italia de posguerra, y resultó perfectamente adecuado. De nuevo, no es la época original en la que transcurre ninguna de las dos obras, pero la transposición resultaba perfectamente creíble.

También sobresaliente, desde el primer acorde, resultó la Orquesta Sinfónica de Navarra, con un sonido cálido, empastado y suntuoso, de gran orquesta, y de gran orquesta con un gran director, Alessandro Vitiello, que debutaba en el foso en las temporadas de la ABAO y no pudo hacerlo con mejor pie: si el sonido de la orquesta fue espléndido, la atención al detalle, el cuidado con el que manejó los diversos planos orquestales, y en general, el mimo con el que el italiano trató a los cantantes, convirtieron la velada en un auténtico placer, de las mejores noches orquestales a las que he asistido esta temporada, con algunos momentos como el inicio y el famosísimo intermedio de Cavalleria que fueron una verdadera delicia. Continuamos poniendo notas muy altas con el coro, el Coro de Ópera de Bilbao, que últimamente había bajado un poco el muy buen nivel al que nos tiene acostumbrados, volvió a brillar como en temporadas anteriores.

Únicamente habría que bajar un poco la nota a director y coro en el tema de la concertación, en el que hubo algunos momentos, digamos, problemáticos: la orquesta sonaba muy bien y el coro también, pero en algunos pasajes no lo hacían a la vez. Tengo la impresión, sin embargo, de que será un problema de noche de estreno, y la causa aquí hay que buscarla en la dirección de escena. Es difícil para un director de escena hacer que un coro tan numeroso como el de Bilbao no resulte estático y monolítico en el escenario, y de hecho Joan Anton Rechi, cuyo trabajo de dirección actoral y de movimientos escénicos resultó realmente notable, hizo una gran labor en ese sentido: el coro se convertía verdaderamente en ese personaje colectivo formado por muchas individualidades, con movimientos verdaderamente naturales que se desarrollaban con gran fluidez. Pero esa movilidad pasó factura a la concertación, con lo que el director tuvo que hacer algunos esfuerzos notables para que todo cuadrara. Pero insisto en que estoy seguro que en las representaciones posteriores este problema se solucionará sin duda.

Momento de la representación de 'Pagliacci' de Leoncavallo. Dirección musical, Alessandro Vitiello. Dirección escénica, Joan Anton Rechi. Bilbao, ABAO, abril-mayo de 2015

Llega el momento de hablar de las voces, y no nos apeamos del sobresaliente. Evidentemente, hay que comenzar hablando del gran protagonista de la noche, el tenor Gregory Kunde, que protagonizaba las dos obras, siendo sucesivamente Turiddu y Canio. Para empezar, es sobresaliente que alguien como Kunde debute en estos papeles a estas alturas de su carrera, como hacía el sábado, y que lo haga con la calidad que derrochó en Bilbao. La voz sonó espléndida, plena, segura y convincente. Convincente estuvo en Cavalleria, pero en Pagliacci lo que dio fue una auténtica lección magistral de canto, con un agudo seguro y timbrado, un centro bello y potente, y una interpretación verdaderamente sobrecogedora. Su Vesti la giubba estuvo a punto de echar abajo el Euskalduna; bien es sabido el amor que en esa tierra se le tiene a los tenores, y realmente Kunde el sábado se mereció el huracán de bravos que el público le dedicó.

Su pareja en Cavalleria, por seguir el orden de la representación, fue la mezzosoprano Daniela Barcellona, que encarnaba a Santuzza. Pienso que la voz de Barcellona no es para todos los públicos ni para todos los repertorios, pero también pienso que como Santuzza funciona perfectamente. La voz tiene una cierta cualidad mórbida y un vibrato que en otras obras resultaría excesivo, pero que encaja perfectamente con el atormentado personaje, que hacía pensar en una Anna Magnani desgarrada por su desgraciada historia. Tal vez hubo algún agudo un tanto gritado, pero no deslució el conjunto, que resultó verdaderamente acertado.

Hay que bajar la nota en el caso de Alfio, el marido de Lola que acabará matando a Turiddu en venganza por su traición. El barítono Luca Grassi estuvo realmente desafortunado en esta parte, con una voz pequeña y manejada de una manera bastante tosca. Por suerte, Grassi, que junto a Kunde era el único que repetía en las dos obras, mejoró considerablemente como el Tonio de Cavalleria, con un prólogo y una interpretación en su intento de forzar a Nedda que, sin llegar a la excelencia, le redimieron de sobra de la muy pobre impresión que causó en la primera obra.

Nuria Lorenzo era Lola, el amor de juventud de Turiddu, que al volver de servir como soldado la encuentra casada con Alfio. Breve papel pero interpretado con verdadera brillantez vocal y gran soltura escénica por la mezzo gallega, que causó una excelente impresión. Por último, Mamma Lucia, la madre de Turiddu, fue encarnada por la mezzo Annie Vavrille, con gran convicción dramática pero con un vibrato realmente excesivo.

Momento de la representación de 'Pagliacci' de Leoncavallo. Dirección musical, Alessandro Vitiello. Dirección escénica, Joan Anton Rechi. Bilbao, ABAO, abril-mayo de 2015

Pasamos ahora a Pagliacci, obra sin duda de mucha más envergadura dramática que Cavalleria Rusticana. Ya hemos comentado el triunfo absoluto de Kunde y el meritorio papel de Luca Grassi, por lo que toca hablar de la protagonista femenina. Nedda era interpretada por la soprano Inva Mula, que resultó también otra de las grandes triunfadoras de la noche. Es Inva Mula una soprano con una emisión bastante particular, dando la impresión de que ataca cada nota desde pianissimo para crecer posteriormente, lo que a veces puede producir un efecto de inseguridad, como si no encontrase fácilmente la colocación de cada nota y recurriese a ese efecto para asegurar el sonido. En cualquier caso, el timbre es bello y potente, el agudo fácil y sonoro, y como actriz estuvo espléndida, destacando en el bellísimo dúo de amor con Silvio, su amante, y en la escena con Tonio, mucho más dramática.

El tenor José Manuel Zapata resultó encantador como Beppe, sobre todo cuando encarnaba a Arlechino en la farsa, con un timbre muy agradable y una media voz realmente deliciosa. Y por último, pero ni mucho menos el peor, magnífico el barítono Manel Esteve, que interpretaba a Silvio, el amante de Nedda. Papel breve pero con un maravilloso pasaje que es el dúo de amor con la protagonista, en el que los dos estuvieron espléndidos, arrancando un merecidísimo aplauso al público bilbaíno. Un nombre a tener en cuenta, sin duda.

Como verán, las dos viejas tías a las que no tenía demasiadas ganas de ir a ver se convirtieron en toda una sorpresa, en un motivo de reflexión sobre lo malos que son los prejuicios en cualquier campo, y sobre lo bien que salen las cosas cuando las cosas se hacen con mimo. Mi corazón tiene de aquí en adelante un lugar reservado para estas dos ancianas y dignas señoras que tan buen rato me hicieron pasar cuando menos lo esperaba.

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