Argentina

60 años despues ...

Eduardo Benarroch

viernes, 31 de julio de 2015
Buenos Aires, martes, 14 de julio de 2015. Teatro Colon. Cavalleria Rusticana de Mascagni e I Pagliacci de Leoncavallo. Dirección de escena, José Cura. Escenografía e Iluminación, José Cura. Vestuario, Fernando Ruiz. Intérpretes de Cavalleria: Enrique Folger (Turiddu), Guadalupe Barrientos (Santuzza), Leonardo Estevez (Alfio), Anabella Carnevali (Mamma Lucia), y Mariana Rewerski (Lola). Intérpretes de Pagliacci: José Cura (Canio), Mónica Ferracani (Nedda), Fabián Veloz (Tonio), Gustavo Ahualli (Silvio), y Sergio Spina (Beppe). Coro del Teatro Colón (director del coro, Miguel Martínez). Coro infantil del Teatro Colón (director del coro de niños, César Bustamante). Orquesta del Teatro Colón. Dirección musical, Roberto Paternostro. Aforo 85%

Es muy probable que la mayoría de los lectores de Mundo Clasico sean muy jóvenes y que cuando yo debuté en mi Teatro Colón ni sus padres se habían casado. Pero este artículo no es un viaje nostálgico al pasado sino una crítica con reflexiones muy mías que comparto con ustedes. El Colón me dio la bienvenida durante el invierno porteño de 1955 con Tristan e Isolda. Isolda era la muy joven y prometedora Birgit Nilsson. Mi reencuentro con el Colón luego de 23 años de ausencia fue low key. La noche de Gran Abono de Cav/Pag era una noche agradable, de temperatura templada, al menos para uno que ha vivido en Londres desde 1972. Dentro del Colón abundaban los visones, nutrias y chinchillas y algunos especímenes vestidos como si hubieran salido de una ópera verista durante su estreno a comienzos del siglo XX. Un señor muy elegante con larga capa negra forrada en rojo llamó la atención. La típica luz del Colón, más bien tenue, que iluminaba la sala daba una sensación de claroscuro como si se estuviera dentro de una foto sepia. Entrar en la vasta sala me dejó boquiabierto como si fuera la primera vez: qué sala inmensa, qué cómoda, las butacas con espacio para que pasasen delante de los espectadores sentados, mujeres con sus armados vestidos de noche sin molestar. Era un teatro construido para otra época.

¿Y la acústica? ¿Luego de tantos años y de visitar tantos teatros, la encontraría tan especial como antes? Lo primero que me impresionó fue la suavidad del sonido que emanaba del foso (la calidad era otra cosa, pero la crítica de verdad comienza un poco más tarde), los instrumentos eran fácilmente distinguibles, pero no era un sonido desconectado sino integral, solo que también era posible distinguir cada uno. Las voces, pese al sonido más bien pesado emanante del foso, también se escuchaban sin problemas. Sentado en la fila 20 (es un teatro vasto) se veía perfectamente bien el anchísimo escenario y se escuchaba como si se estuviera al lado de los cantantes. Nada había cambiado. El Colón estaba igual que cuando lo había dejado.

Jose Cura no necesita introducción, excepto si se necesita que el lector sepa lo amplio de sus actividades como artista. Hace ya tiempo que mezcla sus actividades como cantante con la de compositor, director de escena y director de orquesta. No hay que pensar en favoritismos tontos, cualquier artista que sea elegido por la Sinfónica de Praga como Artista Residente debe ser tomado en serio.

Momento de la representación de 'Cavalleria rusticana' de Mascagni. Dirección musical, Roberto Paternostro. Dirección escénica, José Cura. Buenos Aires, Teatro Colón, julio de 2015

Cura impone un Konzept autóctono ubicando la acción en el barrio de La Boca, primer punto de contacto de la gran inmigración italiana a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Y muchos de los italianos provenían no del Norte, sino de las partes más pobres, o sea del Sur. Lo primero que se ve al abrirse el telón es una fiel reproducción de la esquina de Caminito, en ese departamentito angosto vive Lola y mientras su marido Alfio está ausente, sigue su relación con su gran amor: Turiddu. Mamma Lucia es la dueña del cafe/bar abajo del departamentito y allí mismo sobre la plazoleta (que realmente existe) se desarrollará luego la acción de Pagliacci.

