Italia

Ser, ir, devenir

Jorge Binaghi
jueves, 5 de noviembre de 2015
Venecia, martes, 20 de octubre de 2015. La Fenice. Die Zauberflöte, Viena, Theater auf der Wieden, 30 de septiembre de 1791. Libreto de E. Schikaneder y música de W. A. Mozart. Dirección escénica: Damiano Michieletto. Escenografía: Paolo Fantin. Vestuario: Carla Teti. Intérpretes: Goran Juric (Sarastro), Olga Pudova (Reina de la Noche), Antonio Poli (Tamino), Ekaterina Sadovnikova (Pamina), Alex Esposito (Papageno), Caterina Di Tonno (Papagena), Marcello Nardis (Monostatos), Michael Leibundgut (Orador), Cristina Baggio (primera dama), Rosa Bove (Segunda dama), Silvia Regazzo (Tercera dama) , William Corrò y Federico Lepre (Sacerdotes/Guerreros), y miembros del Münchner Knabenchor. Orquesta y coro del Teatro (preparado por Ulisse Trabacchin). Director: Antonello Manacorda.
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Esos tres verbos son los que figuran, en el ‘odiado’ latín (que más vale se siguiera estudiando), en la pizarra de la escuela junto a fórmulas matemáticas, la cadena del adn, etc. Allí se ambienta esta nueva producción. He sabido que no fueron buscados al azar y me parece muy bien, pero lo que no sé es cuánta gente pudo verlo y, sobre todo, darse cuenta. Ciertamente es una ópera para iniciados, y tiene varios niveles (no sé cuántos me he perdido yo). Las citas latinas continúan, más fáciles o difíciles, hasta llegar al palíndromo masónico del siglo XVII que aparece como prueba final para los neófitos. Tampoco me convence que cuando llega el momento de las pruebas, desde el vamos, Pamina tome el lugar de Papageno, que queda un tanto suelto (es el bedel de la escuela, y un personaje fantástico y adorable en sí mismo). Entiendo que se quiera hacer un discurso de paridad sexual (o de género, si hay que hablar en moderno), pero no es lo que el texto dice -y como no se han suprimido, correctamente, todas las partes en las que se habla de la sujeción de la mujer al hombre, todo chirría un poco. 

Pero, a pesar de estas observaciones, la puesta en escena funciona, y acierta cuando plantea el tema de la educación y de la escuela (un debate que hemos suprimido y ‘superado’ con los resultados que se están viendo), y presenta a la Reina de la Noche como una señora de la burguesía que a toda costa quiere impedir el verdadero desarrollo de su hija -es brutal su reacción en la segunda aria, y es coherente que las tres damas sean unas monjas que no responden en absoluto a los criterios de educación laica que representan el Orador (director de la escuela) y Sarastro (profesor principal). Que Sarastro sea un óptimo profesor-guía queda demostrado cuando al final Monostatos (un mal alumno pérfido y acosador -no fue negro, y es una lástima porque así habrían quedado perfectamente reflejados todos los prejuicios de nuestra maravillosa civilización, tan bien servida por sus dirigentes actuales) finalmente se sienta en el mismo banco en que se encontraba Tamino y bajo la mirada vigilante y paciente del profesor se pone a hacer los deberes (espero que también a escribir cien veces ‘no debo ser una basura de persona’ y ‘tengo que respetar a los demás’). No entiendo por qué el Orador estaba en silla de ruedas porque a mí me hizo pensar en el actual ministro de economía alemán (por favor con minúsculas todo), al que aparte de detestar personalmente no encuentro precisamente un modelo de educación flexible y de crecimiento, sino de la austeridad más cerril. 

Si me he detenido en la nueva producción es porque creo que se lo merece y porque, por una vez, me ha parecido superior a la parte musical. 

A mucha gente le gustó la dirección de Manacorda; a otra no. Sé que sale de la escuela de Abbado y que fue miembro fundador, Konzertmeister y vicepresidente de la Mahler Chamber Orchestra antes de dedicarse a la dirección. O sea que es seguramente serio y con más que buenos antecedentes, pero su forma de hacer sonar la orquesta (fuerte, pesada, monótona) no me convence. Tampoco sé si fue él quien llevó a los cantantes (y en particular a Tamino y Pamina) a cantar con muy poca variedad de acentos o sutilezas. El tenor, Poli, que tiene una voz bella, no cantó casi nunca en media voz. La soprano, Sadovnikova, es sin duda buena, pero es la Pamina menos ‘poética’ con que me he cruzado. Pudova canta e interpreta muy bien, y sus arias fueron de lejos las más aplaudidas, realiza muy bien las agilidades, y sólo algún extremo agudo es metálico, pero pese a que siguió muy bien las indicaciones de ambas direcciones, me pareció bastante impersonal. Las tres damas no fueron nada del otro mundo como cantantes y al principio no estuvieron precisamente muy coordinadas. Bien la Papagena de Di Tonno (fue muy buena la idea de hacer que sus primeras apariciones de ‘anciana’ corrieran a cargo de una excelente actriz, Daniela Foà). El Orador de Leibundgut fue bueno escénicamente y sólo discreto vocalmente, y los demás secundarios estuvieron correctos. 

Lo que nos lleva a las tres prestaciones mejores. El Monostatos de Nardis, magnífico actor y buen cantante, el soberbio Sarastro (salvo alguna nota vacilante y algún engolamiento típicos por lo general de voces de bajo eslavo) de Goran Juric, y el estratósferico Papageno de Esposito, la estrella de la noche por calidad de voz, canto, propiedad de estilo y un actor con puntas de volatinero (sin llegar nunca a los niveles payasescos de algún colega de renombre). El público que colmaba la sala los premió a todos.

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