España - Madrid

Versión de referencia

Mikel Chamizo

viernes, 1 de abril de 2016
Madrid, jueves, 17 de marzo de 2016. Teatro Real. Written on skin, ópera en tres partes de George Benjamin con texto de Martin Crimp, basado en el razó anónimo del silgo XIII Guillem de Cabestany – Le coeur mangé. Estrenada en el Festival de Aix-en-Provence el 7 de julio de 2012. Versión semiescenificada de Benjamin Davis. Dirección musical de George Benjamin. Reparto: Christopher Purvers (Protector), Barbara Hannigan (Agnès), Tim Mead (Muchacho/Primer ángel), Victoria Simmonds (Segundo ángel/Marie), Robert Murray (Tercer ángel/John). Mahler Chamber Orchestra. Asistencia: 90%.

La gira de Written on skin, que reunió a su autor George Benjamin con varios de los cantantes que participaron el estupendo registro discográfico para Nimbus Records, llegó al Teatro Real de Madrid tras visitar Barcelona y un par de días antes de regresar al Reino Unido, con una función en el Barbican Centre. El título de Benjamin no ha dejado de recibir alabanzas desde su estreno en Aix-en-Provence en el verano de 2012. Se ha repuesto en una decena de casas de ópera a ambos lados del Atlántico y se puede afirmar que tiene ya un pie dentro del repertorio. La recepción del público madrileño fue entusiasta, muy generoso en aplausos en comparación con otros títulos contemporáneos que se han presentado en el Real, e incluso las voces más escépticas hacia las músicas contemporáneas parecieron seducidos con la propuesta de Benjamin y Martin Crimp.

Cuando escuché por primera vez Written on skin me impactó su extraordinario parecido con una de las óperas referenciales de los últimos años, Luci mie traditrici (1998) de Salvatore Sciarriano. El argumento de infidelidad de la esposa con un joven, y la muerte de ambos en manos del marido, es prácticamente idéntico en ambos títulos, aunque Sciarrino parte del caso Gesualdo y Benjamin/Crimp se inspiran en una leyenda medieval. En cualquier caso, merecería una reflexión el por qué dos de las nuevas óperas más exitosas de los últimos años -no son tantas las que han logrado trascender- tienen un argumento casi idéntico. La comparación entre ambas obras termina ahí: mientras que el libreto y la música de Sciarrino dan la vuelta con verdadera astucia a algunas convenciones del teatro lírico, la propuesta de Benjamin/Crimp es una partitura tradicional para un libreto también tradicional.

Hay poco que contar que no se haya dicho ya -incluso en Mundoclasico.com- sobre la ópera de Benjamin. A mí, personalmente, me parece una de sus creaciones más discretas, si la comparamos con otras obras de su catálogo que rayan la genialidad. En Written on skin creo que su imaginación tímbrica luce algo apagada, todo me resulta un tanto monocromático. Quizá es algo premeditado, un recurso para definir y dar coherencia al carácter de la obra -pausado, melancólico, con un dramatismo que se despliega a través de una constante tensión psicológica en vez de en grandes gestos teatrales-. Como es habitual en Benjamin, la factura técnica es asombrosa: cada nota está calculada al milímetro para dar valor esos materiales sonoros que nos resultan familiares y desconocidos a un tiempo. La ambigüedad es una de las virtudes más fascinantes de la música del inglés, y aunque en el contexto operístico no se despliegue con la misma libertad -en este caso hay una historia que contar-, es seguramente el valor que mejor engancha con el público, sin necesidad de rebajar la complejidad de su trabajo compositivo. En Written on skin lo ambiguo domina todos los ámbitos de la partitura: la inclusión de instrumentos de época entre los de la orquesta moderna, la sugerencia de elementos medievales que en realidad no lo son y las fricciones entre lo que se canta y los sonido que surgen de la orquesta, son algunos ejemplos.

La versión sin escena que escuchamos en Madrid fue en muchos aspectos la ideal, pues reunió al compositor en el podio con varios de los agentes que han defendido incansablemente su obra en los últimos años. Empezando por el la orquesta, la Mahler Chamber Orchestra, que ha estado detrás de la mitad de las representaciones del título, incluidas su estreno absoluto en Aix o las del Lincoln Center de Nueva York. Realmente no puedo poner un solo reparo a su actuación: la suya es la única referencia que tenía con anterioridad y la reprodujeron con extraordinaria perfección. Tres cuarto de lo mismo con las caracterizaciones de Christopher Purves como Protector y Barbara Hannigan como Agnès. Esta última, sin necesidad de aspavientos, recrea de forma muy convincente el papel de esa mujer que se debate entre lo que desea y le está prohibido. Los requerimientos vocales de su parte son duros pero tampoco extremos, y Hannigan, con su timbre que esconde extraños extremos entre la suavidad y la fiereza, se ha erigido en un icono de la lírica contemporánea por razones muy fundamentadas. En cuanto a Purves, su personaje es el verdero motor de la historia y requiere un esfuerzo constante de persuasión a través de los matices vocales. Me impresionó todo lo que fue capaz de transmitir Purves a través de esa vocalidad que no es del todo belcantista, pues el componente declamatorio está también muy presente.

El elemento nuevo en el trío protagonista fue el Muchacho de Tim Mead, con la difícil tarea de sustituir en el rol a su creador, Bejun Mehta. Nada que objetar: su voz de contratenor es bastante masculina sin dejar de ser flexible. Su personaje, que en determinados momentos se transforma en el Ángel narrador, requiere una cierta distancia, una cierta frialdad de observador con respecto a los sentimientos de Agnès y el Protector. Mead transmitió muy bien esta sensación de estar, a un tiempo, dentro y fuera de la acción. Imagino que también tuvo que ver en esto la dirección de actores de Benjamin Davis, que prácticamente se limitó a unas pautas sobre cómo debía moverse Mead sobre el escenario. Los personajes de Marie y John, que no son tan secundarios como podría parecer -sus comentarios sobre las acciones de los protagonistas terminan por afectarles en forma directa-, estuvieron igualmente bien dibujados por Victoria Simmonds y Robert Murray.

Es una alegría que una de los títulos operísticos que más ha dado de que hablar en los últimos años haya recabado relativamente rápido en el Teatro Real, aunque haya sido en una versión sin escena y aprovechando una gira de la Mahler Chamber. Transmite que queda algo del interés por la nueva creación que fue tan central en la etapa anterior del coliseo. Esperamos que no pasen demasiados años hasta que podamos disfrutarla en la forma en que fue originalmente concebida, con escena, y su presentación en España sea por fin completa.

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