No es una idea nueva, pero si es una idea muy poco explorada. La primera vez que disfrute de esta original idea fue a fines de la década de 1980 en la siempre excelente English National Opera, Ian Judge era el director de escena. Pero Cura va más allá de poner las dos obras durante el mismo día. Si en Cavalleria la acción era tradicional y no presagiaba la tragedia por venir, era en Pagliacci (con Cura mismo en escena como Canio) donde las cosas se ponían interesantes. Pasado el Prólogo aparecía una figura con máscara blanca invitando a la gente de la Boca a presenciar el espectáculo a las 11 de la noche. Poco más tarde, cuando este Canio se daba cuenta que estaba por perder a su Nedda, se sentaba y se arrancaba la máscara descubriendo una cara deformada, herida, todavía sangrante. Ese era el verdadero Canio, cuya cara mostraba sus heridas psicológicas internas. Una escena inteligente, muy bien pensada y que daba escalofríos al verla, eso es, si el público sacaba las mismas conclusiones.

Momento de la representación de 'Pagliacci' de Leoncavallo. Dirección musical, Roberto Paternostro. Dirección escénica, José Cura. Buenos Aires, Teatro Colón, julio de 2015

Cura siempre fue un cantante interesante, lo recuerdo bien desde sus tempranos comienzos en la Opera Real de Londres, en la primera versión de Simon Boccanegra, dirigida por ese maestro entre maestros, Mark Elder. Pero esa voz de clarín pronto pasó a cantar roles más pesados y llegó a cantar un Otello muy meritorio. Su Sansón también era excepcional. Hay muchos ejemplos de cantantes que entrados los años dejan de cantar bien, Cura no es una excepción, lo interesante es que tiene las notas, y las tiene todas, lo que hay que hacer notar es cómo llega a esas notas, que no siempre es musical. Pero era su inmensa presencia en escena donde producía su mayor efecto, y era allí donde ganaba su batalla toda las noches, porque se entregaba y porque es un artista inteligente. Sus dos producciones se movieron bien, las ideas eran claras y estaban bien ejecutadas.

Enrique Folger, un tenor que no conocía, cantó y actuó muy correctamente la difícil e ingrata parte de Turiddu. Guadalupe Barrientos, si bien posee una voz quizás demasiado liviana para Santuzza, derrochó fuerza dramática en escena, ganándose la simpatía de mucha parte del público en la alturas de Tertulia y Paraíso. Leonardo Estévez lució una voz atractiva, si bien liviana para Alfio, Marina Rewerski fue la sexualidad personificada como Lola, mientras que Anabella Carnevalli demostró buena comprensión del rol de Mamma Lucia.

Momento de la representación de 'Pagliaci' de Leoncavallo.  Dirección musical, Roberto Paternostro. Dirección escénica, José Cura. Buenos Aires, Teatro Colón, julio de 2015

El Prólogo elevó el nivel de canto con otra voz que no conocía, Fabián Veloz, un barítono de voz estupenda, de bellísimo color tradicional, que parecía que estaba escuchando a un cantante de la vieja escuela por el elegante fraseo y la redondez de la voz. Su Tonio tuvo la dosis necesaria de villano y hombre frustrado, juguetón pero peligroso. Veloz es buen actor y con esa voz excelente no es difícil presagiarle una muy buena carrera. Mónica Ferracani personificó una Nedda madura, insegura, atractiva. Se jugó el 100% en escena y en mi opinión triunfó. Interesante saber que Silvio también atendía el bar de Mamma Lucia, y que el cuerpo de Turiddu pasaba en procesión hacia el cementerio al concluir la obra.

El coro cantó con gran sonido, impresionando al oyente por la claridad y por su musicalidad frente a un director que jamás debería haber sido elegido para dirigir este espectáculo. Los sonidos que emanaban del foso eran burdos, patéticos, mal conjuntados y sin fraseo, tempi demasiado rápidos, una lectura desprolija y desarmada, y una sucesión de notas que nunca decían algo valido. Vaya como ejemplo la hermosa aria de Nedda, ‘Stridono lassú’, llena de liviandad y sexualidad, una mujer que evoca las aves, que quiere volar de esa opresión junto a un marido tiránico. La orquesta juega con las palabras, requiere dulzura, juego, inocencia, y por encima de todo flexibilidad. Es como el mismo volar de los pájaros. La lectura de Paternostro parecía un pesado buitre revoloteando sobre el cadáver de la partitura. Quizás el primer violín hubiera dado mejores resultados al podio. Hacía muchos años que no escuchaba un director tan poco musical.

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