Lituania

Muy clásico

Maruxa Baliñas

lunes, 11 de abril de 2016
Vilnius, miércoles, 23 de marzo de 2016. Teatro Nacional de Ópera y Ballet de Lituania. Lago de los cisnes, ballet en dos actos con música de Piotr Ilich Chaicovsqui y libreto de Vladimir Begicev y Vasili Geltser. Coreografía de Marius Petipa y Lev Ivanov. Versión revisada de la versión de Konstantin Sergejev. Estreno: 31 de diciembre de 2004 Intérpretes: Olga Konosenko (Odette y Odile), Romas Ceizaris (Príncipe Siegfrido), Ilva Juodpusyte (Reina Madre), Ignas Armalis (Rothbart), Igoris Zaripovas (Bufón), Voldemaras Chlebinskas (Preceptor de Siegfrido y Maestro de ceremonias), Nailia Adigamova, Haruka Ohno y Kipras Chlebinskas (Pas de trois). Orquesta del Teatro. Robertas Servenikas.

A menudo se olvida que la denominada 'escuela rusa de ballet' en realidad es una mezcla de elementos aportados por coreógrafos y bailarines de diversas procedencias, y que aunque el Teatro Mariinski de San Petersburgo o el Bolshoi de Moscú son desde hace décadas las dos compañías más grandes y mejor dotadas económicamente de Europa Oriental, otros muchos teatros pueden presumir también de una tradición balletística clásica que llega hasta la actualidad. Es el caso del Ballet Nacional de Lituania, que aunque en su sede de Vilnius es relativamente reciente, puede remontar su tradición incluso a la época en que Lituania y Polonia estaban unidas. De hecho, el ballet de la Corte de Lituania fue fundado en el siglo XVI. 

Esta coreografía propia de El lago de los cisnes estrenada en 2004 se anuncia como una revisión de la realizada por Konstantin Sergejev (1950), que a su vez se ajusta con bastante detalle a la tradicional de Petipa e Ivanov, aunque modernizando decorados y danzas. Hay algunas diferencias con la de Sergueyev para adaptarse a las necesidades y posibilidades de la compañía de la Ópera y Ballet Nacional de Lituania: en concreto se modifican ligeramente las danzas de la primera escena, hay algunos cambios y cortes en las danzas del segundo acto, se acortan las danzas de la escena final, y en general se trabaja con una compañía no tan numerosa ni con tantos solistas que lucir como las del Mariinski o Bolshoi (las 'referencias absolutas' aún hoy). 

Pero eso no quiere decir que estemos ante una versión de segunda categoría. La compañía de Ballet de Lituania me impresionó mucho, mantienen la tradición y tienen unos solistas muy bien formados, no sólo en los aspectos técnicos del baile, sino también en los mímicos, un detalle importante en los ballets románticos que cada vez se descuida más o se hace de un modo tan ritual que resulta ridículo. Ver los gestos tan conocidos realizados con tanta naturalidad es siempre un placer. Destacaría en este aspecto al Príncipe Sigfrido y al Bufón, mientras Voldemaras Chlebinskas resultó bastante soso como Preceptor, aunque cumplió suficientemente como Maestro de Ceremonias. Tampoco la Reina, Ilva Juodpusyte, tuvo el empaque que he visto en otras Reinas, en parte porque me pareció bastante joven y sencilla y de hecho, no es solista de la compañía, sino simplemente del cuerpo de ballet (en el Mariinski he coincidido en varias ocasiones con viejas primaballerinas, muy acostumbradas a los halagos, que se portaban como auténticas autócratas en este rol). 

Dejando aparte el aspecto mímico, técnicamente todos los solistas me parecieron de gran calidad, y muy especialmente Romas Ceizaris, uno de los solistas principales de la compañía. Ceizaris mostró en algunos momentos fugaces esa capacidad que se le ha atribuido a algunos bailarines míticos de "frenarse en el aire", aunque no tenga un legato excepcional ni una agilidad especialmente destacable. Olga Konosenko, también solista principal, lleva bailando a Odette y Odile desde su ingreso en la compañía en 1996, fue ya una de las bailarinas que realizó el estreno de esta producción en 2004, y eso se nota: mostró una enorme seguridad y exactitud, sabe perfectamente qué debe hacer en cada momento y da gusto verla bailar. Igoris Zaripovas, solista de la compañía, hizo un buen Bufón: es ágil, muy buen mímico, y domina totalmente cada detalle del papel. Ignas Armalis no tiene el papel de Rothbart entre sus habituales pero -como Zaripovas- conoce bien su papel y lo bailó con efectividad, es un bailarín ágil aunque en ningún momento dió la impresión de ser capaz de derrotar al Príncipe en su enfrentamiento final. 

El cuerpo de ballet tiene una gran disciplina y tanto los números de baile como las escenas de conjunto fueron muy satisfactorios. En algunos momentos se echó en falta una compañía más numerosa, ya que tanto las dos fiestas en palacio como el propio lago quedaban por momentos un poco desangelados, pero el escenario tampoco era demasiado grande y se cubría bastante bien el espacio. Asimismo en la fiesta del segundo acto se abreviaron las danzas características, aunque pudimos disfrutar de una pareja de gatos buena, unos bailarines rusos más que correctos y unas danzas españolas que -como siempre pasa- de españolas tenían muy poco. 

La orquesta, bajo la dirección de Robertas Servenikas, acompañó a los bailarines e hizo una buena versión de la partitura, lo que no siempre es compatible. Lógicamente sus mejores intervenciones fueron en la obertura y en aquellas partes donde podían ser más independientes de lo que pasaba en el escenario. 

En resumen, una buena función de un ballet tan, tan clásico, que es difícil liberarse de tanta tradición y disfrutar sin más de una historia que mezcla tan sabiamente lo romántico y lo amargo. En la Ópera y Ballet de Lituania se puede conseguir. ¡Y eso ya es mucho!

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