España - Castilla y León

La importancia de llamarse Otello

Samuel González Casado
miércoles, 17 de febrero de 2016
Valladolid, domingo, 7 de febrero de 2016. Teatro Calderón de la Barca. Verdi: Otello. Dirección escénica: Paco Azorín. Fabio Armiliato (Otello), Isabel Rey (Desdémona), Rodrigo Esteves (Yago), Alejandro del Cerro (Cassio), Mireia Pintó (Emilia), Pablo García López (Roderigo), Randall Jakobsh (Lodovico), Germán Olvera (Montano). Coro amigos del Teatro Calderón. Director del coro: Sergio Domínguez. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Dirección musical: Sergio Alapont. Ocupación: 98 %
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La tercera de las tres representaciones de Otello en el Teatro Calderón de la Barca de Valladolid resultó irregular, pues a las razones habituales del recinto (acústica extremadamente seca y foso imposible de equilibrar con escenario) se unió que el elenco vocal mostró carencias demasiado evidentes como para que fueran subsumidas —si es que algo así es posible— por la plausible puesta en escena de Paco Azorín.  

El principal problema fue Fabio Armiliato en el papel de protagonista. Aunque se advirtió por megafonía que no estaba en plenitud de condiciones por un traumatismo torácico, se percibe claramente que su posición de canto es realmente calamitosa, con una perpetua emisión en resonadores bajos y partes blandas que provoca una angustiosa carrera de obstáculos, agotadora para el que canta y para el que escucha. Realmente, es difícil concebir un sonido menos indicado para hacer música que el de Armiliato: los desequilibrios en la tesitura son tan graves que el agudo prácticamente no existe, ya que la planificación del paso es simplemente imposible. Eso sí, el repertorio de trucos que este tenor tiene para evitar zozobrar estrepitosamente es también digno de mención. Pero su personaje, sin seguridad ni espectacularidad, quedó insulso, grisáceo, insignificante.  

Armiliato, pues, robó la parte "plena" de esta obra en cuanto a solistas, la que al final provoca la emoción y justifica los contrastes con los otros personajes (la fragilidad en Desdémona y el talento maquinador de Yago). También es cierto que en los dos últimos acto cogió algo más de confianza y su centro ganó en sonoridad, después de que en los dos primeros actos, espantosos en lo que a él respecta, pareciera reservarse. Interpretativamente se dedicó a transitar por lugares comunes y nunca estuvo a la altura vocalmente. 

Paco Azorín, en el programa de mano, insiste en que el protagonista de la ópera es Yago. Y se puede estar de acuerdo si uno lee el libreto de Boito. Pero en la representación es imposible que lo sea, aunque Yago figure de forma omnipresente, ya que la vocalidad de Otello "provoca" musicalmente el resto de vocalidades, porque es el personaje alrededor del que gira todo y el que hace avanzar la acción de forma visible. Verdi busca el drama, y Yago en el fondo es una excusa (magnífica) para precipitarlo. Evidentemente, Azorín no ha elegido un tenor mediocre para justificar su visión (y prefiero no dar ideas); pero resulta una especie de oxímoron el que una función solo pueda funcionar llevando la contraria en cierta medida al concepto bajo el que ha sido diseñada. Es decir, cualquier representación pensada desde un Otello no protagonista —y cualquier otra— solo puede triunfar con un Otello que se imponga vocalmente; o sea, que se imponga (hablamos de cantantes). La forma de imponerse ya es una cuestión personal: a la parte de este tenor se le pueden buscar mil y un recovecos; pero desde unos mínimos. 

La visión de Azorín es, por tanto, lógica desde el punto de vista de teatral, pero no desde el musical y, concretamente, el del cantante. Afortunadamente, hay mucho teatro y muchas capas en el Otello de Verdi, y Azorín se termina quedando en una —podríamos llamarla conceptual-visual— que no interfiere demasiado en todo lo que es el peso "musical" de los personajes en el devenir de la historia. Con un tenor con mejor técnica, lógicamente al final hubiera sido todo más satisfactorio. Lo mismo que si se hubiese contado con un Yago más personal que el de Rodrigo Esteves, que regaló algún fraseo interesante en las partes líricas pero que resultó insuficiente en las de fuerza y no aportó demasiada personalidad. La impresión final fue de rutina y de falta de imaginación y preparación para componer un personaje estudiado, interiorizado, sutil. Creo que su técnica, que muestra un nivel por encima de la mera competencia, da para mucho más. 

