España - Galicia

Contra viento y marea

Hugo Alvarez Domínguez

viernes, 14 de octubre de 2016
A Coruña, sábado, 3 de septiembre de 2016. Palacio de la Ópera. Falstaff, ópera buffa en tres actos con música de Giusepppe Verdi y libreto de Arrigo Boito, estrenada el 9 de Febrero de 1893 en el Teatro Alla Scala de Milán. Gustavo Tambascio, dirección escénica. Antonio Bartolo, escenografía. Gabriela Salaverri y Natalia Balada, vestuario. Reparto: Bryn Terfel (Sir John Falstaff); Juan Jesús Rodríguez (Ford); Ainhoa Arteta (Alice Ford); Marianne Cornetti (Mrs. Quickly); Cecilia Molinari (Meg Page); Francisco Corujo (Fenton); Ruth Iniesta (Nanetta); Francisco Pardo (Dr. Cajus); Mikeldi Atxalandabaso (Bardolfo); David Sánchez (Pistola). Orquesta Sinfónica de Galicia. Coro Gaos. Minigaos. Nueva Producción de Amigos de la Ópera de A Coruña. Programación Lírica A Coruña 2016

Después de un año muy convulso tras la abrupta cancelación de la Temporada Lírica en Enero del presente año y con un recorte presupuestario que roza lo sangrante, la ópera volvió a A Coruña de la mano de Amigos de la Ópera -en el antiguo formato de Festival de Ópera, aunque ahora se denomine Programación Lírica 2016- nada menos que con Falstaff, última ópera de Giuseppe Verdi: en forma de carambola, se consiguió levantar una función de una ópera difícil, con presupuesto corto y un elenco que resultaría atractivo en cualquier teatro internacional. La ópera volvió pese a todo, contra viento y marea; la ópera volvió a llenar el Palacio de la Ópera -entradas agotadas- y el resultado demostró que existe una demanda de ópera clara en la ciudad; siendo la actividad lírica algo por lo que que las instituciones pertinentes deberían apostar de forma firme.

El presente Falstaff nació pensado para interpretarse en concierto; pero por una carambola de última hora se consiguió convertir en una ópera escenificada, gracias a una producción propia de Amigos de la Ópera que contó con muy poco elementos escénicos firmados por Antonio Bartolo -ventanas, algunos elementos de mobiliario, ambientación en los años 50 de la mano de un interesante vestuario de Gabriela Salaverri y Natalia Balada...- y la dirección escénica de un nombre de teatro experimentado como Gustavo Tambascio. No se necesitó más. El trabajo actoral que Tambascio desarrolló con los cantantes fue francamente impecable, potenciando el juego escénico y dando ritmo a una obra que así lo requiere. La sensación de trabajo en equipo y la voluntad de todo el elenco por sacar la función adelante se plasmó en un montaje vistoso y divertido, que funcionó con gran fuerza teatral en los dos primeros actos; acaso quedando el tercero -sobre todo en su escena final del aquelarre fingido en el bosque- algo deslucido por la ausencia total de elementos escénicos -porque Tambascio opta de pronto por despojar el escenario de lo poco que tenía hasta el momento...-. No hubo ni konzepts ni piruetas, pero nadie dirá que faltó trabajo de dirección de actores en este montaje, ni que pareció cutre -que no lo fue en absoluto-, ni que se apreciase sensación de desnudez precisamente por eso: porque la dirección de actores fue trabajada e impecable. Sin salir de A Coruña, se han visto propuestas para otras óperas que resultaron más aparatosas visualmente, pero mucho más acartonadas en lo teatral: este Falstaff de Tambascio, sin embargo, potenció el teatro por encima de cualquier otro elemento, y el resultado fue muy estimable. Así, se demostró que menos es más, que se puede hacer mucho con muy poco cuando hay un director de teatro al frente, un director con ideas que huye de los acartonamientos de la ópera y un equipo dispuesto a trabajar con él. Teatralmente, esta solución de último momento fue perfectamente válida.

