España - Galicia

¿Cualquier tiempo pasado...

Paco Yáñez
miércoles, 28 de octubre de 2015
Santiago de Compostela, martes, 13 de octubre de 2015. Centro Galego de Arte Contemporánea. Grupo Instrumental Siglo XX. Florian Vlashi, director. Jesús González: Cantiga; Cantiga 2; Cantar xemendo; Barco. Manuel Rodeiro: Luar; Fragmentos de un mar de além...; Urlied II; Rumor infinito. Ocupación: 30%.
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Arranca la cuarta edición de las Xornadas de Música Contemporánea de Santiago de Compostela en su nueva (y tercera) etapa, una edición que presenta un cartel que, más allá de la altura interpretativa o de los sesgos estilísticos de las partituras programadas, ¡por fin! se centra de forma casi exclusiva en la música contemporánea y actual, excepción hecha de ese despropósito de concierto de la Orquesta Sinfónica de Galicia, que inicialmente había presentado como propuesta un interesantísimo cartel con Iannis Xenakis, Enrique X. Macías y Alban Berg, y que, tras pasar por diversos programas publicados con páginas del propio Berg e Igor Stravinsky, acabará con obras de Bach/Webern, Macías y Schönberg, desatendiendo la naturaleza de unas jornadas de «música contemporánea» fechadas en 2015, al contar en dos tercios del programa con compositores nacidos en el siglo XIX (XVII, si consideramos a Bach), y dos tercios de partituras compuestas en la primera mitad del siglo XX. Lamentable y frustrante, habida cuenta la mayor pertinencia del programa inicial. Si hacemos caso de la declaración institucional pronunciada por la alcaldía de Santiago sobre que las Xornadas renacieron «con el objetivo de fomentar y difundir las últimas tendencias y la innovación en música contemporánea», lo propuesto para el concierto del día 29 constituye un fraude artístico (además de que, supongo, el público que haya comprado ya su entrada podrá pedir la devolución del importe, debido al significativo y desvirtuador cambio operado en el concierto). Excusas habrá para todo; en su momento, volveremos sobre ello...

...turno es hoy, precisamente, para varios de los músicos de la OSG que forman el Grupo Instrumental Siglo XX, uno de los conjuntos que más ha trabajado por la creación contemporánea en Galicia a lo largo de las últimas décadas, y al que echamos en falta sobre nuestros escenarios en los últimos años, contándose con los dedos de una mano sus apariciones anuales para abordar la música de nuestro tiempo. En el segundo concierto de las Xornadas, el GISXX presentó en el Centro Galego de Arte Contemporánea un concierto-homenaje a dos compositores que tuvieron un enorme protagonismo en las Xornadas en su anterior etapa, precisamente desarrollada en el CGAC, por aquel entonces de la mano de una Universidad de Santiago que, siendo la inicial promotora de estas Xornadas, se ha ido progresivamente distanciando de la organización de las mismas, parte de la triste realidad que en cuanto a producción musical y artística caracteriza a nuestras universidades hoy en día (y, por favor, que no me vengan de nuevo con el sambenito de los recortes: excusa tan reiterativa como cansina, y que en muchos casos no encubre más que falta de interés, pasión e ideas).

La segunda etapa de las Xornadas de Música Contemporánea de Santiago de Compostela tuvo como director y alma máter al compositor gallego Manuel Rodeiro (Miño, 1965), que en el CGAC desarrolló una serie de conciertos que no han tenido parangón en cuanto a programación de los grandes maestros de la contemporaneidad: los Nono, Ligeti, Stockhausen, Messiaen, Sciarrino, Grisey y un larguísimo etcétera. Propuestas posteriores, como las del Taller Atlántico Contemporáneo y -especialmente- Vertixe Sonora Ensemble, han discurrido por otros derroteros, más centrados en una dinámica de estrenos de jóvenes compositores, lo cual en muchas ocasiones nos priva de la excelencia que las Xornadas de Rodeiro garantizaban en cada concierto, al contar con una nómina de genios y partituras sobre los atriles que progresivamente se han ido diluyendo en un agujero negro del cual rara vez emergen (tanto en las programaciones de cámara como en las orquestales (y el ejemplo de la OSG en las Xornadas no es más que un nuevo y vergonzoso ejemplo de vituperio y maltrato a la programación en el terreno de la música actual, poniéndonos a la altura de una república bananera), con las deficiencias que ello genera en cuanto a conocimiento por parte del público de la música de la segunda mitad del siglo XX).

