Ópera y Teatro musical

Una novia burlada

Pedro Coco y Aarón Vincent

viernes, 31 de marzo de 2006
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Con el estreno el día 31 de marzo de 1745 de Platée de Jean-Philippe Rameau se cerraban en Versalles los festejos nupciales del delfín de Francia, hijo de Luis XV, y la infanta española María Teresa, hija de Felipe V. La obra sustituía a última hora a otra encargada para la ocasión, Pandora, del compositor Joseph-Nicolas-Pancrace Royer (1702-1755) sobre un libretto de Voltaire al que Rameau ya había rehusado poner música cinco años antes.

Si Pandora no parece el tema más indicado para ofrecer a una pareja de recién casados, la elección de Platée para sustituirla roza lo temerario: Platée (Platea), una ninfa mitad rana, fea y torpe, es convertida en objeto de burla de los dioses, quienes la hacen creerse futura esposa de Júpiter, cuando la supuesta boda no es sino una estratagema cuyo fin último es el de aplacar los celos de Juno, fin que se consigue al comprobar ésta la fealdad de aquélla y descubrir así la broma.

La falta de tacto es asombrosa, pues la infanta María Teresa tenía fama de ser la princesa menos agraciada físicamente de su época. Apenas han llegado a nosotros noticias del evento, pero puede suponerse que complació, pues muy poco tiempo después, el 4 de mayo de 1745, le fue concedido a Rameau el importantísimo cargo de compositor de música de la Cámara del Rey. Sin embargo la obra corrió una suerte desigual. Se repuso, ya en París, en la Académie Royale de Musique en 1749, y luego en 1750 y 1754 en l'Opéra.

Entre 1759 y 1773, contrario a la práctica habitual de suprimir los prólogos en las reposiciones, sólo se representó el prólogo como parte de espectáculos formados por fragmentos de obras diversas, y a partir de entonces cayó en el olvido hasta su redescubrimiento en el siglo XX; y ello a pesar de ser elogiada en su día por Grimm y Rousseau entre otros, y tenerse generalmente como la obra más sublime y lograda de su autor.

Jean Philippe Rameau (1683 - 1764)

Nos han llegado escasísimas noticias sobre los primeros cuarenta años de la vida de este genial compositor francés, que en 1722 saltó a la fama por su elogiado Tratado de Armonía. Se trataba de un trabajo sustancial que no estuvo exento de polémica, y que basaba su teoría en el entendimiento de las propiedades físicas y en la relación del bajo con la armonía.

Durante muchos años, Rameau fue considerado como un "Newton de la Musica", y muchas de sus composiciones fueron relegadas a un segundo puesto. Nunca cesó en el empeño de componer ópera, y la gran oportunidad llegó a sus cincuenta años, regalando al público Hippolyte et Aricie. Esta obra tuvo sin embargo algunos detractores debido a su enfoque novedoso, pues en el París de la época no pocos aceptaban algo fuera de los cánones de Lully.

Desde 1733 comenzó su carrera ascendente, presentando con gran éxito el ballet Les Indes Galantes, que se representó más de setenta veces en dos años, y Castor et Pollu, alcanzando de ésta veinte producciones. Meses después del estreno de Platée , Rameau fue nombrado compositor de cámara de la corte, y tras algunos éxitos sonados en el último lustro de su vida, se abandonó a la teoría, y a las discusiones con Rosseau, Grimm, Diderot o D'Alembert, además de algunos aventajados alumnos o amigos. La riqueza y audacia del lenguaje musical de Rameau impactó de lleno en al público parisino, y cuando murió en 1764 era un personaje muy respetado y admirado, pero nunca perdió la imagen de antisocial y avaro.

Un espectáculo nuevo

Platée es una obra de muy difícil clasificación. Definida por su autor como ballet-bouffon, prácticamente conforma un género aparte. No es que no hubiese sitio para la comedia lírica en Francia antes de su aparición - a pesar de que Lully hubiese desterrado de sus óperas el elemento cómico, en el último medio siglo se habían ido ofreciendo un pequeño número de obras cómicas, entre las que cabría destacar Le mariage de Ragonde de Mouret (1714).

