España - Madrid

¿Será Mozart suficiente?

Jorge Binaghi
jueves, 28 de julio de 2016
Barcelona, lunes, 18 de julio de 2016. Gran Teatre del Liceu. Die Zauberflöte, Viena, Theater auf der Wieden, 30 de septiembre de 1791. Libreto de E. Schikaneder y música de W. A. Mozart. Dirección escénica: Suzanne Andrade y Barrie Kosky. Video y animación: Paul Barritt. Escenografía y vestuario: Esther Bialas. Intérpretes: Dimitry Ivashchenko (Sarastro), Olga Pudova (Reina de la Noche), Allan Clayton (Tamino), Maureen McKay (Pamina), Allan Clayton (Papageno), Julia Giebel (Papagena), Peter Renz (Monostatos), Nina Bernsteiner (Primera dama), Karolina Gumos (Segunda dama), Ezgi Kutlu (Tercera dama) , Timothy Richardson y Bogdan Talos (Guerreros), y miembros del Tölzer Knabenchor. Orquesta y coro del Teatro (preparado por Conxita García). Director: Henrik Násási
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Esta primera función de una serie larga (cerrará la temporada con dos repartos y volverá en septiembre con uno y algún cambio para abrir la próxima) fue dedicada a las víctimas de Niza y de todos los sucesos violentos de los últimos tiempos con el deseo expreso de que la música sirva como puente para la paz. Todo un detalle porque además concuerda en particular con lo que dice (y se oye) en esta maravillosa ópera de Mozart. Yo estaré muy mayor, o mi cuota de asombro e indignación habrá sido superada (sin duda he visto mucho disparate de mis congéneres en todas las latitudes), pero por primera vez me pregunto si Mozart podrá con tanta locura. Y me temo que no. Hasta hace poco no dudaba de que tenía razón el protagonista de El lobo estepario de Hesse (un autor que me parece olvidado o poco valorado hoy) cuando en medio de su desesperación (vayan ustedes a ver la fecha en que se publicó) al final del libro se aferraba a Mozart y Haendel para procurar seguir creyendo en esa malévola criatura que somos, todos. Pero si ya Mozart era ‘denunciado’ como ‘compositor reaccionario burgués’ por los líderes de la revolución cultural china, no me parece que los dementes actuales sean más ‘capaces’ de ‘comprender’; al contrario. Y no hablo sólo de los que no comparten valores ‘occidentales’ (signifiquen lo que signifiquen existen o existieron aunque ahora sean casi siempre un flatus vocis), sino también de los mediocres (en el mejor de los casos) ‘líderes’ del ‘mundo libre’. Si le agregan que esto tuvo lugar precisamente el 18 de julio, a los ochenta años del levantamiento sedicioso contra una república democráticamente elegida (qué curioso que entonces pocos, si algunos, se rasgasen las vestiduras como ahora en el caso de Turquía: ¿será un progreso u otra señal de oportunismo? Ya comparar a la República española con lo que corre como gobierno democrático en Turquía parece ofensivo…) hay motivos de preocupación serios.

La flauta mágica. Barrie Kosky, director artístico. La flauta mágica. Barrie Kosky, director artístico. © 2016 by A. Bofill

Superada la reflexión (que a muchos habrá impacientado, si no algo peor), pasemos a la función. Lo primero y mejor es que si la Komische Oper de Berlín (la del impagable Felsenstein, que las tradiciones sirven para algo y no sólo para el conservadurismo) tiene siempre este nivel, sin divos de ninguna clase, cómo nos haría falta (en varios lugares, no sólo aquí) esta forma de hacer ópera. Nadie estuvo mal; probablemente nadie estuvo superlativo, pero el conjunto funcionó como un reloj suizo (de los de antes) y con el mérito de responder a una puesta en escena llena de color y fantasía, pero difícil. Kosky dejó cualquier escarceo filosófico y la convirtió, con la complicidad de Andrade y ese maestro en el arte del video y de la animación que es Barritt, en una comedia romántica del cine mudo (un excelente intérprete de fortepiano -Pau Casan- intervenía con fantasías de Mozart cada vez que aparecían los títulos explicativos, tomados muchas veces de los diálogos originales suprimidos en su totalidad -algo excesivo porque no permite nunca a los intérpretes serlo a fondo -el ejemplo más elemental es la gran aria de Pamina- y porque acarreó cortes, como el de los sacerdotes que siguen a Tamino y Papageno en las pruebas).

