Finlandia

Una ópera para la era de las emociones

Xoán M. Carreira

martes, 26 de enero de 2016
Helsinki, viernes, 22 de enero de 2016. Suomen kansallisoopera. Indigo, ópera en dos actos de Perttu Kivilaakso y Eicca Toppinen, sobre un libreto de Sami Parkkinen. Edición de la música, arreglos y orquestación de Jaakko Kuusisto. Estreno mundial: Ópera Nacional de Finlandia, 22 de enero de 2016. Producción escénica de Vilppu Kiljunen. Escenografía y vídeo, Sampo Pyhala. Vestuario, Kalle Kuusela. Iluminación, Antti Murto. Intérpretes: Markus Nykanen (Daniel), Marjukka Tepponen (Aurelia), Mari Palo (Myrna), Christian Juslin (Carl), Jaakko Kortekangas (Dr. Hackert), Paivi Nisula (Mrs. Swanson), Koit Soasepp (Ministro de Propaganda), Petri Backstrom (General) y otros. Ballet, Coro y Orquesta de la Ópera Nacional de Finlandia. Jaakko Kuusisto, dirección musical

Los autores de Indigo promocionaron su ópera diciendo que querían hacer algo tan romántico como Turandot, pero simultáneamente también la denominaron "ópera metallica" en alusión a su práctica musical habitual, el heavy metal, en su grupo Apocalyptica, un extraordinario cuarteto de chelos orgullo de la Academia Sibelius. 

Durante la representación no pude evitar el recuerdo de Alfredo, el proyeccionista de Cinema Paradiso, y su montaje de los mejores besos cinematográficos a partir de los trozos cortados por la censura. La construcción de un discurso original con materiales recolectados en el "Museo del Arte" sólo es posible cuando el amor por el género va de la mano del conocimiento de sus entresijos, como película tras película nos viene demostrando Quentin Tarantino. 

Índigo combina hábilmente el "yo lo haría así" característico de Tarantino con el fascinante "en mi recuerdo es así" de Clint Eastwood. Si Verdi eligió un determinado momento para el dúo de Otello y Desdémona, Perttu Kivilaakso sitúa en el mismo punto de la ópera su escena de amor. Del mismo modo la escena final de la despedida -real, imaginaria, o ambas cosas- de los enamorados, es una clara evocación de Werther. 

Adams, Britten, Donizetti, Monteverdi, Mozart, Mussorgski, Puccini, Rossini, Strauss, Verdi, Wagner y alguno más de los maestros canónicos del género han apadrinado Índigo, que contó como asesores especiales con Alban Berg para la estructura narrativa y con Philip Glass para la resolución de las "bisagras" musicales entre los números. Conforme a las enseñanzas de La clemenza de Tito de Mozart la acción se desarrolla en medio de un grave conflicto político-social que sirve de telón de fondo para narrar la historia de un amor imposible. 

Los componentes de Índigo son los tres ejes de cualquier ópera: dinero, poder y sexo. Los dos primeros los aporta un grave conflicto derivado de la ambición de una compañía farmacéutica apoyada por políticos sin escrúpulos. El sexo es dado por las dos parejas rotas: Daniel y Aurelia, y Carl y Myrna. El deus ex machina es precisamente una máquina que parodia la sonda psíquica de Isaac Asimov. Y como no puede faltar la alusión a la soberbia, el aria de Carl es una espectacular puesta en escena de un número de pop no menos ramplón que La donna e mobile, y que incorpora con gran acierto el número de danza que corresponde al género.  

Tratándose de músicos de metal el savoir faire melódico está garantizado e Índigo ofrece espléndidas arias, intensos dúos y una cantidad inusual de concertantes de carácter ritual que a mí me evocaron el uso de los coros por parte de Adams en La muerte de Klinghoffer.  

La estética heavy es por naturaleza excesiva, no en vano es la faceta más romántica y crepuscular del rock. A menudo he pensado que los heavys son los auténticos herederos de los ideales de belleza de la Belle Époque y de su fuerza más rabiosamente democrática, el dandismo, mediante el virtuosismo vocal e instrumental, un refinamiento sonoro que les permite el uso de cualquier dinámica, un exquisito cuidado de los textos al límite del manierismo, una poderosa puesta en escena y una extraordinaria emotividad que incluye la búsqueda de paraísos artificiales, no necesariamente químicos -la metafísica es una excelente fuente para ellos-. 