Apenas diez días de ensayos bastaron para levantar esta compleja ópera donde el trabajo de conjunto es fundamental. Sin mácula en sus breves intervenciones el Coro Gaos y el Minigaos. A pesar del buen trabajo de la Orquesta Sinfónica de Galicia -o de lo que quedó de ella, porque de sus primeros atriles casi no hubo ni rastro...- a nivel de afinación y empaste; lo cierto es que Alberto Zedda -a quien tantos buenos momentos le debe la ópera en A Coruña- no terminó de acertar en su lectura de la partitura, quién sabe si por falta de afinidad o por una mera cuestión de enfoque, pero el caso es que con bastante claridad sobraron decibelios en la orquesta y faltó frescura, ritmo y chispa; resultando una lectura bastante pesante de la obra. Si no se resintió el balance foso-escena fue porque se contaba con un reparto excepcional, de voces poderosas que pasaron sin problema la barrera orquestal. Algún puntual desajuste en cuadratura de los conjuntos -que también lo hubo-, ha de achacarse más al escaso tiempo de ensayos que a la lectura de Zedda.

El reparto, como digo, reunía a algunos de los nombres más importantes de la lírica actual. Tener a Bryn Terfel -quién sabe si el Sir John Falstaff más importante de su tiempo- como protagonista es un lujo asiático, más aún si consideramos la poquísima ópera que el bajo-barítono galés ha cantado en nuestro país. Aquejado por una indisposición no anunciada pero bien notoria, Terfel tiró de recursos escénicos y de una voz poderosa -esta noche el agudo se resentía notablemente, aunque sin llegar a quebrarse nunca- para trazar un personaje que enfocó como en gentleman, sin olvidar toda su vertiente bufa. Fue el suyo un Falstaff muy cómico, pero poco dado a la sutileza en el canto -es un enfoque válido; pero habrá quien prefiera un canto más 'netamente verdiano' que de escuela buffa, por describirlo de alguna manera- que se metió sin embargo al público en el bolsillo por su gran capacidad comunicativa en escena y por su innegable carisma de gran artista. No hubo sorpresa con el Ford de imponentes medios vocales que cuajó un Juan Jesús Rodríguez de voz timbradísima -su “É sogno... o realitá?” fue uno de los puntales de la noche: la voz es poderosa, sana, hermosa y timbrada en toda la extensión: donde sí sorprendió fue destacando con una desenvoltura actoral mucho más trabajada que en otras funciones que le haya presenciado. Ainhoa Arteta, por su parte, en un momento vocal felicísimo, encuentra en Alice Ford un personaje que quizá no le permita excesivo lucimiento, pero que no le supone problema alguno a nivel vocal; y además dio la sensación de estar disfrutando mucho de la comedia en escena; mientras que Marianne Cornetti -debutando la parte de Mrs. Quickly- destacó como actriz, aunque el papel .-exigente en una franja grave perfectamente cubierta por la americana- sólo deja entrever una parte de su talento: quienes hayan escuchado a Cornetti sabrán que cuenta también con una franja aguda poderosísima y sin parangón a día de hoy, que este papel no le permite mostrar. Más discreta fue la Meg Page de Cecilia Molinari, que entre tanta luminaria pasó vocalmente sin hacer demasiado ruido -y esto visto en sentido literal...-, por máss que en lo escénico estuviese perfectamente integrada con sus compañeros.

Muy musicales los enamorados de Ruth Iniesta – de bella y amplia voz, y con una desenvoltura escénica que indica que proviene del mundo del musical-y Francisco Corujo -capaz de sacar petróleo de su aria en el tercer acto, fraseada de forma excelsa, y que demostró el juego que puede dar en este tipo de repertorio, en la línea de su exitoso Tamino en esta misma plaza el año pasado-. Descacharrante en lo escénico e incisivo en lo vocal el Bardolfo de Mikeldi Atxalandabaso, que formó perfecto tándem con el sonoro pistola de David Sánchez -quien se reveló como otro estupendo actor cómico-, y en su sitio el Dr. Cajus del local Francisco Pardo, un elemento que crece y crece cada día en este tipo de personajes que le ofrece el certamen.

Función llena a rebosar, aire de regocijo en el público y la doble sensación de un deber cumplido para la institución: por haber podido levantar con garantías -con sus más y sus menos, pero con garantías incuestionables- un título complejo como es Falstaff -que no es poca broma...-; y por haber resurgido de sus cenizas cual ave Fénix; por levantarse después de haber caído. El que la sigue, la consigue: al final volvió la ópera a A Coruña, contra viento y Marea. Ante el éxito alcanzado, alguien debería tomar nota de que el público quiere ópera en la ciudad.

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