España - Castilla y León

Caminos secretos

Samuel González Casado
miércoles, 3 de agosto de 2016
Ávila, miércoles, 27 de julio de 2016. Lienzo Norte. Natalia Ensemble: Tristan Thèry (violín), Oleguer Beltrán (violín), Behrang Rassekhi (viola), Raúl Mirás (violonchelo), José Andrés Reyes (contrabajo), André Cebrián (flauta), Luciano Cruz (oboe), Darío Mariño (clarinete), Álex Salgueiro (fagot), Maciej Baranowski (trompa), Jonathan Müller (trompeta), Lars Karlin (trombón), Bleuenn Le Friec (arpa), Irene Alfageme (piano), Esteban Domínguez (armonio y piano), Jaume Santonja, Sergi Sampere y Manuel Martínez (percusión). Wagner: Tristan und Isolde: Preludio. Mahler: Sinfonía n.º 2, "Resurrección": Movimiento n.º 1, "Totenfeier". Bartók: El mandarín maravilloso, op. 19: Suite. Ocupación: 98 %.
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Asistir a un concierto de arreglos para pequeña agrupación de obras sinfónicas y asistir a un concierto del Natalia Ensemble tienen poco que ver. Me explico: aunque en principio podemos pensar que un arreglo es lo que escucharemos a este conjunto, y en puridad así ocurre, hay varios asuntos que marcan la diferencia. El primero de ellos es que estas versiones —en las que colabora todo el grupo, aunque ciertos miembros realizan el trabajo de base— aportan tanto como respetan, porque melodía y armonía son perfectamente reconocibles, hasta el punto de que no se echa nada en falta (por ejemplo, puede disfrutarse de soberbias gradaciones dinámicas y clímax repletos de efecto); y a la vez todo adquiere una nueva luz, ya que ese respeto, en un pequeño ensemble instrumental, implica encontrar unas soluciones distintas a las originales que transmiten sensaciones novedosas, estimulantes , como si recorriéramos el mismo paisaje por caminos secretos recién descubiertos. Varios de estos caminos tienen que ver con la combinación entre la transparencia connatural a este tipo de formación con la implicación, la pasión y la complicidad.

Está claro que en una formación así los posibles errores se amplifican, porque los músicos van turnándose en protagonismo y la "visibilidad" de todos es extrema. Aquí adquiere importancia otra virtud del Natalia Ensemble: la calidad individual. Muchos miembros pertenecen o colaboran con orquestas de primera fila, como la Filarmónica de Berlín o la Gewandhaus de Leipzig, lo que se nota y mucho. Además, el hecho de que la idea partiera de unos cuantos músicos de la Joven Orquesta Gustav Mahler ya puede dar a entender que los estándares fueron altos desde el principio.

Respecto a la interpretación del día 28, puede afirmarse que se fue de menos a más. En la versión de concierto del Preludio de Tristan und Isolde tiene que ser complicado aunar criterios sobre la línea o el carácter, ya que se trata de una música diáfana que admite muchas posibilidades. Técnicamente se notó cierta frialdad, sobre todo en los ataques de las maderas en piano y en la afinación de la cuerda, que igualmente sufrió un poco para poder transmitir toda su información en los momentos más intensos. Pese a ello, los resultados fueron muy plásticos, y combinaron los elementos de "gran tradición", sobre todo en las transiciones, con otros que les otorgaban mucha fluidez.

El primer movimiento ("Totenfeier") de la Sinfonía n.º 2 de Gustav Mahler se caracterizó por el extremo contraste entre secciones y fue un ejemplo sorprendente de cómo un todo, reducido y recompuesto, puede seguir produciendo exactamente lo mismo si se procede con buen criterio. La coordinación mejoró, con algún pequeño problema para seguir algunos ataques del concertino que conllevaban cierta aceleración, que por otra parte demostró una calidad sobresaliente; algún detalle discutible, como la forma algo lineal de realizar los portamentos, no empañó su agotadora labor.

El carácter marcado de la obra de Mahler ya mostró a las claras que un punto fuerte de este grupo está en la capacidad para los cambios de ritmo a partir del protagonismo solista de las secciones musicales: cada familia tiene muy claro lo que tiene que hacer, y los relevos se producen con una asombrosa limpieza y capacidad contrastante. Con ello, está claro que la difícil segunda parte, constituida por la suite de El mandarín maravilloso de Bartók, sería una fiesta, pero la realidad superó todas las expectativas. Los músicos fueron capaces de darlo todo siempre encaminados hacia la precisión y notoriedad de multitud de exuberantes detalles, otra vez con la carta ganadora de esa transparencia que permite desarrollar y jugar con elementos que en la versión original pueden llegar a pasar desapercibidos. La explosión de color y de empuje fueron tales que después de la conclusión el numeroso público asistente, puesto en pie, entró en una especie de histeria colectiva de gritos de todo tipo, aplausos y silbidos entusiastas.

¿Alguien se ha atrevido a dudar alguna vez de que la música de Bartók, en Ávila o en cualquier otro lugar, sea capaz de causar semejante éxtasis colectivo? Puede que sí. Pero para llegar a versionar al compositor húngaro hay que comprenderlo muy bien, y al final eso el público lo capta, lo disfruta y por lo tanto se convierte en una fórmula de éxito. Una vez salga a la venta, el próximo noviembre, el anterior registro de este conjunto (Sinfonía n.º 5 de Gustav Mahler), esperaré impaciente la grabación de al menos este maravilloso Mandarín, tan exótico como auténtico.

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