Isabel Rey es una soprano que no goza de una posición de canto demasiado flexible, por lo que en ocasiones tiene problemas en la zona del centro-agudo, donde es necesario modificar el sonido. Esto se puede hacer de muchas formas, pero desde luego el ajuste desde el color es importante. Hubo, además, algunos errores al preparar las culminaciones de algunas frases, con demasiado volumen previo que ayudó poco. Sin embargo, su posición en el centro es muy útil para hacer música, y creo que este papel le va especialmente, porque como cantante y actriz sabe transmitir a la perfección todos los estados de ánimo por los que va pasando Desdémona, con complejidad y de forma intensa. Por su forma de cantar, es difícil escucharle por ejemplo reguladores espectaculares, pero el conjunto, que tira a sobrio, nunca resulta monótono, porque todo lo que hace está bien elegido y en ella suena muy natural. Se trata de un buen trabajo en el que el trabajo no se aprecia, y por eso es incluso mejor. 

El resto del reparto fluctuó entre lo notable de Pablo García López y lo muy aceptable de Mireia Pintó y Alejandro del Cerro. El coro resultó insuficiente en el primer acto, más dado a sonar como conjunto de individualidades que como conjunto a secas; más adelante, sobre todo en momentos de plenitud, mostró buena presencia y capacidad para lograr ciertos efectos espectaculares.

 La Orquesta Sinfónica de Castilla y León no estuvo a la altura que cabría esperar. El foso, como se ha apuntado, no contribuye, pero por ejemplo la cuerda grave en ocasiones sonó desafinada. Puede que algunos fallos de coordinación sean también responsabilidad del director, Sergio Alapont, al que se habría agradecido algo más de pulso y tiempos con más vida. De todas formas, las escenas de conjunto no estuvieron mal y se apreciaron varios rasgos personales que se quedaron en promesas, dadas las condiciones nada favorecedoras explicadas más arriba. 

La concepción escénica me pareció de lo más logrado de la noche: con niveles arquitectónicos claros, muy bien definidos y rotundos (escaleras, rampas... que a veces podrían recordar a una especie de Escher muy simplificado), y superficies que semejaban el estilo brutalista del hormingón visto y que daban lugar a combinaciones equilibradas, se componía esencialmente de grandes bloques que eran movidos por unos oscuros y agresivos personajes que servían a Yago en régimen de esclavitud, y que a la vez cumplían otras funciones, como la de convertirse en una especie de fuerza que obligaba a los protagonistas a seguir lo que marca su dramática historia. Yago era, en realidad, el director de escena, como lo atestigua su presencia y órdenes sobre el escenario antes de comenzar la representación. Sobre el "hormigón", además, se proyectaban de vez en cuando imágenes que hacían referencia a las maquinaciones de Yago (esquemas o fórmulas); otras más poéticas (el mar) sobre los sentimientos de los protagonistas; y algunas metafóricas (por ejemplo, una mancha que se extiende y que simbolizaba los celos de Otello, o su obcecación). 

Quizá lo menos logrado fue el último acto, demasiado frío, con dirección de actores mejorable y proyecciones un poquito obvias: cuando Desdémona canta la Canción del sauce, aparece como es normal un sauce, que después se queda sin hojas y se termina deformando —multiplicándose— en los prolegómenos del asesinato. Las proyecciones como tales tenían valor estético, pero a veces su utilidad, demasiado "deíctica", no añadía gran cosa al estupendo trabajo de composición volumétrica, que además transmitió un sabor profundamente teatral (entradas y salidas impecables, acción perfectamente imbricada, creatividad, utilidad, buenas proporciones), que en lo visual se coronó como lo más interesante de la noche; ayudado, eso sí, por la excelente iluminación. 

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