España - Euskadi

Salir del armario

Jesús Aguado
jueves, 1 de diciembre de 2016
Bilbao, sábado, 19 de noviembre de 2016. Palacio Euskalduna. Gioachino Rossini. La Cenerentola. Libreto de Jacopo Feretti. Jean Philippe Clarac y Oliver Deloeuil, dirección de escena, escenografía y vestuario. Rick Martin, iluminación. José María lo Monaco, Angelina. Edgardo Rocha, Don Ramiro. Paolo Bordogna, Dandini. Bruno de Simone, Don Magnifico. Petros Magoulas, Alidoro. Marta Ubieta, Clorinda. María José Suárez, Tisbe. Coro de Ópera de Bilbao. Sergio Dujin, director del Coro. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Antonello Allemandi, dirección musical.
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Érase una vez una asociación de amigos de la ópera, con su equipo directivo, su equipo artístico y su canesú, que tenían que representar una ópera en una sala enorme, descomunal. Para ello, contrataron una producción que venía de otro teatro. Cuando la producción llegó a la mencionada y gigantesca sala, resultó que tenía un defecto: dificultaba seriamente la audibilidad, si tal palabra existe, de varios de los protagonistas de la ópera que se tenía que representar. Y aquí es donde el cuento se pone interesante: al constatar los problemas existentes, ¿qué hicieron equipo artístico y técnico, tanto de la asociación que tenía que representar la ópera como los responsables de la producción contratada? ¿Solucionar esos problemas? A quién se le ocurre. No, no hicieron nada, dejaron que todo siguiera su curso, y el público se sintió decepcionado. Y colorín, colorado, etc.

Podría terminar esta crónica aquí, y en realidad habría transmitido el mensaje principal de la misma. Es triste decirlo, pero La Cenerentola, una de las obras más disfrutables del repertorio, divertida, chispeante, encantadora, y no tan trillada como El Barbero, se quedó el pasado sábado en algo entrevisto a través de unos visillos, borroso, con sordina. Y la responsable fue la inadecuada producción de la ópera de Toulon y la directamente suicida dirección de escena, a cargo de los responsables de dicha producción, Jean Philippe Clarac y Olivier Deloeuil. La escenografía consistía en un único set giratorio, una especie de cubo que los técnicos de escena iban abriendo y cerrando, creando así las estancias de la casa de Don Magnifico, y al girarlo, las del palacio del príncipe. Nada que objetar en principio: un concepto sencillo no tiene por qué ser malo, y la idea podría funcionar desde el punto de vista dramático.

Desde el punto de vista estético el resultado es deliberadamente kitsch y de aspecto barato, sobre todo en la sección correspondiente a la casa de Don Magnifico, en que los paneles frontales parecían los de una desvencijada caja de fruta, y que al abrirse hacían pensar en uno de esos “apartamentos en cuarenta y cinco metros cuadrados” que una conocida marca de muebles sueca suele montar en sus tiendas. El palacio del príncipe mostraba unos acabados algo más lustrosos, pero digamos que esa estética cuasi feísta es difícil que triunfe ante un público de gustos en general más convencionales. También es difícil de hallar coherencia en un vestuario que nos presenta a Don Magnifico en bata, a las hermanastras vestidas con cazadora, tutú de colores y gigantesco lazo en el pelo como atuendo para ir al baile, baile al que acude Cenerentola vestida como si la obra fuera Ana Bolena (en la Torre, justo antes de su ejecución) y no La Cenerentola. Los hombres del reparto visten como miembros de un equipo de polo, menos el sapientísimo Alidoro, que aparece disfrazado de piloto de aviación, y supongo que para igualar el despropósito del traje de fiesta de Cenerentola, en la escena final en la que hasta las hermanastras han sustituido sus disparatados atuendos anteriores por un par de vestiditos negros como dios manda,  el príncipe, ataviado hasta entonces como el hijo pequeño de una familia numerosa y que ha heredado el uniforme del colegio de sus múltiples y más apuestos hermanos mayores, aparece de pronto como si el Duque de Mantua le hubiese regalado a Rigoletto su traje de carnaval de la temporada pasada. Un despropósito, vamos.