Índigo es un proyecto personal de Perttu Kivilaakso -muy aficionado a la ópera- y de Eicca Toppinen, asumido con entusiasmo por la Ópera Nacional de Finlandia. Como es habitual en nuestros días, la realización de Índigo ha sido un trabajo de equipo donde cada uno hizo lo que mejor sabía, incluyendo el trabajo de orquestación de Jaakko Kuusisto -el cual ya había trabajado en otras ocasiones con Apocalyptica- quien recogió los samplers que le proporcionaron Kivilaakso y Toppinen y buscó el sonido más semejante con la orquesta sinfónica convencional, en la cual por momentos adquiere protagonismo la sección de chelos y los trombones, tratados con las técnicas virtuosas caracteristicas de Apocalyptica. 

Esta orquestación destinada a la Orquesta de la Ópera de Helsinki fue interpretada con obvio placer por sus profesores, dirigidos con claridad y atención al detalle por el propio Kuusisto, quien fue ovacionado al final de la representación. Ovación en la que participaron los cantantes a los que también había servido con gran acierto. 

Índigo no es una historia de ciencia ficción ni una distopía a la ciberpunk. Los propios autores declaran que podía estar pasando ahora mismo este conflicto: las secuelas de un medicamento mal producido y peor comercializado acaban de ser noticia en Francia y John Le Carré lo ha tratado con profusión en sus muy documentadas novelas. Este aspecto de ópera verité se diluye en parte en la escenografía y tramoya de laboratorio, más próximo a una fantasía cinematográfica de serie B que a un laboratorio neurocientífico. Hecha esta salvedad desde la perspectiva de mi propia formación científica, he de reconocer el impactante resultado plástico del absurdo entresijo de cables y la nula funcionalidad de la silla del paciente. 

La puesta en escena, basada en proyecciones y dobles y triples planos corpóreos dinámicos, está al servicio de la narración dramática y segrega con naturalidad los diversos niveles de la historia, el conflicto político-social, el  científico-económico y la dos historias de los enamorados, todas ellas tratadas según las convenciones del género y con atención a la dirección actoral y de los conjuntos. El público resaltó calurosamente el esfuerzo de los figurantes. Sería injusto que yo no lo hiciera con el equipo técnico, especialmente con los iluminadores, que acertaron a crear los ambientes apropiados y a generar subnarraciones. 

Como en toda ópera romántica que se precie el tenor y la soprano se aman, lo cual atenta contra los intereses del barítono, director científico del proyecto, sus valedores -el Ministro de Propaganda y el General- y la figura mercurial de la mezzosoprano. La interpretación vocal y teatral estuvo a gran altura, complaciéndome especialmente las tres protagonistas: las sopranos Palo y Tepponen, y la mezzo Nisula. Y es de justicia destacar la ductilidad del tenor Juslin y el encanto de Lehtonen, claramente más cómodo interpretando su papel de Niño Anciano que recibiendo los aplausos del público cogido de la mano de un grupo de adultos. 

No sabría decir si Índigo va a representar un hito semejante al que significó hace casi medio siglo The Concert for Group and Orchestra (1969) de John Lord. Cinco décadas son mucho tiempo y las perspectivas y conflictos de la Guerra Fría son muy distintos de los actuales (¿o quizás no?). Pero al igual que Lord acertó con el producto adecuado en el momento adecuado, así también creo que Índigo ha dado en la diana como puede comprobar cualquiera que visite estos días las tres exposiciones que presenta en este momento el Museo Kiasma de Helsinki. Índigo comparte con ellas dos ideas: que la sociedad abierta se alimenta de la discrepancia y que la fuente de la pobreza, la guerra y la tiranía es la obediencia y muy raramente la desobediencia. El 22 de enero tanto en la Ooppera como en el Kiasma la fuerza de la emoción se oponía a la violencia de la sinrazón.

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