Reportajes

Una experiencia física

Jonay Armas

viernes, 26 de junio de 2015

Que se haya celebrado la tercera edición de “¡Solo Música!”, en los tiempos que corren, sigue siendo un pequeño milagro. El 20 de junio el Auditorio Nacional se convirtió en el templo en el que celebrar un fugaz pero intenso festival con el día de la música como motivación. Esta tercera edición del evento proponía la obra sinfónica de Tchaikovsky como eje central sobre el que vertebrar un completo programa lleno de alternativas que invitaba a la fiesta a cuartetos de jazz, música de cámara, actividades al aire libre y, como joya de la corona, a las seis sinfonías del compositor ruso dirigidas por Juanjo Mena con tres conciertos programados a lo largo del día.

La presencia exclusiva del director de orquesta resultaba un aliciente para acercarse a las sinfonías como una auténtica integral, la lectura de un solo músico puesta al servicio de la interpretación. O, dicho de otro modo, era la oportunidad perfecta para contemplar todo el corpus sinfónico de Tchaikovsky, bajo la coherencia de una misma mirada y en un tiempo récord. La presencia de una orquesta diferente para cada uno de los conciertos invitaba, por el contrario, a un necesario esfuerzo de abstracción para no anteponer las diferencias en el sonido de los tres conjuntos al discurso musical elaborado por Juanjo Mena.

Lo primero que debía llamar la atención en la aproximación del director hacia estas obras era su deseo de eliminar toda pátina de dramatismo a las primeras tres sinfonías, esquivando el gran error que suele aquejar a las integrales sinfónicas de Tchaikovsky: tratar las primeras obras bajo la mirada de quien sabe que, en el futuro, el músico desplegará toda su angustia existencial en sus últimas partituras. La intención de Juanjo Mena pasaba por tratar las seis obras desde una misma concepción y eso permitió que las primeras sinfonías desplegasen todo lo que hay de brillo y jovialidad en ellas, al tiempo que amortiguaba el peso dramático de las tres últimas sinfonías hasta ofrecer un retrato del músico pleno de coherencia.

En el primero de los conciertos, junto a la Joven Orquesta Nacional de España, mostró a una orquesta empastada, valiente y refinada que se divertía tocando. La Primera Sinfonía se reveló como una obra luminosa que ya encierra las capacidades orquestales de Tchaikovsky, casi a modo de catálogo con el que embelesar el oído. Las jóvenes maderas de la JONDE, auténtico tesoro de la orquesta, hacían brillar el memorable tema con el que da inicio el Allegro tranquillo, primer movimiento de la obra, pero Juanjo Mena insistía en la capacidad del compositor para lograr que cada tema fuese más memorable que el anterior. Una audaz y sentida lectura de la Cuarta Sinfonía cerraba el concierto, donde la orquesta se permitió que lo emocional no estuviese reñido con un cierto aire danzable. Algunos gestos del director invitaban a pensar en su deseo de insistir a los músicos que se divirtieran por encima de todo. Gracias a esa generosidad, la música se llenó de las grandes virtudes de la joven formación: irreverencia, precisión, belleza y un virtuosismo que nacía del disfrute propio, nunca del deseo de exhibición.

En el segundo de los conciertos sinfónicos, la Orquesta Nacional de España debía enfrentar, por ver primera durante el evento, la incómoda pero también inevitable comparación con la formación que le había precedido. Quizá con el programa menos agradecido de los tres (Segunda y Quinta sinfonías en los atriles), la ONE acusaba una ausencia de equilibrio en los tutti de una Segunda Sinfonía que cuenta con no pocos momentos en los que el empaste de la formación resulta fundamental para poder producir todo su efecto. Una cierta desidia se apoderó de la interpretación a pesar de que Juanjo Mena había planteado un arco emocional tan interesante como había hecho con la Primera. El acercamiento a la Quinta fue completamente diferente: la sensación de trabajo conjunto parecía mucho más satisfactoria, los metales brillaban, los tutti eran poderosos y la orquesta demostraba encontrarse mucho más cómoda en ella, generando uno de las funciones del día más agradecidas por el público, siempre ayudada por la vocación complaciente de la propia partitura.

La llegada del tercer concierto puso en escena a un conjunto, la Orquesta Sinfónica de la Radiotelevisión Española, que parecía elevarse unos centímetros sobre el escenario. Su sonido, límpido, luminoso y potente, se situaba a las puertas del olimpo. La interpretación de la Tercera Sinfonía se convirtió, por derecho propio, en uno de los momentos más conseguidos de la integral, en tanto que sacaba a relucir las virtudes de una obra inexplicablemente ausente de las salas de conciertos. Allí estaba el Scherzo como muestra de la modernidad de una pieza que tiene ya poco que envidiar a las tres grandes últimas obras. Quizás sea su carácter autosatisfecho, o esa ambiciosa estructura en cinco movimientos, al borde del exhibicionismo, lo que ha relegado a esta Tercera Sinfonía a formar parte de las obras menores del músico.

La Sexta Sinfonía, sin embargo, es la obra sinfónica por excelencia del autor y el gran momento esperado por el público, que parecía haberse convertido de manera silenciosa en la cúspide con la que culminar el día dedicado a Tchaikovsky. Juanjo Mena buscaba equiparar los ánimos de las seis obras y eso había amortiguado en cierto modo el tono dramático de las últimas tres. La Sexta fue, quizá, la más damnificada en ese sentido: con el ritmo excesivamente acelerado con el que se aproximaban a la obra parecían perderse muchas bondades de su discurso, sustituyéndolo por un virtuosismo continuo en ocasiones demasiado forzado, tal vez porque la sinfonía trata de otra cosa. En cualquier caso, la trascendencia de la partitura es tal que la elección del tempo no compromete a su devastador efecto global. Cuando las cuerdas se disolvían en el último compás del Adagio lamentoso, el público ya estaba totalmente entregado a Juanjo Mena y a la orquesta.

El día también había incluido adaptaciones al jazz de las melodías más populares de Tchaikovsky o abundantes recitales de música de cámara que, además de abordar al compositor estrella contaron también con obras de Arenski o Korsakov, acompañantes de lujo de un repertorio estelar. Pero el corazón del evento había tenido lugar en la Sala sinfónica, allí donde Juanjo Mena se había propuesto un reto interpretativo que se saldaba con no pocos momentos para el recuerdo. Cuando el director se asomaba a la Plaza frente al teatro para saludar a los asistentes y recibía una sonora ovación, justo antes de que la Banda Sinfónica Municipal de Madrid entonara la Obertura 1812 entre fuegos artificiales, no solo aplaudían por unas interpretaciones al más alto nivel, sino también por el imponente esfuerzo al que se había sometido el músico durante la jornada. Juanjo Mena nos recordaba que la profunda belleza de la vivencia musical, al final de todo, también debe ser una experiencia física.

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