España - Baleares

Notable esfuerzo

Jorge Binaghi

martes, 26 de mayo de 2015
Palma de Mallorca, viernes, 15 de mayo de 2015. Teatro Principal. Eugenio Onegin. Moscú, Teatro del Conservatorio,19 de marzo de 1879. Libreto de K. Silovski y M. Chaicovsqui, música de P. I. Chaicovsqui. Dirección escénica: Alfonso Romero. Escenografía: Miguel Massip. Vestuario: Maria Miró. Coreografia: Laura Macías/Gavin de Paor. Intérpretes Vladimir Tselebrovsky (Onegin), Josep Bros (Lenski), Fiorenza Cedolins (Tatiana), Cristina Faus (Olga), Stefano Palatchi (Gremin), María Luisa Corbacho (Larina), Amelia Sierra (Filipievna), Antoni Aragón (Triquet), y otros. Coro del Teatro y Orquesta Sinfónica de las Islas Baleares ‘Ciutat de Palma’. Dirección de orquesta: José María Moreno

No había estado nunca en el magnífico teatro de Palma y el momento me ha llegado con la inclusión en el repertorio de la obra de Chaicovsqui que finalmente -esta es una prueba más- ha entrado con paso firme en el repertorio ‘normal’ de los teatros líricos. Y la ‘normalización’ de una situación que hace no demasiado tiempo era todavía -escandalosamente- ‘excepcional’ no significa que las dificultades sean ahora menores.

Vaya un primer reconocimiento a todo el equipo de cantantes que llevó a cabo el esfuerzo de estudiar y decir el texto ruso en forma más que apreciable (un servidor conoce pocas palabras, pero el libreto lo ha seguido varias veces en directo y en audiciones de discos), salvo en el caso del protagonista que llegó para la segunda de las cuatro funciones (el protagonista de la primera era norteamericano). Cuando se trata de las partes de Tatiana y Lenski, todavía más difícil por la extensión de los roles. Y hay que saludar el hecho infrecuente de que, salvo Cedolins y Tselebrovsky, el resto de cantantes provenía del territorio español (por ejemplo, no sé el nombre de la voz del interior que canta el campesino solista en el primer acto) y demostraron gran solvencia, incluso en parte tan breve como la de Zaretski, el amigo de Lenski (muy buena prestación de Josep Miquel Ribot). Encontrar tres mezzos para Olga, Larina y Filipievna no es algo banal en absoluto. Si Corbacho y Sierra estuvieron magníficas, Faus tal vez engoló en alguna ocasión y alguna nota fue fija, pero es posible que se encuentre más cómoda en otro repertorio, y de todos modos cumplió sobradamente: el timbre es de mezzo verdadera y, como el de sus colegas, bello. También Aragón fue un Triquet sobrado (probablemente demasiado ‘sano’ en unos agudos que tal vez no deban emitirse como si de un tenor pucciniano se tratara, pero que demuestran que el cantante, que es mucho más joven que lo usual en el rol, los posee y naturalmente quiere exhibirlos). Palatchi fue, como siempre, de canto y presencia nobles, y si su gran aria exhibió en algún momento tensión en la zona aguda, habría hecho mucho mejor figura en el Met que el autóctono que arruinó la última versión, por lo demás ejemplar, de aquel teatro.

Momento de la representación de Eugenio Onegin de Chaicovsqui. Dirección musical, José María Moreno. Dirección escénica, Alfonso Romero. Palma de Mallorca, Teatro Principal, mayo de 2015.

Tselebrovsky fue un buen protagonista: tiene el físico y, naturalmente, el acento. Se trata de un barítono más bien lírico, lo que aquí sienta de perlas, pero siendo buena la emisión y la técnica, hay momentos en que falta squillo o incisividad y no puede decirse que sea un actor muy expresivo; más de una vez pareció envarado (pero si se tiene en cuenta que llegó cuando ya habían terminado los ensayos…).

Bros ha encontrado un personaje fuera del belcanto que le va como anillo al dedo y lo actuó y fraseó con verdadera convicción. Su gran aria fue uno de los momentos más aplaudidos de la velada, bastante generosa en aplausos.

Momento de la representación de Eugenio Onegin de Chaicovsqui. Dirección musical, José María Moreno. Dirección escénica, Alfonso Romero. Palma de Mallorca, Teatro Principal, mayo de 2015.

La primera Tatiana de Cedolins fue magnífica desde todo punto de vista. Incluso en el segundo acto, donde su canto se limita a pocas frases, ‘fue’ la joven heroína, ya desengañada de sus ensoñaciones del primero (ideales para su vocalidad y expresividad: en ese contexto, la escena de la carta despertó expectación y un silencio inusual que se reserva sólo para los grandes momentos). La voz corrió y sonó sana, y la morbidez de sus notas filadas hicieron decir, con razón, a más de uno, que a veces una voz ‘italiana’ (por timbre y por escuela) puede hacer más por una parte rusa que las procedentes del país de origen (la memoria de la Freni está en todos). Personalmente me llamó poderosamente la atención su interpretación del tercer acto, sea en el primer cuadro, ya esposa digna y sobria de Gremin, sea en el segundo con ese juego de pasión desbocada y luego reprimida que estuvo presente en la voz y en la acción.

El coro estuvo pletórico (tal vez se inclinó siempre por las sonoridades fuertes) y la orquesta cumplió (la labor es realmente difícil y algunos momentos así lo pusieron de manifiesto) bajo la batuta atenta de Moreno, que tuvo muy en cuenta las necesidades del escenario y eligió en algunos momentos, acertadamente, tiempos más vivos que los acostumbrados.

La puesta en escena, una coproducción que se verá luego en Oporto, fue sencilla y ágil, aunque el elemento central (un árbol del que cuelgan, cual hojas, las diversas versiones de la carta de Tatiana que van cayendo con el paso del tiempo) no puede llamarse bello y en el último acto resultó inapropiado y molesto. Tampoco las evoluciones de la coreografía fueron particularmente logradas, pero el conjunto resultó ampliamente superior a las partes.

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