La flauta mágica. Barrie Kosky, director artístico.La flauta mágica. Barrie Kosky, director artístico. © 2016 by A. Bofill

Las evocaciones y alusiones son muchas y claras y el público aplaudió a rabiar al equipo escénico al final (ya una cosa rara, y saludable; en la temporada que acaba únicamente el montaje de Benvenuto Cellini generó un entusiasmo superior). Y el ritmo es endiabladamente ágil y algunos guiños ‘de género’ (o sea de orientación sexual, para dejar de ser tan aburrida y políticamente correctos), por ejemplo cuando suena el carrillón de Papageno para apaciguar a Monóstatos y sus hordas, fueron más que bienvenidos y oportunos. Los gags y los colores fueron una maravilla, pura fiesta. Oh, la obertura se pudo escuchar a telón corrido sin ninguna pirueta que la ‘animara’: bravo.

La flauta mágica. Barrie Kosky, director artístico.La flauta mágica. Barrie Kosky, director artístico. © 2016 by A. Bofill

La versión musical no fue tan extraordinaria, pero sí aceptable o algo más, y eso que la dirección de Násási, correcta, no tuvo gran relieve, y la orquesta funcionó bien, pero no a niveles excelsos (¡qué cuerdas desangeladas!). El coro también tuvo una buena noche, mejor en los momentos más íntimos de plegaria en el segundo acto, que en los efervescentes de los dos finales, donde estuvo demasiado eufórico.

No iremos a descubrir aquí grandes cantantes, con la posible excepción del futuro de la carrera de Ivashchenko, un bajo notable (amplificado como orador y en alguna frase fundamental de Sarastro) con buen color y extensión. El, como el resto, tuvo una presencia y un comportamiento escénico excelentes.

La flauta mágica. Barrie Kosky, director artístico. La flauta mágica. Barrie Kosky, director artístico. © 2016 by A. Bofill

Pudova era la Reina, como la última vez que vi esta obra y, como entonces, estuvo bien o muy bien, con algún extremo metálico, y resultó absolutamente impersonal. Clayton es un buen tenor, de voz no muy bella, y sin muchos matices (parece que últimamente los Taminos tienen inclinación a cantar casi todo ‘forte’. Tampoco el timbre de McKay es inolvidable, pero también canta bien y con gusto y un buen agudo (tal vez resultó en algún momento un punto liviana para Pamina). Como suele suceder el artista superó al cantante (correcto, algo nasal) en el Papageno de Köninger. Poco le quedó para hacer a Giebel (Papagena), ya que con los diálogos amputados, apenas la vimos antes del duó con Papageno.

La flauta mágica. Barrie Kosky, director artístico.La flauta mágica. Barrie Kosky, director artístico. © 2016 by A. Bofill

Excelentes las tres damas en todos los aspectos (y esto sí es algo más que loable): de las tres, tal vez Bernsteiner y Gumos hayan sobresalido más, pero puede ser una impresión personal. El difícil y breve papel de los dos hombres armados estuvo en buenas manos, mejor quizá Talos que Richards) y fueron magníficos los tres muchachos (en especial el mayor y de voz menos ‘angelical’). En otro papel tal vez Renz resultaría claramente insuficiente, pero su Monóstatos compensó el timbre desagradable y la falta de extensión con una gran actuación, y el papel puede quizás admitir esa pobre vocalidad. El teatro estaba muy concurrido, casi nadie usó su móvil cuando no debía, y sólo se oyeron aplausos al final del dúo de los Papagenos, pero el desquite llegó al caer definitivamente el telón.

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