Reino Unido

¡Cavapagliacci con Silvio y Lucía!

Agustín Blanco Bazán
lunes, 4 de enero de 2016
Londres, viernes, 18 de diciembre de 2015. Royal Opera House (ROH-Covent Garden). 1. Cavalleria Rusticana. Melodrama en un acto con libreto de Giovanni Targioni-Tozzetti y Guido Menasci y música de Pietro Mascagni. Director de escena: Damiano Michieletto. Escenografía: Paolo Fantin. Vestuario: Carla Teti. Iluminación: Alessandro Carletti. Intérpretes: Santuzza: Eva-Maria Westbroek. Turiddu: Aleksandrs Antonenko. Mamma Lucia: Elena Zilio. Alfio: Dimitri Platanias. Lola: Martina Belli. 2. Pagliacci. Drama en un prólogo y dos actos con libreto y música de Ruggero Leoncavallo. Director de escena: Damiano Michieletto. Escenografía: Paolo Fantin. Vestuario: Carla Teti. Iluminación: Alessandro Carletti. Intérpretes: Canio: Aleksandrs Antonenko. Tonio: Dimitri Platanias. Nedda: Carmen Giannattasio. Beppe: Benjamin Hulett. Silvio: Dionysios Sourbis. Coro y orquesta de la ROH bajo la dirección de Antonio Pappano. Coproducción con la Ópera de Australia, La Monnaie de Bruselas y la Ópera de Gotemburgo
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Silvio, el aprendiz de la panadería de Mamma Lucia, deja de amasar cuando ve pasar a una coquetísima Nedda que inspecciona el empapelamiento de carteles publicitando la próxima función de Pagliacci. Una mirada basta para que el panadero se enamore hasta el punto de comprarle a Alfio un precioso chal de seda que regalará a Nedda mientras la besa apasionadamente durante el interludio. Una hora mas tarde Santuzza, sentada en un banquillo del foyer del teatrucho donde Nedda tendrá que vérselas con su celoso marido, confiesa angustiada su remordimiento al cura del pueblo durante el preludio al segundo acto de Pagliacci, para llorar aparatosa y aliviadamente luego de la absolución. ¡Y que casualidad que justo pasa por allí Mamma Lucia, que hasta ese momento no le perdonaba a Santuzza haber denunciado a Turiddu! Pero, ¿quién puede resistir la música de Leoncavallo? Las dos mujeres se reconcilian y abrazan, por supuesto que llorando a mares.

No, no estoy confundido como el inolvidable escribidor de radionovelas de aquella novela de Vargas Llosa. Sólo acabo de narrar la propuesta unificadora de Damiano Michieletto para la nueva producción de Cavalleria y Pagliacci presentada en el Covent Garden. A mi me pareció una propuesta pueril, pero supongo esto es cuestión de gustos. Otras cosas salieron mejor, por ejemplo 'Vesti la giubba': Aleksandrs Antonenko hizo helar la sangre con su carcajada inicial, mezcla de furia y sarcasmo, antes de señalarse en el espejo con su índice tembloroso para espetar el “tu sei Pagliaccio!” como si fuera una sentencia de condena a muerte. Y siguió actuando toda el aria con una mezcla de desesperación, dolor y locura mucho mas convincente que los teleles de Santuzza y Mamma Lucia. También vocalmente fue éste su mejor momento. Junto a Kaufmann y Beczala, Antonenko completa la simbólica trilogía actual de “tres tenores” dramático-spinto inaugurada por Carreras, Domingo y Pavarotti. Antonenko sabe impostar una voz cálida y segura desde el registro grave hasta una vibrante colocación de las notas altas. El fraseo fue sin embargo poco cuidado en esta ocasión, y su Turiddu fue típico de esos tenores que saben que después les toca Canio, esto es, no tuvo la entrega requerida para emocionar en los momentos claves del melodrama de Mascagni. Y había un cansancio perceptible y alguna sequedad en esta voz privilegiada. Por qué se insiste tanto hoy día en presentar un tenor a cargo de papeles que eran normalmente cubiertos por dos en el pasado es para mí inexplicable. Aún el legendario Plácido no alcanzaba a satisfacer del todo cuando tenía que vérselas con Turiddu y Canio en una sola velada. Por el contrario tenores como Bergonzi y Vickers no parecían tener inconvenientes en aceptar que este matrimonio de conveniencia operística pide una noche de por lo menos dos estrellas tenoriles. Y también Dimitri Platanias transitó por las dos partituras con un Alfio poco enfático y un Tonio que supo lucir un excelente fraseo, con buen mordente y legato, aún cuando estas cualidades merecerían una mayor fuerza de proyección y una mas sutil graduación de volumen.

