Obituario

I'm not a woman, I'm not a man, I am something that you'll never understand

Sara Arenillas Meléndez

martes, 24 de mayo de 2016

Apenas varios meses después del fallecimiento de David Bowie, el mundo del pop hubo de vestirse otra vez de luto para rendir homenaje a uno de sus iconos más carismáticos y heterodoxos: Prince. Hijo del pianista John L. Nelson, Prince fue un niño prodigio que firmó su primer contrato discográfico a los diecisiete años y lanzó su primer disco a los diecinueve1. A pesar de pertenecer a la industria del pop, Prince luchó a lo largo de toda su carrera por mantener su condición y su status de músico, construyéndose un halo de autenticidad difícil de emular. De forma similar a Madonna, dirigió personalmente todos los aspectos de su trabajo: componía y arreglaba sus canciones, tocaba gran variedad de instrumentos y se implicaba en la grabación de sus videoclips y películas. Asimismo, exigía a los que le rodeaban la misma profesionalidad musical que él poseía (por ejemplo, eludía sistemáticamente el uso del playback y enfatizaba que “los músicos reales, tocan música real”2 y protegía sus derechos de creador de forma casi patológica (llegó a querellarse con sus propios fans por el uso de sus imágenes sin autorización). Mediante éstas y otras estrategias, Prince consiguió conciliar en su discurso la veracidad y la honestidad de su arte con la masividad y el espectáculo de su condición de estrella del pop (por ejemplo, en Purple Rain incluyó aspectos autobiográficos que ayudan a ligar su producción musical con sus experiencias personales).

Por otra parte, al contrario que muchos de sus colegas afroamericanos Prince desafió activamente los estereotipos de masculinidad al absorber la feminidad en su música y su imagen. El pop y el rock se distinguen no tanto por cuestiones musicales como ideológicas, en las cuales la cuestión de género tiene un papel fundamental3. Prince a pesar de ser un guitarrista hábil se insertó dentro del pop (que a menudo es considerado como un género dirigido al público femenino), facturando música de marcado carácter bailable y feminizando los habituales patrones gestuales de masculinidad asociados con la interpretación de dicho instrumento4. En ello resultó fundamental su absorción del dandismo y el camp británico, de modo que, tal y como puntualizan Stan Hawkins y Sarah Niblock en Prince: The Making of a Pop Music Phenomenon (2012): “fue su, a pesar de excesivamente feminizada, `cargada´ heterosexualidad y su apariencia y sus gestos de dandy lo que permitió a sus fans femeninas desearle e identificarse con él de forma simultánea”5.

Así, la figura de Prince ha resultado única dentro de la historia del pop por su performance conjunta de la identidad étnica (afroamericana) y sexual (masculinidad heterosexual y femenina). Su relevancia se debe no sólo a su talento y profesionalidad musical, sino también a su superación de las la desigualdades de género tanto directa (contratando y colaborando habitualmente con músicos mujeres como Wendy Melvoin y Lisa Coleman), como indirectamente (exhibiendo una masculinidad que positiva la feminidad). Ello constituye un discurso atípico dentro del pop que no siempre ha sido fácil de comprender (en ocasiones se ha acusado al artista de misoginia, asexualidad, etc.), pero que quizás haya abierto el camino a otros que, como él, desean construir nuevas identidades que nos ayudan ser más libres, más creativos y más conscientes de nuestra propia artificialidad.

 

 

Notas

For You (Warner Bros. Records: 1978).

“`Real musicians, play real music´”. Stan Hawkins and Sarah Niblock, Prince: The Making of a Pop Music Phenomenon (Farnham: Ashgate, 2012), p. 19.

A éste respecto pueden consultarse publicaciones como Sexing the Groove: Popular Music and Gender, editado por Sheila Whiteley (London: Routledge, 1997) o The Sex Revolts: Gender, Rebellion, and Rock ‘N’ Roll de Simon Reynolds y Joy Press, (Cambridge: Hardvard University Press, 1995).

Las características musicales de la producción de Prince han sido estudiadas por autores como Anne Danielsen en ‘His Name Was Prince: A Study of Diamonds and Pearls’ [Popular Music, 16.3 (1997), 275–91] , o Stan Hawkins en ‘Prince: Harmonic Analysis of `Anna Stesia´’ [Popular Music, 11.3 (1992), 325–35], así como su discurso de género en ‘Prince as Queer Poststructuralist’ de Robert Walser [Popular Music and Society, 18.2 (1994), 79–89].

“…it was his heterosexually-charged yet excessively feminized and dandy appearance and gestures that allowed his female fans to simultaneously desire him and identify with him”. Stan Hawkins and Sarah Niblock, Prince: The Making of a Pop Music Phenomenon (Farnham: Ashgate, 2012), p. 25.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.