Suiza

El iceberg Haydn

Alfredo López-Vivié Palencia
viernes, 11 de septiembre de 2015
Monumento a Joseph Haydn en Viena © Creative Commons Monumento a Joseph Haydn en Viena © Creative Commons
Lucerna, miércoles, 2 de septiembre de 2015. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna en Verano. Daishin Kashimoto, violín; Amihai Grosz, viola. Berliner Philharmoniker. Sir Simon Rattle, director. Wolfgang Amadè Mozart: Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta en Mi bemol mayor, KV 364; Joseph Haydn: Une symphonie imaginaire. Ocupación: 100%
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Maravilloso programa para desengrasar los excesos orquestales de anoche, y una prueba más de la imaginación de Simon Rattle para renovar el atractivo de los conciertos sinfónicos. Vale la pena mencionar el hecho de su empeño renovador (enseguida les cuento de qué va la “sinfonía imaginaria” de Haydn), ahora que su nombre está en el candelero por ser el primer director en la historia de la Filarmónica de Berlín que deja voluntariamente el puesto para asumir la titularidad de otra orquesta; sin que, por otra parte, sea el momento de hacer balance por cuanto aún le quedan dos cursos enteros como responsable musical de los Berliner, que a buen seguro traerán alguna otra sorpresa.

Si Mozart fue un genio precozmente maduro, nada como su Sinfonía concertante en Mi bemol mayor para demostrarlo: obra de altos y largos vuelos, meditativa y dulcemente melancólica, traducida con esos mismos adjetivos por Rattle y treinta de las cuerdas berlinesas (más las parejas de oboes y trompas), con el concertino Daishin Kashimoto y el primer viola Amihai Grosz como solistas. De Rattle y la orquesta hay que decir que dieron una versión muy jugosa, de sonido amplio, y de carácter ensoñador. De los dos protagonistas, que su compenetración -desde la entrada mágica e inesperada en el primer movimiento- les llevó en lo conceptual a dialogar de tú a tú, y en lo técnico a vibrar al unísono; y que el Andante les salió con la profundidad -y con la sencillez- de las que sólo son capaces los mejores músicos.

Un momento de la interpretación de la 'Sinfonía concertante' con Daishin Kashimoto (violín) y Amihai Grosz (viola).Un momento de la interpretación de la 'Sinfonía concertante' con Daishin Kashimoto (violín) y Amihai Grosz (viola). © Priska Ketterer, Lucerne Festival

Al comenzar la segunda parte, Rattle salió al escenario micrófono en ristre (y con los papeles para leer, porque ya se sabe que una vida no es suficiente para aprender alemán) anunciando que a continuación venía una aventura; que Haydn es el compositor más grande -y el único al que invitaría a comer a su casa-, y que su persona y su obra son como un iceberg, del que conocemos sólo un cinco por ciento; y que por eso se había atrevido a ensamblar fragmentos de obras suyas, deseando que el público pasara un buen rato y pidiendo disculpas por el atrevimiento.

Al parecer, Rattle tomó prestada la idea de Mark Minkowski -que había hecho lo propio con piezas de Rameau-, y efectivamente se le ocurrió -con la ayuda del dramaturgo Markus Fein- confeccionar una “sinfonía” con diez movimientos de sendas obras de Haydn, alguna de ellas poco conocida. El pasticcio -la palabra suena fatal, pero técnicamente es lo que es- se estrenó en febrero de 2014 en Berlín, y nada parecía más adecuado que presentarlo en esta edición del Festival de Lucerna dedicada al humor. 

La cosa arranca -con qué si no- con “la representación del caos” de La Creación, dicha con toda la haydniana intención de anunciar algo grande; pero es que después viene “el terremoto” -que lo fue- de Las siete últimas palabras de nuestro Redentor en la cruz, al que sigue la extensa obertura de la acción teatral L’isola disabitata (qué universo incógnito el de las óperas de Haydn). Acto seguido, el segundo movimiento de la Sinfonía nº 64 “Tempora mutantur” –-qué bien jugó Rattle con los silencios de este episodio de tensión contenida-; y el minueto de la Sinfonía nº 6 “La mañana” -con su trío como momento de virtuosismo del mejor gusto a cargo del contrabajista Janne Saksala y el fagotista Daniele Damiano-. 

Después, dos finales, uno detrás de otro: el de la Sinfonía nº 46 y el de la Sinfonía nº 60 “Il distratto” -lógica progresión de presto a prestissimo, en la que Rattle y el concertino Noah Bendix-Balgley hicieron de las suyas en la parodia de la afinación y las disonancias-. De nuevo gran contraste con la serena introducción del “invierno” del oratorio Las estaciones. Y otro final más, esta vez obligado, el de la Sinfonía nº 45 “Los adioses”: por supuesto, cuando llega el Adagio se oscurece la iluminación y cada uno de los músicos apaga la bombilla de su atril al retirarse, hasta dejar solo al director.

Un momento de la interpretación de la 'Sinfonía imaginaria'Un momento de la interpretación de 'Une symphonie imaginaire' © Priska Ketterer, Lucerne Festival

En ese momento Rattle deambula por el escenario, mientras a través de altavoces estratégicamente situados en las esquinas de la sala se escucha música para “Flötenuhr” (literalmente, reloj de flauta), un artefacto que podríamos llamar algo así como “organillo-despertador”, cuyo constructor -según nos había contado antes Rattle- también trabajaba para el Príncipe Esterházy, y con el que Haydn hizo muy buenas migas. Pero naturalmente aún faltaba otro final: reagrupados los músicos, tocaron el de la Sinfonía nº 90; y esta vez el público sí picó; y no una, sino dos veces; porque así lo quiso el astuto Rattle.

Una hora de música en la que estilísticamente Rattle aplicó aquí de forma mucho más explícita las técnicas de la interpretación “históricamente informada”, demostrando la enorme versatilidad de su orquesta; y demostrando, sobre todo, que -como todos los buenos directores ingleses- es un haydniano convencido. Y convincente: porque también fue una hora de música muy seria, hecha con todas las ganas de divertir a un público que se lo pasó en grande.

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