Lituania

Una ópera de rescate y liberación

Xoán M. Carreira

miércoles, 6 de abril de 2016
Vilnius, jueves, 24 de marzo de 2016. Teatro Nacional de Ópera y Ballet de Lituania. Fidelio, ópera en dos actos de Ludwig van Beethoven. Oskaras Koršunovas, dirección escénica. Gintaras Makarevičius, decorados. Sandra Straukaitė, vestuario. Intérpretes: Irena Zelenkauskaite (Fidelio), Andrew Sritteran (Florestán), Egidius Dauskurdis (Rocco), Dainius Stumbras (Don Pizarro), Julija Stupnianek (Marzellina), Mindangas Jankauskas (Jacquino) y Liudas Mikalauskas (Don Fernando). Coro y Orquesta de la Ópera Nacional de Vilnius. Martynas Staskus, director musical

Una escena única: una galería de celdas de la que descienden unas escaleras hasta el foso orquestal donde se desarrolla el segundo acto. Bajo las celdas y sobre el escenario, se sitúa la orquesta. Sobre las celdas una agradable terraza donde Marzellina cuida sus plantas y sus ilusiones adolescentes. Con estos elementos tan sencillos y tan baratos el director de escena, Oskaras Koršunovas, aborda la nada sencilla tarea de dotar de interés dramático la historia de cómo Leonora rescató a su marido Florestán mientras este comparte con el público la fortuna de tener una esposa fuerte, fiel y valerosa. Y lo cierto es que Koršunovas lo consigue, desde la primera escena con Marzellina y Jacquino flirteando a plena luz del sol y total visibilidad, en lo que parece -y es- una escena bucólica, que prescinde totalmente de los muros de la prisión y los soldados vigilando que se ven al fondo, hasta la escena final en la cual un coro multiétnico (no multicultural, pues cantan un canon de la música occidental) interpreta una alabanza a la libertad mientras la pantalla del fondo del escenario muestra imágenes de la liberación de Lituania en 1990. Concebida desde la perspectiva de la dolorosa historia de Lituania, esta última escena de Fidelio con judíos y palestinos, dahomeyanas, hindúes, hippis y ejecutivos, adolescentes modernos y un amplio colorido humano, resulta impactante y al tiempo esperanzadora cuando se ve dos días después de los espeluznantes atentados de Bruselas.

Esta sencilla puesta en escena está acompañada de una impecable dirección actoral, una competente iluminación y un sensato vestuario de Sandra Straukaitė que incluye un guiño final al espectador cuando Fidelio muestra que bajo su uniforme carcelario lleva un bonito traje de noche y se convierte definitivamente en Leonora. No cabe ninguna lectura del tipo "... y Leonora se convirtió en una mujer como es debido" porque durante toda la función hemos comprobado que Leonora/Fidelio es una persona "como es debido". El cambio de ropa es un simple guiño risueño a la convención: por algo estamos en el teatro.

El coro fue uno de los puntales de esta representación. En pocos teatros del mundo he disfrutado de un coro tan espléndido en todos los sentidos. Aún conociendo la excelsa tradición de los coros lituanos no pude evitar mi gozosa sorpresa. Esta condición excelsa del coro permite al teatro confiar las pequeñas partes a miembros del coro, que las cantan con sencillez, limpieza y seguridad antes de reintegrarse a sus anónimos puestos. Me prometí a mi mismo regresar a Vilnius para verlos en un Verdi o una ópera eslava.

Igualmente soberbia fue la orquesta, dirigida por Martynas Staskus, con obvias evocaciones a Claudio Abbado, el gran enamorado de Fidelio. Me impresionó especialmente la calidad de los metales por su perfecto empaste, afinación y control dinámico. Pero no puedo sino elogiar la finura y buen hacer de las maderas y la calidad de los solos. Realmente esperaba un sonido más a la rusa, especialmente en las cuerdas, pero lo cierto es que en 2016 la orquesta de la Ópera de Vilnius ofrece el estándar típico occidental de nuestros días, lo cual beneficia la claridad de las texturas beethovenianas y hace lucir enormemente las dos oberturas. Además de un más que buen director beethoveniano, Staskus es un gran director de foso, aunque en esta ocasión estuviera sull'palco y tuviera que ajustar la sonoridad, con el inconveniente de no tener visibilidad de la escena.

Julija Stupnianek, Marzellina, es una gran cantante que no siente la menor necesidad de demostrarlo y opta sabiamente por la difícil sencillez que dota de verosimilitud a su personaje adolescente y confuso. Aunque nada hay de confusión en sus sentimientos: ella está enamorada de Fidelio, a quien cree un hombre -nada en la regie lo desmiente- y trae por la calle de la amargura al fiel Jacquino. Mindangas Jankauskas no disimula que disfruta la oportunidad de cantar con Stupnianek y lo utiliza en provecho de su personaje. Sabe que su momento es el comienzo y durante unos minutos protagoniza su historia de amor con total convencimiento.

Muy adecuado también el enfoque del difícil personaje de Rocco, un hombre obediente, un funcionario disciplinado al que le desagrada la injusticia y que atiende encantado las sugerencias de Fidelio para hacer un poco más fácil la vida de los prisioneros. La evolución del conflicto entre su natural buenhomía y su dependencia jerárquica del brutal Pizarro está bien graduada y resuelta por Egidius Dauskurdis, un competente cantante teatral en la mejor tradición de cantante estable de compañía. Pizarro es un cabrón, va vestido como tal, carece de modales y su incontinencia le impide mantener el tipo cuando tiene que enfrentarse a Don Fernando. El público disfrutó de esta creación tanto como él mismo, con la ventaja de que la retina de los lituanos no está contaminada por las imágenes de personajes semejantes a Pizarro que desde hace meses copan las cabeceras de los noticiarios españoles. Liudas Mikalauskas cumplió con ventaja como Don Fernando, que no es poco, e incluso dotó de cierta espontaneidad al envarado personaje original.

Pero el paraíso no existe. La mota negra provino de los dos protagonistas. Irena Zelenkauskaite debutaba el papel -o eso me pareció entender-y pagó el precio del rodaje, apuntando en su haber una buena interpretación teatral, su adecuación física al personaje y la asunción de la ingenuidad de la historia (ingenuidad que forma parte identitaria del género de la ópera de rescate, tratado inteligentemente desde la perspectiva de la comedia por parte del director escénico). Esta buena interpretación actoral y su claridad de emisión compensaron un volumen discreto y la falta del impulso vital que requiere Leonora.

El tenor neozelandés Andrew Sritteran comenzó bronco, áspero, sin matices e incluso con problemas de afinación. Según fue calentando mejoró un poco pero sin conseguir empastar en los concertantes y manteniendo hasta el final el tono desabrido. El papel de Florestán le queda grande y nunca se le debía haber confiado. Hizo caer en picado la calidad que habíamos disfrutado en el primer acto e incluso Zelenkauskaite pareció empeorar.

El público disfrutó la representación y además mantiene las buenas tradiciones, interrumpe con sus aplausos y sus bravos, y a la hora del saludo final matiza y gradúa sus ovaciones aunque al final acabe poniendose siempre en pie para un largo aplauso que es más bien un homenaje a la propia ópera que a los cantantes.

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