España - Madrid

Evocación de una España mítica y brillante

Pelayo Jardón

martes, 19 de enero de 2016
Madrid, miércoles, 30 de diciembre de 2015. Teatro de la Zarzuela. Don Quijote. Música de L. Minkus. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección musical: José María Moreno. Compañía Nacional de Danza. Coreografía y dirección artística: José Carlos Martínez.

Rumor de abanicos, aroma de claveles, fulgor de trajes de luces: el Don Quijote de Minkus es la evocación de una España mítica y brillante, a un tiempo atemporal y anacrónica, concebida por uno de los reyes de la música austríaca para la fastuosa Rusia de los zares. Deudora de una idea exótica y literaria de España, no lejana del Cid de Massenet o de la Carmen de Bizet, pero a través del prisma de una sensualidad plenamente vienesa, la partitura, el guión —inspirado en las quijotescas Bodas de Camacho— y la ambientación representan el cénit de una sociedad autocomplaciente. Esa estética decimonónica, fundamentada en valores como el pintoresquismo y el donaire, que ha conquistado merecidamente el favor del público madrileño. La Compañía Nacional de Danza ha dado en el blanco al recuperar el ballet clásico y haber elegido, para su esperada rentrée después de dos décadas, una obra tan espléndida como la de Minkus.

El rigor en la producción ha dado los frutos apetecidos. La coreografía, ideada por José Carlos Martínez, siguiendo y adaptado la original de Marius Petipa, resulta notable por su elegancia de líneas y concepción de conjunto. Todo rezumaba garbo y majeza en el hacer del elenco, bailarines extraordinarios todos ellos, entre los que resultaría imperdonable olvidar a Cristina Casa, radiante en el papel de Quiteria, a un magnífico Anthony Pina, como Basilio, y a la bella Clara Maroto (Mercedes). Es cierto que el escenario de la Zarzuela, en comparación con otros, puede parecer algo pequeño y casi incómodo para ciertos números. De ahí, quizá, la sensación de estrechez en aquellos cuadros en los que participaban muchos bailarines, pero, en general, ello se resolvió con bastante ingenio.

La partitura de Minkus es tan espectacular como complicada desde el punto de vista técnico. La solvencia y el brío de la Orquesta de la Comunidad de Madrid quedaron, una vez más, fuera de duda en este sentido. La dirección musical confirió a la obra frescura y emoción, y supo impregnar el ambiente de optimismo y suntuosidad.

En escenografía y el vestuario, se siguieron, por fortuna, sin desvirtuarlos, los patrones clásicos. Tuvimos ocasión de asistir a uno de los ensayos, y todavía había algunos detalles por retocar en la decoración, la iluminación y los estilismos, si bien el resultado final ya se aventuraba triunfal, como realmente ha sido. La elección del vestuario resultó especialmente afortunada en algunos escenas, como en el baile de los toreros —una orgía de color en movimiento—, o los sobrios vestidos de encaje negro y volantes que lucían las bailarinas en el último acto.

Colgaba en las taquillas hacía tiempo el cartel de “entradas agotadas”. Y, visto lo visto, no es de extrañar. Entusiasmado ante el espectáculo, el público se volcó en frecuentes aplausos. La salva final duró casi un cuarto de hora. Todo un acierto por parte de la Compañía Nacional de Danza y del Teatro de la Zarzuela, que esperamos se repita pronto, con la elección de obras similares, como, por ejemplo, la romántica “Paquita”, también de raigambre cervantina y en cuya composición llegó a colaborar el propio Minkus, o la “Harlequinade” de Riccardo Drigo.

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