Sin ir más lejos, la obra de Rameau que había inaugurado las celebraciones nupciales el día 23 de febrero de 1745, la comedia-ballet La Princesse de Navarre, reunía elementos de ópera, comedia y tragedia. Sobre un texto de Voltaire, fue concebida como un muestrario de todos los talentos que deberían emplearse en lo sucesivo para el placer de su dedicatario, el jovencísimo príncipe que apenas contaba entonces quince años (su esposa moriría menos de dos años más tarde, con tan solo veinte).

Pero Platée, con ser también una obra indudablemente cómica e híbrida, está en otro nivel. En 1750 Charles Collé, dramaturgo y autor de canciones, escribía a propósito de una reposición de Platée: 'A pesar de lo admirable que pueda ser la música, debe reconocerse que a duras penas se superan el tedio y la estupidez de las palabras' Y sin embargo uno de los mayores aciertos de Platée estriba justamente en esa rara simbiosis que se establece entre música y palabra, la una potenciando la otra, consiguiendo que el conjunto supere la suma de las partes.

Rameau cuidó mucho el aspecto literario de la obra. Adquirió los derechos del 'ballet' Platée ou Junon jalouse (Platea o Juno celosa) del octogenario autor Jacques Autreau (1657-1745), aún sin estrenar, para poderlo modificar a placer, y encomendó su adaptación al refinado Adrien-Joseph Le Valois d'Orville. Los cambios efectuados en esta nueva versión respecto del original de Autreau fueron importantes: se relegó a Juno a un plano secundario y se introdujo un nuevo personaje en la forma de la Folie (la Locura).

Inexistente en el ballet de Autreau, aunque dentro de una cierta tradición en la escena francesa, la Folie irrumpe sin previo aviso y se erige en protagonista justo en el momento en que cabría esperar el clímax dramático en una obra convencional. Con el pretexto de haberle robado la lira a Apolo, símbolo de la música, pasa a hacer un deslumbrante ejercicio de virtuosismo, por un lado caricatura de la ópera italiana con su exageradísima coloratura, pero por otro una especie de manifiesto del propio compositor, quien nos muestra su dominio absoluto de su arte, y quien parece hablarnos por boca de la Folie: 'Jugez par du beau simple et des sons plus touchants, / Si je connais la mélodie. / Écoutez bien... sur tout ma symphonie.' y más tarde… 'Sécondez-moi, je sens que je puis parvenir / Au chef-d'oeuvre de l'harmonie.' "Juzgad por la bella simplicidad y los sonidos más conmovedores si no conozco la melodía; escuchad bien, sobre todo, mi sinfonía; secundadme, presiento que puedo alcanzar la obra maestra de la armonía." (acto II, escena V)

Es en esta escena donde el elemento paródico alcanza mayor relieve, pero éste está también presente en el resto de la obra. Rameau parodia las convenciones escénicas de su día: si la celebérrima escena de tempestad de Alcyone de Marin Marais (1706) apenas dura dos minutos, en Platée, Rameau nos regala varias escenas. No falta tampoco la típica escena dedicada a los pájaros, pero en lugar del habitual y melódico canto del ruiseñor se nos ofrece un ruidoso 'concierto' de aves celosas que desespera a Platée. Y qué decir de las danzas, tan del gusto francés: aquí proliferan, pero además llegan a cobrar pleno sentido teatral, siendo parte de la acción, como en la interminable chacona de la escena III del acto III, que alarga la espera previa a la boda, poniendo a prueba la paciencia de la desafortunada Platée. Todo llevado a extremos, pero siempre con una música de inspiración prodigiosa.

