Suiza

Certeza espiritual

Alfredo López-Vivié Palencia
lunes, 31 de agosto de 2015
Lucerna, jueves, 27 de agosto de 2015. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna en Verano. Kristian Bezuidenhout, piano. Royal Concertgebouw Orchestra Amsterdam. Daniel Harding, director. Wolfgang Amadè Mozart: Concierto para piano nº 18 en Si bemol mayor, KV 456. Anton Bruckner: Sinfonía nº 5 en Si bemol mayor. Ocupación: 95%
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Mozart y Bruckner siempre hacen buena pareja (lo mismo que Haydn y Mahler, pero por las razones contrarias): en Mozart, y particularmente en sus conciertos para piano, siempre hay una miaja de drama; mientras que en Bruckner no hay drama de ninguna clase, y en cambio hay una tensión tremenda. De manera que el contraste -siempre deseable en cualquier espectáculo musical- está servido (con el añadido de que las dos obras del programa de esta noche están escritas en la misma tonalidad).

En el Concierto nº 18 de Mozart -que no es de los más frecuentes en los atriles- el drama está muy sutilmente escondido en su Andante, mientras que los movimientos extremos son alegremente traviesos. Y aunque nunca antes había escuchado al pianista australiano (nacido en Sudáfrica en 1979) Kristian Bezuidenhout, me quedé tan impresionado al leer su biografía que me dispuse a disfrutar de un buen rato de música. Pero mi gozo en un pozo, y desde el primer compás.

Es cierto que este hombre se ha especializado en el repertorio clásico y barroco, y que le gusta tocar en instrumentos de época, aunque, como esta noche, tampoco desdeña los pianos modernos. Pero usar un piano actual para que suene aún más enclenque que sus antecesores no tiene ningún sentido. Y es asimismo cierto que Bezuidenhout es un pedagogo a quien el rigor le lleva a salir a escena provisto de partitura (y no la de su parte, sino la general). Pero servirse de ella para acompañar al piano la armonía en los fragmentos meramente orquestales es un ejercicio inútil porque -filologías aparte, y dando por supuesto que Mozart lo hacía, pero sólo para su solaz personal- ese acompañamiento literalmente no se escucha.

Con todo, lo peor es que me pareció -a mí y al público en general, vista la más que tibia recepción de su interpretación- que Bezuidenhout obvió deliberadamente cualquier tipo de expresividad. Se puede tocar flojito y se pueden hacer guiños supuestamente historicistas, incluso se puede fallar alguna ornamentación; pero quitarle a Mozart aquella miaja de drama y negarse la obligación de divertirse para divertir a los demás, tocando los tres movimientos de la misma y aburridísima manera, eso hizo que ni siquiera el acompañamiento de Harding y el Concertgebouw pudiera salvar los muebles.

Decía el gran Günter Wand -y de esto sabía un rato- que las dos únicas sinfonías auténticamente brucknerianas son la Quinta y la Novena. La una, porque Bruckner la escribió para demostrarse a sí mismo que era un buen profesor de armonía y contrapunto; la otra, para demostrarse que podía hacer saltar por los aires toda esa sapiencia, previa petición de perdón -claro está- “al buen Dios”. Ciertamente la Quinta Sinfonía no se parece a sus hermanas: aquí no hay movimientos sísmicos ni descensos a los infiernos; es, ni más ni menos, una sinfonía clásica -en el sentido histórico del término- que dura el triple que las sinfonías clásicas.

Pero la obra personifica también -como acertadamente comenta Thomas May en las notas del programa de mano- la certeza espiritual de que se cumplirán las promesas formuladas al inicio de sus cuatro movimientos. Y ahí está, creo yo, la miga conceptual de esta sinfonía: si formulas correctamente esas promesas -que, al fin y al cabo, son la misma (todos los tiempos comienzan de igual modo)-, llegarás con bien al final. Y para mi sorpresa -y esta vez agradabilísima, porque no le hacía en semejante repertorio- el inglés Daniel Harding (Oxford, 1975) acertó de pleno.

Su visión de la obra dista mucho de las grandilocuencias y monumentalidades de otros maestros, y su interpretación es recogida, incluso a ratos retraída, modesta. Pero tiene bien interiorizada la firmeza granítica que sostiene el edificio, los pizzicati (las promesas) que arrancan cada movimiento se dicen con naturalidad, y la cosa se va construyendo de manera segura. Esto es, una vez escuchado el primer movimiento, ya se sabe cómo se harán los demás: en eso consiste la certeza espiritual. Y aunque Harding se muestra reservado en el aprovechamiento de los medios orquestales, y no hay “fervor apostólico” en los metales, el glorioso final no deja de serlo porque se exprese con sobriedad.

Como se trata de una sinfonía clásica, Harding, empleando las técnicas historicistas a las que está acostumbrado, hace ásperos los ataques y cortantes los finales de frase -una pena cuando tiene a su disposición la orquesta más jugosa del mundo-; y por supuesto opta por tiempos ligeros (72 minutos le dura la cosa), lo cual ayuda a transitar por la partitura sin tener que librar todas las batallas en sus profundidades abisales. Si bien pierde (mejor dicho, se pierde) alguna de esas batallas, como la transición a la segunda exposición del tema principal del Adagio; o la transición –¡siempre las dichosas transiciones brucknerianas!- en mitad del desarrollo del Finale; o el Scherzo, que de tan rápido salió sonoramente algo sucio. Pero conceptualmente su visión es irreprochable.

En conclusión: no es mi Bruckner porque su lectura se acerca más a Harnoncourt que a Thielemann. Pero aquí he hablado bien de ambos haciendo esta sinfonía; y me alegra mucho hacerlo ahora de Harding, reconociendo que su interpretación me convenció -y al público también- por honrada y por coherente.

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