España - Madrid

Las flores del holocausto

Pelayo Jardón

martes, 29 de noviembre de 2016
Madrid, viernes, 11 de noviembre de 2016. Auditorio Nacional de Música. Ute Lemper, voz; Vana Gierig, piano; Daniel Hoffman, violín; Víctor Villena, bandoneón; Romain Lecuyer, contrabajo. Songs for eternity [por el orden en el que fueron cantadas]: A. Wolkowiski y S. Kaczerginski: Shtiler, Shtiler (1942). Schultze, N., Lili Marleen (1937). Glezer, R. y Yablokoff, H., A zumer Tog (1941). Haytin, H. y anónimo, A yiddish Kind (1943). Anónimo, Auschwitz Tango. I. Weber, Ich wandre durch Theresienstadt (1943). V. Ullmann, Margerithelech (1944); A Mejdel in die Johren (1944); K. Weill, September Song (1942). Spector, J., Mein Zawoe. Anónimo (Buchenwald), Heimatlos. Rabinovich, J., Wiegenlied. W. Rosen, Auf der Heide (1944). Anónimo (Auschwitz), Mazl. Anónimo, Old Yiddish Folksong. K. Weill, Mackie Messer (1928).

Un baldón en la historia, el eclipse de la humanidad: Auschwitz, Buchenwald, Theresienstadt. También había allí, entre las víctimas, músicos, como Victor Ullmann, Ilse Weber o Willy Rosen. Iluminaron con su arte aquellos días negros.  La esperanza era la única alternativa a la desolación, un destello efímero en un callejón sin salida. De ahí que resulten sus cantos doblemente trágicos; porque, pese al desamparo en el que se fraguaron, y aunque sólo fuera momentáneamente, sirvieron para conjurar el dolor.

Pudieron exterminarlos, mas no consiguieron cortar las alas de su espíritu. Reivindicando la memoria musical de los mártires del genocidio, Ute Lemper nos brinda hoy la oportunidad de reencontrarnos con estas páginas, compuestas en los guetos y campos de concentración nazis entre 1941 y 1944.

Alemana de nacimiento, radicada en Nueva York, Ute Lemper es cosmopolita por vocación. Sus trabajos sobre canciones de Kurt Weill, y otros autores como Mischa Spoliansky, un hito en la recuperación de la música de cabaret en la República de Weimar, son el precedente lógico del programa que ha interpretado ahora en Madrid.

Intercalando interesantes anécdotas en inglés, y con ligeras variaciones con respecto a lo anunciado en el programa de mano, Lemper, hizo un recorrido, como decimos, por los campos de concentración alemanes en tiempos de la Segunda Guerra Mundial.

Del gran Viktor Ullmann, recluso de Theresienstadt, asesinado en Auschwitz, sonaron, a caballo entre lo onírico y la alucinación, dos canciones compuestas en 1944 y que forman parte de su opus 53, Lieder yiddish para coro y piano: Margerithelech y A Mejdel in die Johren. Recomendamos al lector que no la conozca, la obra de Ullmann, y, en especial, algunos de sus trabajos, compuestos precisamente en Theresienstadt, como su Sonata n.º 7 para piano y su Cuarteto de Cuerdas, n.º 3.

Se dice de Ilse Weber, la compositora y poetisa judía que trabajó por estos años como enfermera, que, en el último momento, en la cámara de gas de Auschwitz, animó a los niños a cantar a plano pulmón Wiegala, para que, al inhalar más rápidamente el veneno, la muerte fuera menos dolorosa. Ute Lemper interpretó de esta autora Ich wandre durch Theresienstadt, un paseo gris por los barracones de dicho campo de concentración.

También Willy Rosen, figura destacada del Berlín de entreguerras, estuvo presente con una canción de cabaret, de inspiración jazzística, Auf der Heide, escrita poco antes de su ejecución, en 1944.

Entre las canciones más aplaudidas de la tarde, destacaron dos obras anónimas: el magnífico Auschwitz Tango y Heimatlos, sin hogar, que contó con una brillante interpretación por parte de Daniel Hoffmann al violín y también a la guitarra.

Asimismo, se interpretaron dos canciones de Kurt Weill. Una de ellas fue September Song, a la que Vana Gierig, añadió al piano unas ingeniosas citas de la primera Gymnopédie de Satie. Lemper ofreció esta canción para dar una idea del contraste entre el infierno que tuvieron que sufrir los judíos que habían permanecido en la Europa nazi y la mejor situación —hubo de todo— de aquellos que consiguieron emigrar a Estados Unidos. Weill fue el encargado de poner el broche final al concierto con Mackie Messer, un homenaje a esa Alemania desinhibida y optimista de los años veinte, que los nazis se encargaron de destruir.

Por su oposición a la barbarie nazi, Ute Lemper ha tomado el testigo de otra diva, también alemana: Marlene Dietrich, si bien los estilos de ambas distan. Frente al sofisticado manierismo de la musa de Von Sternberg, Lemper es una artista temperamental; su fuerte personalidad y su independencia de criterio hacen que sus trabajos resulten siempre heterodoxos, emocionalmente intensos, notables por su carga dramática; en este sentido, Lemper se aproxima a Edith Piaf, si bien, en comparación con la espontaneidad de ésta última, su perspectiva resulta más intelectualizada, en la línea de un expresionismo de nuevo cuño.

A la admiración del extraordinario carisma de Ute Lemper, a la experiencia catártica que supone descender al último círculo dantesco del abismo nazi, se une un valor añadido: la conciencia política ínsita de este repertorio: la necesidad, o, por mejor decir, el deber moral de no olvidar el horror, máxime en una época como la nuestra, en la que los valores de tolerancia y fraternidad están siendo reevaluados.

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