Reino Unido

Akhnaten y la gimnasia rítmica

Mikel Chamizo

lunes, 14 de marzo de 2016
Londres, martes, 8 de marzo de 2016. English National Opera. Akhnaten, ópera en 3 actos con música de Philip Glass y libreto de Philip Glass en asociación con Shalom Goldman, Robert Israel, Richard Ridell y Jerome Robbins. Estrenada el 24 de marzo de 1984 en Stuttgart. Dirección de escena: Phelim McDermott. Escenografía: Tom Pye. Figurines: Kevin Pollard. Iluminación: Bruno Poet. Coreografía: Sean Gandini. Cantantes: Anthony Roth Costanzo (Akhnaten), Emma Carrington (Nefertiti), Rebecca Bottone (Queen Tye), James Cleverton (Horemhab), Colin Judson (High Priest of Amon). Coro y Orquesta de la English National Opera. Dirección musical: Karen Kamensek. Ocupación: 99%

La English National Opera apoyó en fecha muy temprana la carrera operística de Philip Glass: durante los ochenta, la etapa más vanguardista del coliseo, programaron Akhnaten (1985) y The Making of the Representative of Planet 8 (1988). La obra del norteamericano desapareció después de le ENO por veinte años para reaparecer en tiempos recientes, con producciones de Satyagraha y The Perfect American, ambas con dirección escénica de Phelim McDermott, responsable también de esta nueva producción de Akhnaten.

Aquí McDermott ha querido rendir homenaje desde la escena a Robert Wilson, fundamental en el desarrollo temprano de Glass tanto a un nivel musical como profesional. Wilsonianos son los movimientos lentísimos de los personajes, sincronizados al milimetro con la música; también lo es su representación como iconos, renunciando a cualquier desarrollo psicológico; y desde luego lo son los majestuosos juegos geométricos con la luz y el color que cerraron el primer y segundo actos. Esta concepción escénica funciona a la perfección con la música extática y empapada de ritualidad de Glass, que en los orígenes de su trabajo operístico -Einstein on the beach, (1976)- trabajó mano a mano con Wilson y a esta colaboración debe, precisamente, la búsqueda de una música exenta de desarrollo y conflicto, en el sentido en que lo entienden la música y el teatro clásico/romántico.

Los problemas de la escena de McDermott son dos: que la propuesta visual, aunque grandiosa por momentos, no es de la perfección de las de Wilson -él nunca hubiera admitido, por ejemplo, el desorden que se forma en el tercer acto-; y que, para remarcar su propia personalidad -McDermott ama las artes cirquenses, recordemos los mimos en The Perfect American-, introduce una legión de malabaristas que funcionan tanto como recurso visual como de engranaje para transitar de una escena a la siguiente. La del malabarista no es, ciertamente, una mala interpretación de la figura de Akenatón, el faraón que en sus 17 años de reinado instauró un monoteísmo que desafiaba por completo la cultura religiosa y política vigente en el Egipto del siglo XIV a.C. Así, cuando Akhnaten por fin muere asesinado en el tercer acto, las bolas de los malabaristas que han acompañado sus apariciones previas caen en unísono al suelo, en una imagen muy poderosa. La presencia de malabaristas también sirve para interpretar visualmente la música de Glass: si los desplazamientos lentísimos se corresponden con los extensos bajos y acordes prolongados, el mercurial movimiento de las bolas por los aires refleja los rápidos y siempre cambiantes arpegios que se elevan sobre esas armonías.

El recurso de los malabaristas, por desgracia, termina por resultar cansino. En el primer acto aún es una novedad y convence plenamente, pero en el segundo, con la introducción de mazas y balones hinchables, comienza a molestar por recurrente y excesivo. Es incluso peor, porque comunica que McDermott no confía del todo en la capacidad de la música de Glass para mantener por sí sola nuestra atención. Algo completamente equivocado, por supuesto: la mejor escena de toda la producción a mí me pareció la más sencilla, el dúo de amor entre Akhnaten y Nefertiti, que se limitan a caminar lentamente, el uno hacia el otro, durante quince minutos hipnóticos. Una escena que sí firmaría Wilson. La escenografía de Tom Pye fue más que correcta, imagino que atendiendo a las indicaciones de McDermott. Pasará al recuerdo el inmenso sol de colores cambiantes del segundo acto. Los figurines de Kevin Pollard fueron excepcionales, a pesar de proponer una mezcla de estilos y épocas arriesgada. El barroco manto ceremonial de la coronación de Akhnaten o la túnica del sacerdote mayor de Amón se cuentan entre los ropajes más hermosos que yo haya visto sobre un escenario.

Si la escena tuvo sus puntos discutibles, la parte musical fue sobresaliente. Especialmente el foso, dirigido por Karen Kamensek. La música de Glass no es sencilla puesto que hay que equilibrar el sonido orquestal de un modo distinto al habitual. Los graves, por ejemplo, deben ser mucho más sonoros. Además debe dibujarse con extrema precisión, clara en sus líneas generales pero sin desvelar en exceso las complejidades caleidoscópicas que forman sus superposiciones polirrítmicas. El Glass que logró Kamensek, y salvo algunos errores puntuales -el oboe no tuvo su mejor día-, fue un Glass con músculo, imponente, pero también expresivo y sutil a su manera tan particular. El coro estuvo en la misma onda que la orquesta, emitiendo con la contundencia exigida por la partitura sin perder el empaste ni la afinación.

Los cantantes no son un elemento destacado en Akhnaten, solo una parte más del inmenso engranaje minimalista. Anthony Roth Costanzo es un contratenor de una potencia inusitada en su cuerda vocal. En ese aspecto, y también en el visual, fue perfecto para Akhnaten. Pero su timbre algo descarnado no empastaba del todo bien con los de Emma Carrington y Rebecca Bottone, Nefertiti y la Reina Tye, con quienes debe protagonizar dúos y tercetos importantísimos. Aún así salieron bien, pues la interpretación de todos ellos fue bastante precisa. El actor Colin Judson, con sus casi dos metros de altura, fue un gran sacerdote de Amón imponente. Los comprimarios estuvieron a la altura de las circunstancias.

Estas representaciones de Akhnaten quizá no superen las referencias ya existentes de una obra que, para arrastrar la etiqueta maldita de 'ópera contemporánea', ha tenido una vida larga e importante en los escenarios de medio mundo. La producción fue de una calidad al nivel de la arriesgada apuesta de la ENO, que no atraviesa su mejor momento económico -la pasada semana se anunció un recorte de 20 millones de libras a aplicar en los próximos cuatro años-. Felizmente para ellos, las ocho funciones de Akhnaten prácticamente agotaron las entradas, algo que no sucedió con los anteriores títulos de esta temporada, una reposición de su conocida producción de La flauta mágica por McBurney y una nueva La forza del destino firmada por Calixto Bieito.

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