Hasta aquí, sin embargo, mis objeciones a la producción son puramente estéticas, y por lo tanto, supongo que sus responsables serían capaces de justificarlas de alguna manera. Pero lo que es injustificable es que todo el conjunto de la producción pareciera destinado a conseguir que la representación fracasara. Para empezar, ese cubo giratorio era el único elemento escénico, es decir que el escenario quedaba completamente abierto por arriba, por detrás y por los laterales. Y ahí empiezan los problemas en un recinto de proporciones euskaldúnicas: las voces se pierden. Las voces que no tienen una enorme potencia, y no todas la tienen, no se oyen. Lo que me resulta incomprensible es que, una vez iniciado el proceso de ensayos, nadie en todo el equipo artístico y técnico fuera capaz de buscar soluciones. El cúbico armario estaba colocado en mitad del escenario, sobre una tarima, con lo que habría fácilmente cuatro o cinco metros desde el punto más avanzado en el que se podían situar los cantantes hasta la boca del escenario. ¿A nadie se le ocurrió que los protagonistas bajasen ese dichoso escalón y se acercasen un poco al público para facilitarles la tarea de resultar audibles? Los directores de escena llegarían con su concepto muy trabajado, pero no se debieron molestar en desplazarse por la sala comprobando el efecto acústico que sus decisiones escénicas provocaban. Los problemas se pueden intentar solucionar, y ahí es donde siempre me pierdo cuando una representación de ABAO-OLBE se presenta al público con estos defectos. ¿Tan potente es la propuesta escénica (en este caso, la respuesta es un rotundo no, eso está claro) para que no se pueda sacrificar y hacer avanzar tres metros a un cantante que se está jugando el tipo para dar unas notas que probablemente más de la mitad del auditorio no va a ser capaz de oír? 

Los dos grandes perjudicados de todas estas malas decisiones fueron los dos protagonistas, José María lo Monaco como Angelina y Edgardo Rocha como Don Ramiro. Ambos demostraron buena técnica y buena voz: lo Monaco posee una muy bella voz de mezzo y una enorme facilidad para la coloratura. Estuvo encantadora como actriz, pero su voz no tiene esa potencia extra, y confinada al maldito armario escénico, su actuación resultó deslucida pese al buen material demostrado. Idéntico caso el de Edgardo Rocha, que además tenía que resolver la difícil papeleta de sustituir a Javier Camarena. Hermoso timbre, agudo fácil y rotundo, agilidades resueltas sin problemas, pero le ocurrió lo mismo que a lo Monaco: dificultad para pasar la orquesta en los concertantes y llegar al fondo de la sala. Una pena, porque ambos, en un teatro de dimensiones más humanas, y con una producción adecuada hubieran podido brillar mucho más. 

El Dandini de Paolo Bordogna fue el personaje más divertido. El volumen no es un problema para él, y si bien no es que todas las coloraturas estuvieran resueltas de una manera excesivamente canónica, lo cierto es que resultó enormemente efectivo y puso un poco de sal a una representación que languidecía entre sordinas acústicas y visuales. Bruno de Simone también resolvió bien su Don Magnifico, el odioso padre de Cenerentola, con una voz muy adecuada para este tipo de papeles bufos. El bajo griego Petros Magoulas era Alidoro, el hado madrino de Cenerentola, su voz sonó rotunda y muy presente. Marta Ubieta era Clorinda y María José Suárez, Tisbe, las dos hermanastras. Estuvieron realmente divertidas, aunque vocalmente no muy afortunadas. Bien la sección masculina del Coro de Ópera de Bilbao, dirigido por Boris Dujin.

Antonello Allemandi dirigía a la mucho más que eficaz Orquesta Sinfónica de Bilbao, y lo hacía con gran cuidado, a veces diría que hasta excesivo, de no dificultar (más) el trabajo de las voces. El resultado, a veces, era de excesiva contención, como si toda la orquesta estuviera tocando con sordina, pero en general consiguió un buen resultado, preciso y exacto como requiere Rossini. Un Rossini que no acabó de brillar, por todas las circunstancias descritas, y que cosechó una de las respuestas más tibias que recuerdo en el Euskalduna; aplausos que no pasaron de corteses con los cantantes, de cálidos con el director de orquesta, y con un casi silencio y un conato de pateo para los responsables de la producción, que decepcionó ampliamente al público por su aspecto poco cuidado, y por su resultado sonoro: un armario barato y desmontable del que la pobre Cenerentola no consiguió salir.

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