España - Madrid

La Argerich y los Quiroga: de la alquimia en la música de cámara

Pelayo Jardón

martes, 1 de noviembre de 2016
Madrid, jueves, 6 de octubre de 2016. Auditorio Nacional de Música. Martha Argerich, piano. Cuarteto Quiroga; Aitor Hevia, violín; Cibrán Sierra, violín; Josep Puchades, viola; Helena Poggio, violonchelo. J.S. Bach: Partita n.º 2 en do menor, BWV 826. J. Brahms: Cuarteto de cuerdas n.º 1 en do menor, op. 51, n.º 1. R. Schumann: Quinteto con piano en mi bemol mayor, op. 44.

El Cuarteto Quiroga ha dejado de ser una joven promesa para convertirse en una referencia obligada. Eso podría explicar el aforo completo. Pero quizá la verdadera causa fuera la Argerich, que, más allá de bizantinismos pianísticos es una leyenda viva. De ahí que sus contadas apariciones por estos pagos sean motivo de expectación: deseo de escucharla y curiosidad acerca de si conserva la varita mágica, o, como algunos otros, se la ha dejado por el camino. Entra a pasitos cortos, con andares de Madama Butterfly, quita el atril del piano, porque, cuando se toca de memoria, estorba, y empieza con la Partita n.º 2 de Bach.  Según comienza a tocar, uno se olvida de ella y sólo queda la música: tal es su principal virtud. Vuelca la serenidad que da la experiencia, la naturalidad de su técnica y la hondura de su instinto en una obra solemne que interpreta sin concesiones al manierismo. El Bach más atemporal y quintaesenciado, que no arqueológico, es el suyo: una arquitectura minimalista de bóvedas desnudas.  No hay desafíos, sino introspección, clarividencia. Nos tildarían de benevolentes, si silenciáramos ciertas irregularidades en algunos pasajes de texturas especialmente densas. Pero poco más cabría añadir, sino que estamos ante uno de los hitos del repertorio de Argerich.

Seguidamente sonó el Cuarteto de cuerdas, op. 51, n.º 1 de Brahms, una partitura de reminiscencias Biedermeier, pero con las miras puestas ya en el fin de siglo; algo así como el eslabón perdido entre Schubert y Schönberg, una obra, en fin, que contó con el respaldo desde su nacimiento de intérpretes míticos, como el gran violinista amigo de Brahms, Joseph Joachim. Al escuchar al Cuarteto Quiroga un trabajo de esta envergadura lo primero que llama la atención es —si se nos permite la expresión, y como si de una obra de ebanistería se tratara— el lujo en los acabados: cada curva de sonido, cada filigrana, por nimia que sea, está esmeradamente pulida. Segundamente, ha de destacarse la cohesión interna de la formación, la perfección de sus engranajes, propios de un maestro relojero. A ello hay que añadir lo que es más importante, y que no es otra cosa que el alma de estos intérpretes hechos uno, los cuales aúnan dos virtudes sucesivas: la concentración del arquero que apunta y la pasión encauzada de la flecha que alcanza su presa. La excelencia del Cuarteto Quiroga no está en la espectacularidad, sino en la mesura y la coherencia de su concepción artística.

Habida cuenta de tales precedentes, cabría haber augurado que la interpretación que se reservaba para la segunda parte del concierto, el Quinteto de Schumann, sería correcta. Sin embargo, fue más que eso y mejor, por felizmente inesperada. Ciertamente, Schumann no es Brahms y, comparándolo con el Cuarteto de éste, el Quinteto de aquél se nos aparece como una obra asimétrica, exuberante y fogosa. Pero, en lo referente a la tarde de marras, no se trató de una elección estilística, sino que estuvo estrechamente relacionado con la combinación de dos estilos diferentes: la espontaneidad de Argerich y el intelectualismo del Cuarteto Quiroga. Como en la antigua alquimia, de las combinaciones de diferentes elementos en la retorta surgen hallazgos inopinados y este fue uno de ellos. Probablemente la versión del Quinteto no resultara tan acabada y coherente, como el Brahms, donde los integrantes del Cuarteto Quiroga parecían más cómodos; pero el Schumann nos pareció, quizá por menos cerebral, más vital y emocionante. Argerich introdujo cierto elemento de desequilibrio, que obligó al Cuarteto a salir de su esfera de confort, a crecerse y, en fin, a dar una interpretación menos calculada, más arriesgada y también más plena.

Es una obra del repertorio de Argerich, la cual ha compartido con otros músicos de la talla de Mischa Maisky, o los componentes del Berliner Philharmonie Chamber Music Hall. Sería interesante analizar en pormenor los matices, logros y deméritos, de las diferentes colaboraciones, en relación con el Quinteto, incluida la reciente con los Quiroga. Y viceversa, porque éstos también lo han tocado con otros, como Perianes. Puesto que se trata de una cuestión enjundiosa, que excede en mucho los límites de la presente reseña, pasamos el testigo al lector avisado, ante el que nos limitamos a plantearla en forma de interrogante.

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