La voz de Eva-Maria Westbroek es caudalosa, de muchos decibelios y punzante intensidad pero ¿habrá alguien que la persuada de no cantar el repertorio italiano sin revisar seriamente sus posibilidades de fraseo y articulación? Su Santuzza fue poco nítida idiomáticamente y de una expresividad de énfasis equivocado, un poco por la acentuación, otro poco por la tendencia a confundir intensidad con fortissimo. Estas falencias contrastaron con el triunfo de Carmen Giannattasio como una Nedda de excelente timbre lírico, robusto y claro a la vez. Y también de la excepcional calidez y agilidad de articulación de Martina Belli (Lola) podría aprender Westbroek como frasear y proyectar el italiano. Excelentes tanto Benjamin Hulett en el portamento de su serenata arlequinesca como Dionysios Sourbis en su enfático legato y ágil passaggio como Silvio.

Y también superlativa por su contraste cromático y su fervor lírico fue la dirección orquestal de Antonio Pappano, no sólo en los grandes momentos sinfónicos sino en el comentario orquestal general con que supo acompañar los coros y los solistas. El interludio de Cavalleria tuvo un énfasis a la vez sanguíneo y sobrio y el preludio del segundo acto de Pagliacci fue interpretado con conmovedora espontaneidad de cantabile.

La puesta, una más entre las ubicadas en la época del neorrealismo italiano, se apoyó sobre una eficiente escenografía giratoria que permitió un inteligente dinamismo cinematográfico en el movimiento de personas y coros. En Cavalleria pudimos ver el frente y la trastienda de la panadería de Mamma Lucia, pero no hubo iglesia, algo que en mi opinión es esencial para un drama que se desarrolla en torno a una Pascua de Resurrección premonitoria de un brutal asesinato. Pagliacci mostró el camerino de Canio opuesto al escenario y una sala que, en un efecto de contundente poder dramático, giró obsesivamente en el segundo acto, como respondiendo a la visión de un Canio ebrio y enloquecido.

Elena Zilio cantó bien su Mamma Lucia pero el cachet se lo ganó mas bien con una ampulosa mímica del cine mudo. Al comienzo de Cavalleria el final del preludio la muestra gesticulando como si gritara, mientras eleva los brazos al cielo en su horror ante el cadáver ensangrentado de su hijo. Luego sale corriendo con gestos de horror cuando Santuzza quiere acercársele al final de la obra, para terminar mimificando la ya aludida reconciliación en Pagliacci. Pero, ¿para qué tanto aspaviento sin una conclusión más redonda? La crítica de Eduardo Benarroch para la puesta de José Cura en el Colón meses antes de la première del Covent Garden [leer reseña] también presenta un Silvio trabajando en el negocio de Mamma Lucia (en este caso un bar porteño). No quiero insinuar que Michieletto se haya copiado pero los equipos responsables, tanto en el teatro como en los asistentes del regisseur, deberían investigar un poco qué es lo que se está dando en otros lados antes de ponerse a repetir con sabor a plagio. Y me cuentan que el tránsito bi-operístico de Mamma Lucia tenía más sentido en la regie de Cura porque al final es ella la que anuncia: “la commedia e finita.” Y no es para menos, porque ha perdido dos hijos: primero Turiddu y luego ese Silvio que le había quedado como adoptivo y sostén comercial.

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