Suecia

Verdi pasó por Estocolmo

Agustín Blanco Bazán

viernes, 20 de mayo de 2016
Estocolmo, martes, 17 de mayo de 2016. Macbeth, ópera en cuatro actos con libreto de Francesco Maria Piave y Andrea Maffei y música de Giuseppe Verdi. Versión de 1865. Lady Macbeth: Vittoria Yeo. Macbeth: Luca Salsi. Macduff: Francesco Meli. Banquo: Ildar Abdrazakov. Malcolm: Antonello Ceron. Coro de Cámara Eric Ericson, Coro de la radio sueca, miembros del coro de la Opera Real Sueca, Orquesta Filarmónica Real de Estocolmo bajo la dirección de Riccardo Muti.

Cinco años después de recibir el Premio Birgit Nilsson, el maestro Muti volvió a la gran sala de conciertos de Estocolmo, la misma que vemos en las ceremonias del Premio Nobel. Se trata de un atractivo auditorio neoclásico (1926) modernizadao con una enorme plataforma, cerrada al fondo por uno de esos mega-órganos que tanto atraen la vista de la audiencia con su ilusión de tuberías ondulantes. Y también se trata de la sede de una orquesta excelente que luego de una semana de ensayos acompañó al Muti en una antológica versión de concierto del Macbeth verdiano de 1865.

El sonido de la orquesta Filarmónica Real de Estocolmo es de una brillantez similar a sus pares de Viena o Berlín y la precisión divisiva de los planos sonoros entre los diferentes grupos de instrumentos permite una clarísima apreciación de contrastes cromáticos. ¡Como parecían volar los coros de las brujas apoyado en staccatos tan punzantes como distendidos! Las cuerdas son de moderada incisividad pero clarísimas en su proyección sonora y las maderas de viento cálidas y precisas. En una acústica donde sospecho siempre hay que luchar para controlar los fortísimos, los metales sonaron con una luminosidad nunca agresiva sino de lubricada redondez.

Hace algunos años Muti y la Filarmónica de Viena sorprendieron al público del Festival de Salzburgo con un Macbeth pesadamente rutinario. El de Estocolmo fue en cambio vibrante en virtuosismo de ejecución e intensidad dramática. Muti no ahorró en fortísimos y sus tiempos fueron a veces los mas vertiginosos que recuerdo haber escuchado en esta obra. En el final del primer acto, orquesta y coro se precipitaron en un “L’ ira tua” que salió con la expresividad de un “Dies Irae”, y la melodía del aria postrera de Macbeth, “Pietá, rispetto, amore” fue una lacerante cantinela de sublime arrebato, casi un vals, apoyado en un perceptivo contrapunto de cuerdas y vientos. Aquí Luca Salsi (Macbeth) lució sus mejores virtudes de fraseo y timbre. La calidez y apoyo de su canto legato y su énfasis de mordente lo ubican entre los mejores barítonos actuales. Lady Macbeth fue cantada con cuidadosa dicción y clara tesitura lírica por Vittoria Yeo, una joven soprano de origen coreano tal vez poco enfática en el fraseo requerido para “la luce langue” pero de impecables fiato y entonación para las líneas agudas de la escena del sonambulismo. Francesco Meli expandió su Macduff con estertórea y conmovedora declamación melódica e Ildar Abdrazakov impostó su Banquo con magistral combinación de resonancia y squillo.

Y vayan algunos ejemplos finales mas para subrayar la coherencia interpretativa general impuesta por el director de orquesta. En la escena del banquete la reprise del brindis de Lady Macbeth fue iniciada con un acorde de violines de vibrante y premonitoria intensidad. La banal melodía del comienzo se había transformado ahora en una desesperada lucha cuesta arriba y así lo expuso la orquesta, alcanzando contornos de sorna casi malherianos. En “Patria opressa”, Muti desaceleró para intensificarlo todo en un vibrante ralentando general, con la ayuda de una masa coral de poderosa proyección y fiato colectivo. Y el himno final terminó siendo un arrebato de exaltación similar al cierre de Fidelio. Fue una de esas precipitaciones donde el sonido se hace luz, y la expresividad capitanea a la métrica.

La parada Macbeth-Estocolmo es parte de la cruzada Verdi que Muti ha venido anunciando con bombos y platillos desde hace ya bastante tiempo. Durante una rueda de prensa en Salzburgo el año pasado, el cruzado insinuó que, como las intentonas de recuperación del Santo Sepulcro siglos atrás, también la suya era, hasta cierto punto, una misión de rescate. En su opinión, la creación artística verdiana corría el riesgo de naufragar en medio de un adocenamiento comercial y publicitario capitaneado cantantes exhibicionistas y directores que manejaban la batuta con la mecanicidad de un robot. Por un momento, el trasfondo de campanas salzburguesas fue tapado por la similarmente estertórea queja del maestro contra licencias como el agudo final de “Di quella pira.” Verdi no lo compuso, protestó Muti, y su inclusión destruía la vena dramática de la escena con una cacofonía cuya ridiculez Muti imita con irresistible comicidad. Semejantes exhibicionismos destruyen la esencia de partituras a las cuales él ha servido toda su vida y piensa seguir haciéndolo en forma prioritaria hasta el final. “Tengo miedo de encontrar a Verdi en el paraíso y preguntarle: ‘querido Giuseppe, ¿lo he hecho bien?’ Porque si él me contesta que no, la única solución sería morirme de nuevo….” Pero no. Estoy seguro que este tipo de dramas celestiales le serán ahorrados si sigue esmerándose para lograr resultados similares al Macbeth de Estocolmo.

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