España - Cataluña

Otro reparto con la misma dramaturgia

Jorge Binaghi
jueves, 9 de junio de 2016
Barcelona, domingo, 29 de mayo de 2016. Gran Teatre del Liceu. I Capuleti e i Montecchi (Venecia, La Fenice, 11 de marzo de 1830), libreto de F. Romani, música de V. Bellini. Puesta en escena: Vincent Boussard. Escenografía: Vincent Lemaire. Vestuario: Christian Lacroix. Luces: Guido Levi. Intérpretes: Silvia Tro Santfé (Romeo), Patrizia Ciofi (Giulietta), Antonino Siragusa (Tebaldo), Simón Orfila (Lorenzo) y Marco Spotti (Capelio). Coro (maestra: Conxita García) y orquesta del Teatro. Dirección: Riccardo Frizza.
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Una segunda visión en 24 horas de esta producción de I Capuleti e i Montecci hace aún más evidente la vaciedad total de la propuesta escénica de Vincent Boussard (esa interminable escena muda, parecida a un pase de modelos, al principio del segundo acto; esos exagerados sombreros masculinos que se quitan y ponen en el primer cuadro mientras las sillas de montar se mantienen inmóviles durante arias y cabalettas, para reaparecer –vaya uno a saber por qué- en el primer cuadro del segundo acto con proyecciones de caballos en escenas de luchas…). Y el sr. Lacroix habrá ejercitado mucho su fantasía, a costa del presupuesto del teatro de Baviera (¿en cuánto ha participado el Liceu en esto?), pero los vestidos son entre exagerados, ridículos y feos. Lo mejor siguen siendo las luces ya que las escenas son de una pobreza o nulidad total.

Mejoró en cambio la dirección de Frizza, por lo menos en cuanto a dar una versión más ordenada y contenida de la obertura, y asimismo –dentro de lo agrio del sonido de las cuerdas, que parece un mal endémico- pareció más equilibrada la orquesta. También Spotti exhibió una voz más redonda, mientras que el coro y Orfila reeditaron sin grandes diferencias su meritoria pero no extraordinaria prestación del día anterior.

El teatro estaba algo más lleno y dispuesto a aplaudir que en la función anterior (también fue más ruidoso y en dos momentos clave fuimos obsequiados con interminables sonidos de móviles y objetos que caían al suelo), y así fue. La principal beneficiaria fue Patrizia Ciofi, quien, dominando el italiano y el estilo y hasta cierto punto la técnica, logró ocultar sus limitaciones conocidas (al menos por quienes no se obnubilan ante ella):  el papel no la obligó a cantar una cabaletta ni un rondó tan penosos como los de su Sonnambula, y le permite hacer uso de ‘messe di voce’ (conseguidas rebuscando de aquí y allá, pero conseguidas al fin) y evitar en lo posible el agudo pleno y los sobreagudos aunque cuando no puede evitarlos el sonido se abre y descontrola; tampoco le presentan los recitativos mucho centro y grave, que son escasos y descoloridos (cualquier ‘dubbio’ o ‘trafitto’ puede demostrarlo fehacientemente). Es una buena artista y eso termina de condimentar el plato. Tro Santafé no tiene sus tablas; se defiende hasta que llegan los agudos, cuyo descontrol disimula mucho menos, o cuando los graves se hacen definitivamente engolados.

El más débil del trío protagonista es, con todo, Siragusa, que al parecer cantará aquí Rigoletto; si ya para Tebaldo su timbre es absolutamente imposible (lo que se oyó en el dúo del tercer acto fue inverosímil), imaginemos para el Duque. Dice bien, articula claro el texto y si el agudo viene bien puesto y es ‘di forza’ esos son los momentos en que los otros elementos –incluida la disminución de volumen- pueden (no es que ‘deban’) pasar a un segundo plano. Tomando el conjunto de los días sería un milagro que la obra reapareciera antes de pasados otros treinta años, o más, y en ese caso no estaré yo –con gran alivio de todas las partes, empezando por mí mismo- para dar cuenta del éxito. No es que la obra sea débil o esté pasada, aunque he leído y oído a varios que eso dicen; sucede que es difícil y no admite interpretaciones ‘astutas’.

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