España - Madrid

Memoria histórica: reivindicación del piano isabelino

Pelayo Jardón

jueves, 14 de abril de 2016
Madrid, jueves, 31 de marzo de 2016. Museo del Romanticismo. I. Miguel Huertas, piano. S. Masarnau (1805-1882): Ballade n.º 1, op. 23, Invraisamblable … mais historique; Ballade n.º 3, op. 25, Découragement. F. Chopin (1810-1849): Marche funèbre. S. Masarnau: Trois morceaux expressifs, op. 18. II. Manuel Ángel Ramírez y Alicia Pulido, piano a cuatro manos. M. del Adalid (1826-1881): Marcha fúnebre. Guillermo Morphy (1836-1899): Sonatina española. M. del Adalid: Sonatina en sol mayor

Entre los rincones con más encanto de París se cuenta el Museo de la Vida Romántica, donde, entre bibelots de George Sand y esculturas de Clésinger, se conserva el espíritu de Chopin. Su homólogo madrileño, el Museo Romántico se ha erigido asimismo en guardián de la memoria de aquellos músicos que hicieron las delicias de nuestros tatarabuelos, compositores que, sin desdeñar sus raíces carpetovetónicas, tenían la mirada puesta precisamente en la capital francesa, ese París en el que a la sazón triunfaban, además de Chopin, otros astros del piano como Thalberg, Alkan o Liszt. La “Bienal de Música Isabelina 2016”, organizada por el Museo del Romanticismo, en colaboración con el Conservatorio Arturo Soria, es una encomiable iniciativa concebida para redescubrir y divulgar el patrimonio musical español del siglo XIX y la obra de autores como Santiago Masarnau, Martín Sánchez Allú, Marcial del Adalid o el conde Morphy. Hay vida más allá de Granados y Albéniz.

El recital estuvo precedido por unos ilustrativos comentarios de Fernando Delgado, dirigidos a contextualizar las obras del programa en torno a tres ejes de coordenadas: las diferencias y concomitancias entre músicos profesionales -como Masarnau- y amateurs -como Marcial del Adalid; la evolución estilística entre las décadas de 1840 y de 1860; y, como hemos apuntado, la posición de París como referencia ineludible para los compositores españoles de la época isabelina.

La primera parte del concierto tuvo como intérprete a Miguel Huertas, un pianista del que ha de destacarse su solidez, franqueza y naturalidad; cabría decir que es el suyo un pianismo con los pies en la tierra. Sin solución de continuidad, interpretó la Marcha fúnebre de Chopin y tres piezas de salón de Masarnau, lo cual sirvió para evidenciar las citas y préstamos que este compositor madrileño tomó del polaco. Particularmente lucida fue su versión del scherzo, segundo de tales morceaux expressifs, escritos hacia 1839.

La segunda parte estuvo dedicada al piano a cuatro manos: dos sonatinas de inspiración clasicista de Guillermo Morphy y Marcial del Adalid. La primera de ellas, una obra luminosa y brillante, salpicada de giros folclóricos, con cierta influencia de Gottschalk, fue probablemente lo más descollante de la tarde. La calidad técnica y artística del dúo formado por Miguel Ángel Ramírez y Alicia Pulido es extraordinaria en todos los aspectos, y especialmente en cuanto a sus ritmos precisos y poderosos; su dicción limpia, sin trampas; sus gradaciones dinámicas, perfectamente sostenidas y dirigidas; y, en fin, la potencia y rotundidad de su sonido bien empastado.

Resulta obligado poner en valor el interés de conciertos como este que reseñamos ahora y que hacen de Madrid una ciudad más culta. Permítasenos finalmente sugerir otros nombres que bien pudieran engrosar la nómina de compositores rescatados del olvido, como Adolfo de Quesada, discípulo de Kalkbrenner y heredero de Marmontel, o el prolífico Oscar de la Cinna, quien cautivó al público español con su virtuosismo y cuyas huellas aún pueden rastrearse en los volúmenes de partituras de aquel entonces.

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