Junto con Manuel Rodeiro, el compositor Jesús González (Vigo, 1965) -el otro homenajeado en este concierto del GISXX al cumplirse, igualmente, su 50 aniversario- tuvo también un papel fundamental en la segunda etapa de las Xornadas, que se desarrollaron hasta 1998, con un último concierto homenaje a Gérard Grisey que contó con un auditorio del CGAC a rebosar, algo que poco tuvo en cuenta Miguel Fernández Cid, que a su llegada a la dirección del CGAC -ese mismo año- prescindió del Taller Instrumental (por cierto, alguien con tales decisiones en su haber es hoy miembro del Consejo Rector del Auditorio de Galicia, en uno más de los típicos enroques que protagonizan, de puesto a puesto, los responsables de nuestras gerencias culturales: ¡ver para creer!). El doble homenaje a Rodeiro y González era, por tanto, una deuda ya no sólo por sus respectivos cumpleaños y bagaje como compositores, sino por tanto como aportaron a la música contemporánea gallega en un periodo que muchos seguimos recordando con nostalgia. Ahora bien, la nostalgia, por lo esta noche escuchado, no se extiende tan sólo a los programas de las Xornadas en los años noventa del pasado siglo, sino a las propias partituras allí estrenadas (fundamentalmente, las de Rodeiro), pues su actual periodo compositivo me temo que -al menos para quien esta reseña escribe- resulta mucho menos atractivo...

...algo similar diría de las obras presentadas por Jesús González, especialmente de Cantiga (2011), aquí en versión para trombón y piano, y Cantiga 2 (2012), para violín y piano, dos piezas de muy pobres ideas que dan buena fe de algunas de las declaraciones de González en las notas al programa: «Nunca pienso en el futuro, compongo hoy, siempre anclado en el pasado». Música de respiración netamente intimista, reposada y concentrada, ambas piezas se inspiran en el canto, que impronta melódicamente la mayor parte de sus articulaciones, ya desde la célula de cuatro notas que desde el piano genera el desarrollo, insistentemente, en Cantiga; o el juego de ecos y distancias sugerido por la sordina del trombón; sin que ninguno de sus planteamientos musicales consiga alzar el vuelo si pensamos en las partituras de música actual escuchadas en el CGAC a lo largo de los últimos años de la mano de las jóvenes generaciones interpretadas por Vertixe (a pesar de que 2015 está resultando decepcionante en cuanto a los estrenos en Mundoclasico ya reseñados).

Cantar xemendo (2013), para contrabajo solo, es una pieza más mucho interesante en sonoridad y efectos instrumentales, especialmente tras la audición de Cantiga 2, que marcó el punto musicalmente más bajo del concierto. Cantar xemendo se basa en el poema Castellanos de Castilla, parte de los Cantares Gallegos (1863) de Rosalía de Castro, lo que le confiere el que González dice «tono desolador, duro e injusto», algo que pretende llevar a un contrabajo «siempre fuerte y gimiendo», que acaba resultando grotesco y desgarrado en su obsesivo ir y venir por las cuerdas del instrumento, especialmente incidiendo en la cuerda grave al aire, atacada ya sea individualmente o en dobles y triples cuerdas con frenesí y delirio. Algunos compases sul ponticello dotan a la pieza de una sonoridad más actual e indefinida, de carácter agudo, muy contrastante con el ronco tono general de una partitura en la que la prosodia es nítidamente directa, haciendo que el contrabajo cante los versos de Rosalía, ese ¡Castellanos de Castilla, tratade ben ós gallegos! que se declama con rabia una y otra vez como leitmotiv y motivo generador de la música. Aunque no podamos hablar de una obra de enjundia, al menos supone una partitura más interesante y actual en estilo.

