España - Madrid

Una vida en cuartetos de cuerda

Mikel Chamizo

lunes, 21 de marzo de 2016
Madrid, viernes, 26 de febrero de 2016. Auditorio Nacional. Integral de los seis cuartetos de cuerda de Béla Bartók. Jerusalem String Quartet: Alexander Pavlovski y Sergei Bresler, violines; Ori Kam, viola; Kiril Zlotnikov, violonchelo. Ocupación: 100%
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Se está volviendo tradición que el Jerusalem String Quartet visite cada año la temporada del Centro Nacional para la Difusión Musical (CNDM) para abordar la integral de cuartetos de cuerda de un compositor del siglo XX. Si en el 2013 fueron los 15 cuartetos de Shostakovich a lo largo de cinco veladas memorables, y en el 2014 los de Janáček , en 2016 el conjunto israelita ha presentado en el Auditorio Nacional una integral menos extensa que la primera pero no menos trascendental y desafiante: la que forman los seis cuartetos para cuerda del húngaro Béla Bartók, abordados en dos tardes consecutivas los días 26 y 27 de febrero.

Los cuartetos de Bartók atraviesan etapas estilísticas muy diferentes y mostrar esta evolución pareció ser una preocupación central en las versiones del Jerusalem String Quartet. Así, el primer y el segundo cuartetos, que datan de 1909 y 1917, e incluso el tercero, ya adentrado en su etapa de transformación de los años 20, fueron abordados con una actitud claramente romántica, cuando no directamente vienesa en el caso de los dos primeros, en cuya interpretación pudimos trazar los lazos con las obras del Enescu de juventud, con Zemlinsky o con el Schoenberg de Noche transfigurada. Hubo un esfuerzo del conjunto por resaltar lo narrativo que hay en los primeros cuartetos de Bartók y la ejecución fue más subjetiva que objetiva, disfrutando de la retórica conversacional del grupo antes que dejándose seducir por las transgresiones compositivas en los que Bartók ya estaba incurriendo. Las agrias disonancias que arroja el contrapunto en determinados pasajes del Cuarteto nº2, por ejemplo, fueron suavizadas, y elementos como los glissandi del final del Cuarteto nº3 fueron ejecutados con discreción, como un recurso melódico antes que como un gesto modernista.

La cosa cambió bastante con los cuartetos cuarto y quinto. El Jerusalem rompió aquí los lazos anteriores para resaltar lo revolucionario de la nueva escritura de Bartók, plenamente asentada ya en la técnica personal desarrollada a partir de sus estudios etnográficos de la música en los Balcanes. Aquí la interpretación del JSQ fue más directa en lo rítmico, más individualista en la ejecución de cada instrumentista, más precisa en dibujar cada efecto como una consecuencia del nuevo sistema compositivo antes que como un recurso retórico vinculado a la tradición. El resultado fue excitante, porque el virtuosismo de JSQ es enorme y este grado de habilidad parece trascendental para expresar correctamente estas creaciones, que a menudo se mueven en el borde del histerismo físico de los ejecutantes.

Con el Cuarteto nº6, y en una decisión plena de sentido, la interpretación volvió a los rasgos de los primeros cuartetos, pero dejando muy claro que el romanticismo del Bartók de 1939 ya nada tiene que ver con el de 1910, y que la vuelta a un cierto clasicismo ya no es la posición franca, apasionada del joven compositor sino una impostación intelectual, la máscara tras la que se esconde la amargura de quien tanto sufrió, en los personal y en lo político, en sus últimos años de vida. El sexto cuarteto llegó, además, como broche final de las dos veladas y su ejecución, tan sutil e inteligente, con tanta y tan lograda intención, arrojó una luz reveladora sobre todo lo que habíamos escuchado antes y sobre la evolución, tanto musical como humana, de Bartók. Confío en que este es el verdadero logro cuando se propone una integral en torno a un autor, y el Jerusalem String Quartet supo manejar esa dimensión supra-estructural, la que abarcaría a los seis cuartetos en conjunto, con gran habilidad.

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