Análisis musical

Fragmentos del Satiricón de Fernando Buide, entre creación y artificio

Carmen Noheda

lunes, 25 de abril de 2016

La obra orquestal Fragmentos del Satiricón (2013), de Fernando Buide del Real (1980), dedicada a su maestro Leonardo Balada, está recorriendo la programación de las orquestas sinfónicas españolas integrantes de la AEOS durante las temporadas 2014-2015 y 2015-2016. Esta excelente oportunidad de difusión es el galardón que Buide ha obtenido tras ganar por unanimidad la VII edición del Premio de Composición AEOS-Fundación BBVA. El pasado 7 de abril fue el turno de la Orquesta Sinfónica de Madrid, dirigida por Pablo González, en el Auditorio Nacional de Madrid, espacio en el que se cumple el reestreno de la composición tras haber sido interpretada por la ORCAM, junto al director Lorenzo Viotti, el 5 de octubre de 2015.

En las notas al programa, Fernando Buide nos introduce su propia mirada sobre el Satiricón, del escritor romano Petronio. Este trazado literario, sin embargo, no pretende ser explicado a través de la narrativa musical, sino que se deriva del imaginario que la novela ha hecho florecer en la mente del compositor. Buide no solo bebe de Petronio, sino también de la personalísima interpretación fílmica que Fellini nos regaló en Fellini-Satiricón (1968). No escucharemos las andanzas decadentes de Encolpio y Ascilto, ni tampoco la mundanidad de Gitón, sino un escenario onírico perfectamente trabado sin solución de continuidad.

Las historias fragmentarias del Satiricón se superponen en la música de Buide por medio de texturas instrumentales que o bien irrumpen el discurso solístico, casi improvisado, del corno inglés, el violín o el violonchelo, o bien se infiltran en él, para dar paso a zonas contrastantes de mayor tensión y densidad sonora. El entramado armónico que sustenta a su vez una línea melódica omnipresente conforma la organicidad de la obra, articulada en secuencias enfrentadas de ritmos persistentes repletos de aristas, frente a borrosos diseños que otorgan profundidad, como la presencia de los fragmentos destinados a las tres flautas, confrontando de este modo una técnica exquisita con esbozos de enorme sencillez perceptiva. La extravagancia de los obstinatos en el metal, las violas o la percusión recrea una atmósfera violentamente efectista y, en cambio, otros planos se amparan en amplios y agudos pasajes en la cuerda y la madera, que enredan la trama para liberarse en el estatismo de sugestivas sonoridades (en el contrabajo o la marimba), que avivan la curiosidad auditiva del oyente, quien, de tanto en tanto, queda atrapado en detalles tímbricos concretos, en el arpa o el requinto. El clímax orquestal abarca todo el espacio hasta la extenuación, a la manera de los encuadres fellinianos.

Fernando Buide asimila la discontinuidad del Satiricón creando un ambiente enardecido al suceder episodios que constituyen bisagras fusionadas en una única sección, a través de un lenguaje accesible para el público en general. La obra se acaba diluyendo en un dilatado solo de violonchelo, cuyos trinos finales pasan de un misterioso susurro al silencio. Si bien la composición no guarda relación directa con las degeneraciones romanas, Buide traduce libremente la exuberancia del Satiricón entre la lógica formal y la sinceridad expresiva, con la única fidelidad de obedecer a su vigorosa imaginación.

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