La última obra de Jesús González interpretada fue el estreno del septeto para flauta, violín, clarinete, percusión, contrabajo, violonchelo y trombón Barco (2015), partitura que ahonda en la naturaleza netamente gallega de todas estas piezas, al representar musicalmente «la serena y plácida contemplación de la estela que se produce y deja un barco en alta mar», además de su espíritu, funciones, goce, ruidos y el propio navegar. Ello da lugar a la unión de homofonía y heterofonía que se sucede en la obra, ya desde la amalgama inicial, abigarrada y compacta, de un cromatismo y una densidad sonora que nos remite al Ligeti micropolifónico de los años sesenta, con su entramado armónico tan cerrado. En ese paisaje unitario, generalmente expuesto en piano, de forma muy sutil y referenciada al silencio, la percusión introduce motivos discrepantes, más virulentos y agresivos, como destellos o procesos de un mecanismo, de un peligro. Progresivamente, y contagiados por los gestos percusivos, los miembros del septeto van emergiendo, individualizándose en breves frases que inciden en la unidad desde la discrepancia, para alcanzar un final en cierto modo antitético con respecto al estático arranque de Barco, apostando González en su conclusión por un entramado polirrítmico de capas superpuestas a lo Ives (de hecho, los motivos del trombón recuerdan a la música americana ¿dejes jazzísticos soterrados?). En conjunto, la partitura más interesante, artística y técnicamente, de las escuchadas en la primera parte del concierto. 

Concierto del Grupo Instrumental Siglo XX en Santiago de Compostela el 13 de octubre de 2015Concierto del Grupo Instrumental Siglo XX en Santiago de Compostela el 13 de octubre de 2015 © Paco Yáñez, 2015

Aunque sin pausa, en la segunda parte del mismo nos adentramos en el universo sonoro de Manuel Rodeiro, de mayor empaque inicial en la primera de sus partituras, Luar (1990), pieza para piano solo que nos conduce a excelencias mucho mayores que las desplegadas sobre el teclado en Cantiga. Definida por Rodeiro como su verdadero opus 1, Luar es el punto de partida para una trayectoria compositiva que su autor dice «extraña, hecha de intensidades y de silencios». Compuesta en Madrid, se hace difícil no escuchar retazos de ...sofferte onde serene... (1974-77) en Luar, en sus constelaciones y febril pianismo, en su complejidad rítmica; aunque por su forma de tratar los acordes, hay una idea del color muy personal, en la que la disonancia enriquece notablemente el paisaje acústico. Pieza crepuscular, retrato de un compositor que «buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha, como un Borges adolescente», persiste en ella una impronta tonal, ciertos atisbos melódicos que se harán más audibles a medida que la pieza evoluciona, conjugando los ecos de la tradición con pasajes convulsos. No es esa convulsión la escuchada en la magistral partitura noniana, producto del golpeo de la muerte, sino una convulsión existencial, de juventud inconformista que no encuentra su lugar. Tiene, por ello, y unido a los ecos aún audibles de la tradición, un deje naíf que le otorga cierto encanto, pero que lastra su vuelo artístico. En todo caso, es una de las partituras para piano solo más destacables de la música gallega de finales del siglo XX, junto con la más plural y extendida Metamorfias I (1987), y con esa plétora visionaria de dificultad extrema y violenta simultaneidad que es Biomecánicas (1990), ambas de Jorge Berdullas del Río.

Fragmentos de un mar de além... (1992) para dos violines, viola y violonchelo, me ha parecido la partitura de más enjundia de cuantas esta noche han sido interpretadas, una obra realmente disfrutable, tanto a nivel técnico como estilístico. Aunque Rodeiro rehúye el término «cuarteto» para categorizarla, entre los cuatro instrumentos se comparten registros, procedimientos y materiales suficientemente unificadores como para poder hablar de un cuarteto en toda regla; tan diverso, heterogéneo y plural, eso sí, como tantos de los cuartetos de los que esta notabilísima partitura bebe, remitiéndonos a lo mejor de la composición para cuerdas en la segunda mitad del siglo XX. Es por ello que, aunque Rodeiro afirme que esta obra «no es más que la expresión abstracta de fragmentos sonoros independientes que sólo encuentran su composición en una especie de mosaico», siendo éste el «único modo que encontré entonces de plasmar sonoridades que sólo desde muy lejos llegaba a entrever», sus compases en col legno, sus flageolets, sus armónicos, etc., no dejan de mostrar vínculos con sonoridades que, lejos de ser entrevistas en la lejanía, son la topología más cercana del medio contemporáneo, aunque a Fragmentos de un mar de além... se asomen, estos sí como fantasmagorías de un pasado remoto, reverberaciones y dejes de la tradición, incluso veladas referencias a la música gallega. A otro mar se fue el estreno de esta partitura, al Festival Internacional de Música Contemporánea de Alicante; festival que, supuestamente, fue relevado por las Xornadas compostelanas como principal cita con la contemporaneidad del CNDM. Una simple comparación, por tomar un ejemplo revelador, de los programas que la OSG interpretaba en Alicante con los que ha venido ejecutando en Santiago, nos da una clara idea de la altura de miras de ambas citas, quedando los logros de Alicante lejos de ser alcanzados, por el momento, en Galicia.