La música tiene una carga descriptiva poco habitual. Hay pasajes imitativos, como los ballets protagonizados por los vientos del norte, las intervenciones de las criaturas de los pantanos, con una orquestación en la que predominan las maderas graves, o la aparición de Júpiter como asno, acompañada de rebuznos desde la orquesta. Pero también hay momentos donde la música subraya y realza el significado de las palabras y de la situación, como ocurre en el descenso de Mercurio (acto I escena V): en un plano, la música se reviste de una grandiosidad digna del embajador de Júpiter, quizás un punto exagerada; en otro, llega hasta el más cuidado detalle en su tratamiento del texto, como en la frase 'Ne trouverez-vous point indigne de vos fers / Le Dieu qui lance le tonnerre?' '¿No hallaréis indigno de vuestras cadenas al Dios que lanza el trueno?' donde la a de lance' es lanzada y mantenida largo tiempo y la rr de tonnerre ya de por sí de valor onomatopéyico es reforzada por un sonoro temblor de la orquesta.

En otras ocasiones, es precisamente en la contraposición entre lo expresado por la música y el texto donde radica el humor y la fuerza de la composición, como en las violentas exhortaciones de las ménades y los sátiros a Thespis a que duerma de nuevo en el prólogo, o más aún en la ya comentada escena de la Folie, quien por medio de la música logra que una escena triste resulte alegre y al contrario reviste unas palabras banales de una gravedad inverosímil.

Platée es una verdadera obra maestra de caracterización, en la que sobresale como es natural la protagonista. El papel está escrito para haute-contre, la más alta tesitura de tenor, y fue creado por el famoso Pierre Jelyotte, habitual intérprete de héroes trágicos en las obras de Rameau. El travestismo escénico no era tan común en Francia como lo era en Italia y aportaría sin duda una nota más de humor al personaje. El aria de presentación de Platée nos la retrata perfectamente. Tanto su línea de canto, llena de saltos y ritmos acentuados, como el uso de la onomatopeya, que en la escena inmediatamente posterior al aria se intensifica con sus múltiples rimas en -oi, aluden a su naturaleza anfibia. Las palabras nos la revelan sentimental, ingenua y ambiciosa a la vez.

Pero además, Platée acentúa y pronuncia incorrectamente sus palabras, habla de manera entrecortada, se repite y en ocasiones es incapaz de contribuir más que monosílabos a la conversación, recursos que resaltan su torpeza y su mala adecuación al entorno del Olimpo al que aspira. Aunque es indudablemente Platée la que se lleva la peor parte en la pesada broma que la juegan los dioses, éstos tampoco salen indemnes. Ya lo advierten Momus, Thalie y Thespis en el prólogo: 'Cherchons à railler en tous lieux, / Soumettons à nos ris et le ciel et la terre: / Livrons au ridicule une éternelle guerre, / N'épargnons ni mortels ni dieux' ('Busquemos burlarnos en todos sitios, sometamos a nuestra risa tanto al cielo como a la tierra, libremos contra el ridículo una guerra eterna, no salvemos ni a mortales ni a dioses') Poco antes Momus declara: 'La raison dans l'Olimpe est souvent hors d'usage' (('La razón a menudo está ausente del Olimpo') Y quien dice Olimpo, podría bien decir Versalles y la corte. Los dioses se revelan unos seres frívolos y superficiales, y despiertan poca simpatía aunque nos riamos con ellos.

Es tentador relacionar el mundo Olímpico en Platée con las geniales recreaciones Offenbachianas de los mitos clásicos un siglo después, aunque quede la duda de hasta qué punto se percibía en su momento la crítica soterrada al sistema en ambos casos. La obra entera rebosa una invención y un ingenio tales que intentar analizarla se antoja una empresa igual de fútil que desmontar un caleidoscopio para descubrir sus secretos. Sirvan estos comentarios como introducción a las riquezas que encierra esta obra tan injusta como largamente olvidada, y concluyamos con las palabras cantadas por todos los personajes del prólogo en su última escena, que bien pudieran hacer suyas Rameau y Le Valois d'Orville: 'Formons un spectacle nouveau. / Les Filles de mémoire / Publieront à jamais la gloire / Des auteurs d'un projet si beau.' ( 'Demos forma a un espectáculo nuevo. Las hijas de la memoria proclamarán por siempre jamás la gloria de los autores de un proyecto tan bello.')

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