España - Madrid

Una finta al fútbol

Fernando Galicia

miércoles, 20 de marzo de 2002
Madrid, miércoles, 13 de marzo de 2002. Auditorio Nacional de Música. Arias y Recitativos de 'La finta giardiniera' Kv 196, ópera de Wolfgang Amadé Mozart. Rebecca Evans, soprano Lynne Dawson, soprano Kobie Van Rensburg, tenor Bernard Loonen, tenor. Orquesta Barroca de Friburgo Gottfried Von der Goltz, director. Ciclo de Promúsica
Tarde entretenida la del pasado miércoles en el Auditorio Nacional de Música, y buena alternativa a la dichosa Champions League. En un buen golpe de mano, el ciclo de Promúsica nos presentó, en versión de concierto, eso sí, la primera ópera de un Mozart aún adolescente.La obertura sonó bastante bien en su conjunto, si bien hay que resaltar que fallaron mucho las entradas. Los instrumentos, de 'época', dieron el toque especial a la interpretación musical con su timbre particular. No obstante, es cierto que de vez en cuando los metales llegaban avasallando, y que el clave, por el contrario, estaba allí, en el centro, sin más, como un mueble que producía sonidos de fondo... pero muy al fondo. Todo el mundo sabe que su sonido es débil, mucho más que el de una orquesta, pero aún así dio la impresión de sonar todavía menos, pareciendo justificar su presencia únicamente por ser el símbolo, tal vez, de ese Mozart precoz. Lo que más llamó la atención del conjunto fue su 'coreografía': nunca antes había visto tales escorzos, y tan coordinados, por parte de los músicos (en especial los violinistas), encima de un escenario. Este hecho le quitaba seriedad al asunto, pero no por ello quiero decir que no fuera correcto: opiniones habrá para todos los gustos.Comenzó la parte vocal presentando a los dos hombres de la historia. En primer lugar vino el aria del Podestà, Dentro il mio petto io sento, en la escena segunda del primer acto. El tenor, Bernard Loonen, fue el encargado de 'abrir el fuego', y lo hizo con más ganas que voz. Alguien me dijo por ahí 'parece que lleva puesta la sordina'. Lo intentó solventar con una gran cantidad de gestos, y hay que decir que su interpretación era creíble, aderezada con el color tan especial que le dio la flauta... pero llegó el siguiente aria y la comparación fue inevitable. Se trataba del aria Che beltà, che leggiadria, del Conde Belfiore, en la escena séptima. El tenor Kobie van Rensburg no sólo mostró una voz magnífica, sino que también hizo alarde de interpretación y simpatía sobre el escenario, relegando a Loonen a un papel si cabe más secundario todavía. La orquesta volvió a fallar en el final, que salió descoordinado, si bien hay que resaltar el papel de los oboes, muy comedidos.A continuación vino el recitativo Sposa, Arminda, mio sole, a trío entre los tenores y la soprano Lynne Dawson, que se mostró con mucha gracia en la escena. Este recitativo no tuvo nada de particular; tan sólo la medio-actuación de los tres para preparar el aria de Arminda, Si promette fácilmente, también en la séptima escena del primer acto. Fue un aria muy expresiva, donde Dawson hizo gala de su buena voz, muy fina, especialmente en las subidas y fortes, y más aún cuando tras ello enlazaba con el siguiente pasaje de manera suave y continua, manteniendo la voz de manera extraordinaria. La orquesta aquí si estuvo bien, muy bien.El recitativo siguiente, Che dite, signor Conte, no fue más que la confirmación de lo que todos se temían: el diálogo entre Belfiore y el Podestà no fue tal, sino más bien un monólogo con eco, puesto que el primero se 'comió' en gracia y voz al segundo. Y después el aria Da Scirocco a Tramontana, una de las mejores de la tarde, donde Van Rensburg interpretó el papel con mucho carácter y desparpajo, jugando con las cosas del atril, haciendo muecas, gestos, e incluso retirándose de la escena y sentándose al más puro estilo de 'Les Luthiers', a ritmo con la música.Por último, antes del descanso, salió el cuarto personaje importante de la ópera, Sandrina, interpretado por la soprano Rebecca Evans. Fue con la cavatina Geme la tortorella, en la escena décima del primer acto. Evans mostró una muy buena voz, con precisión en las coloraturas, pero que falló en las subidas dejando tras de sí una especie de 'estela sonora' similar a las que se dejan de vez en cuando en esos coros de iglesia de pequeño pueblo. Por otro lado, las respiraciones llegaban siempre en lugares poco adecuados para ello, cortando la línea melódica. Genial estuvo la orquesta, dejando que el sonido se fuese perdiendo al final. Como nota curiosa, señalar que Lynne Dawson no salió a saludar con sus compañeros de reparto en el descanso con los aplausos del público.Ella misma fue la encargada de abrir la segunda parte con Van Rensburg, con el recitativo Ah che son disperato!, como preámbulo al aria Vorrei punirti indegno, de la segunda escena del segundo acto, en la que tanto ella como la orquesta estuvieron muy correctos. A continuación llegó el aria del Podestà, que pasó sin pena ni gloria y en la que sólo cabe destacar de nuevo la poca voz de Loonen. El recitativo Crudeli, oh Dio! Fermate comenzó un tanto descoordinado por parte de la orquesta, que tanto aquí como en el aria tropezaron con las entradas una y otra vez; parecía que estaban poco pendientes de la solista. Rebecca Evans estuvo poco expresiva. En la cavatina Ah dal pianto, dal singhiozzo volvieron las coloraturas de manera, ahora sí, un poco más brillante. El recitativo Ma qui niuno m'ascolta e niun si vede pasó casi desapercibido. Hay que señalar que todo este bloque de la soprano, del primer acto, escena quince, está colocado aquí en medio por decisión de los artistas, en una especie de intención de estructurar de manera un poco más lógica el argumento de la ópera (en la primera parte presentaron los personajes, y en la segunda la trama de manera ordenada).Paradójicamente, lo más pesado de la tarde fue el recitativo y el aria del conde Belfiore, Ah non partir...m'ascolta, en la duodécima escena del segundo acto. Se hizo monótona y con muy poco movimiento de alturas. Sin embargo, el aria del Podestà Mio padrone, io dir volevo, sita en la cuarta escena del primer acto, aunque con poca potencia se hizo más interesante, con más carácter.A continuación venían el recitativo y el dueto de Sandrina y el conde Belfiore. El recitativo, aunque muy bien cantado, se hizo también algo pesado; tal vez el problema radicase en que en esta ocasión ya no se interpretaba el papel, como se hacía en el primer acto. La orquesta volvió a caer en las entradas. El dueto Dove mai son!, de la séptima escena del tercer acto, fue el que solucionó la situación, con una orquesta ahora sí muy sobria y correcta y que interpretó de manera magistral los pasajes virtuosísticos del final; asimismo los dos solistas estuvieron muy compenetrados.Por último, el final Viva pur la Giardiniera, breve y un tanto marcial, pero muy bien. La obra cosechó muchos aplausos, y al final, cuando parecía que todo se acababa, las dos sopranos volvieron para obsequiar al público con un dueto de la también mozartiana Las bodas de Fígaro. Muy breve y muy en su sitio, tanto las voces como la orquesta, que no olvidó su papel de mero acompañante.En definitiva una buena Finta para todos. El director, Gottfried von der Goltz, habitualmente primer violín de la orquesta, cumplió con su papel pero sin sobresalir demasiado. No se le puede pedir mucho más de lo que hizo... sólo controlar esas entradas para poder comenzar ordenados desde el principio.

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