Pasar de Fragmentos de un mar de além... a Urlied II (2003), partitura para viola y clarinete, resulta frustrante, por cuanto estilísticamente parece que Rodeiro hubiese renunciado a los logros de su no-cuarteto de cuerda. Inspirada en el Zarathustra nietzscheano, en concreto en su cuarto libro y en la idea del eterno retorno, la obra destila melodismo en la parte para viola, marcada por lo prosódico y el canto (parte, por lo que Rodeiro afirma, originalmente para voz de soprano). Más desalentadora es, aún, la escritura para clarinete: absolutamente anodina, completando un dúo de estética trasnochada; algo que igualmente afirmaría de Rumor infinito (2015), estreno absoluto en la versión para trío de cuerda, retomando materiales que Rodeiro compuso en su día para la celebración del centenario del himno gallego en otro de los que será espacios de estas Xornadas: la iglesia gótica de San Domingos de Bonaval, para cuya planta de cruz latina había concebido Rodeiro una partitura para cuatro cuartetos de cuerda espacializados, ampliadas sus dieciséis voces «por la incorporación y tratamiento de la acústica como principal parámetro musical». Por «cuestiones coyunturales» -que Rodeiro no especifica-, Rumor infinito quedó en un «mínimo apunte» para cuarteto de cuerda, y ahora en la concentración en forma de trío del infinito espacio que el compositor había imaginado. Quizás esos espacios infinitos, transformados en vivo por la electrónica, hubiesen creado una obra realmente sugerente, que uno piensa Rodeiro debiera retomar, pues su destilado en trío vuelve a resultar tan depurado que nos deja un poco fríos, a pesar de que se valora su trabajo rítmico, su evanescencia armónica, la proliferación de capas huidizas en sus tres voces, y unas intenciones musicales más motivadoras que lo escuchado en Urlied II. Sería, además, un proceso verdaderamente consecuente con la afirmación de Rodeiro de que «desde el inicio de mi trayectoria estuve ocupado -sin duda por un celo excesivo- en la revisión perpetua de las obras que por las circunstancias de la vida musical misma me vi obligado a finalizar».

El Grupo Instrumental Siglo XX dio cuenta de todas estas partituras, mostrándose hoy especialmente sobrio, concentrado y parco en su estilo interpretativo; algo que en no pocos momentos demandaban las propias partituras. Pasajes ha habido, también, para una expresión más torrencial y vehemente, como la expuesta en Fragmentos de un mar de além...; o, de un modo especial, en Cantar xemendo, con un soberbio Todd Williamson al contrabajo; y en Luar, donde es de justicia destacar el trabajo de la pianista Xheni Afezolli en una partitura en absoluto sencilla.

Es de agradecer, especialmente en unas jornadas de música contemporánea, en las que el público desconoce(mos) muchas de las partituras interpretadas (tantas en estreno), el que se entregue a los asistentes notas al programa, en este caso (lo será en la mayor parte de los conciertos a los que uno ha asistido en esta primera semana de las Xornadas) con textos de los propios compositores: siete páginas hoy que nos orientan por esta música, su origen, procedimientos técnicos y estilísticos, e intenciones artísticas. En un tiempo en el que los programas de mano van paulatinamente desapareciendo de nuestros auditorios, es reconfortante comprobar que aún hay quien concibe el concierto como un proceso de conocimiento, y no como un mero servicio de entretenimiento o un acto puramente social. De nuevo, eso sí, se echa en falta que algunos de los conciertos de estas Xornadas con formación de cámara no se hayan programado en el Auditorio de Galicia, donde el público de Santiago se concentra mayoritariamente, incluso haciéndolos parte de su temporada de abono, como se realiza en tantos auditorios de Europa, donde las formaciones y estilos musicales que el público disfruta son variables (véase, para un ejemplo aleccionador tan cercano a Compostela, la Casa da Música de Porto). Los cambios políticos acontecidos en Santiago en el último año deberían apuntar en esa dirección modernizadora de nuestras más rancias instituciones culturales; que el dinamismo y la voluntad de transformación se apliquen transversalmente, si es preciso, derribando las columnas del conservadurismo más retrógrado (como en su día hicieron los creadores ahora allí canonizados como objetos de consumo cultural y distintiva seña -creen- de abolengo).

 

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