Musicología

La batalla festiva de Caracas. Una joya pictórica venezolana del antiguo régimen.

David Coifman

viernes, 16 de diciembre de 2016

Desde los primeros años de su mandato, el Rey Carlos III diseñó un plan para atender la formación especializada de los oficiales de todas las milicias de su reino a través de un marco normativo que armonizara la educación de la tropa con códigos de honor para la obediencia, sacrificio y servicio de sus ejércitos. Fechadas en 1762, las Ordenanzas de Su Majestad para el régimen, disciplina, subordinación y servicio de sus Exércitos sustituían por mandato regio las publicadas bajo la monarquía de Felipe V, en 17281. Sin embargo, en 1764, el Conde de Aranda y Capitán General, asesor militar del Rey, sugirió revisar y ampliar dichas ordenanzas para fomentar “mayor valor espiritual” entre los militares y unificar los toques militares en todo el imperio. Obra publicada en ocho tratados divididos en dos volúmenes bajo el título Ordenanzas de S. M. para el régimen, disciplina, subordinación y servicio de sus Exércitos, sancionadas en San Lorenzo el Real de El Escorial, el 22 de octubre de 17682.

En la introducción general de este tratado, escrita por el Rey, se recoge la orden de que éstas anularan los estatutos militares precedentes en todo su reino, y se observaran “inviolablemente” las nuevas ordenanzas por todos sus ejércitos incluidos los de ultramar. Cada volumen se organizó en cuatro tratados intitulados de la siguiente manera: Tomo Primero: (1) Tratado primero: que contiene la fuerza, pie y lugar de los regimientos de Infantería; (2) Tratado segundo: que contiene las obligaciones de cada clase, desde el soldado, hasta el coronel inclusive; (3) Tratado tercero: que contiene los honores militares; (4) Tratado cuarto: que explica la formación, manejo de arma, y evoluciones de infantería; Tomo Segundo: (5) Tratado quinto: que contiene los exercicios de caballería, y dragones; (6) Tratado sexto: que comprende todo lo perteneciente al servicio de Guarnición; (7) Tratado séptimo: que contiene el servicio de Campaña; y (8) Tratado octavo: de las materias de justicia. Cada tratado se dividió en títulos y estos a su vez en artículos. En 1771, se agregó un tercer tomo dedicado a las normas del “Cuerpo de Ingenieros en Guarnición y Campaña”. Antes de detenernos en los detalles musicales de dichas Ordenanzas, es necesario atender a la organización jerárquica de los regimientos, siguiendo los preceptos estipulados en el tratado primero.

Las ordenanzas musicales de los toques marciales de Antiguo Régimen (1768)

Los regimientos de infantería debían conformarse de dos o tres batallones. Cada batallón debía constituirse por nueve compañías, una de las cuales era la de Granaderos. Cada una de las nueve compañías estaba integrada por capitán, teniente, tambor mayor, tres primeros cabos, tres segundos y cincuentaicuatro granaderos. Tres batallones de nueve compañías hacían veintisiete compañías, cada una con su respectivo “tambor mayor”. También debía contar con una compañía de fusileros integrada por capitán, teniente, subteniente, sargento de primera clase, dos de segunda, dos tambores, cuatro primeros cabos y sesentaicuatro soldados. Y cuando el número de soldados era sobrepasado se debía aumentar en igual proporción el número de los oficiales superiores.

Cada batallón debía contar con una plana mayor. La del primer batallón se componía de coronel, sargento mayor, ayudante mayor, dos subtenientes de bandera, capellán, cirujano, cabo, seis gastadores, maestro armero, tambor mayor y dos pífanos. La plana mayor del segundo batallón se diferenciaba del primero porque no tenía tambor mayor sino dos pífanos. Y de existir un tercer batallón su plana mayor sería igual al del segundo batallón. Una provincia española como Venezuela con tres batallones contaría entonces con al menos treinta tambores mayores y cuatro pífanos permanentes en cada batallón.

Los soldados organizados en los batallones contaban a su vez con sus respetivos regimientos de caballería y de dragones, integrados por al menos veintinueve miembros a caballo y tres a pie. Cada regimiento de caballería tenía cuatro escuadrones cada uno con tres compañías. Cada compañía debía tener una plana mayor, integrada por coronel, teniente coronel, sargento mayor, dos ayudantes, cuatro portaestandartes, capellán, cirujano, mariscal mayor, un timbalero y doce trompetas. Los regimientos de dragones no contaban con substanciales cambios en su organización de oficiales y soldados. Sin embargo, sus planas mayores debían estar integradas por coronel, teniente coronel, sargento mayor, dos ayudantes, cuatro portaguiones, un capellán, un cirujano, un tambor mayor montado, cuatro oboes a caballo, y un mariscal también a caballo.

Todos los músicos militares estaban bajo el mando del “tambor mayor”, cuya principal obligación era dirigir con una vara o porra el compás de los toques militares en todos los eventos y ejercicios militares. De mandar a un soldado a recibir castigo con la porra del tambor mayor proviene la muy conocida frase “váyase a la porra”. El título XXI, del tratado segundo, recoge con detalles las obligaciones militares y musicales del “tambor mayor”.

1. El tambor mayor debe ser considerado con inmediata dependencia del sargento mayor y jefe de los tambores, pífanos y clarinetes de todo el regimiento, en cuyo concepto le estarán subordinados, obedeciendo exactamente las órdenes que diere y acudiendo con la mayor puntualidad a la hora que señalare para todos los actos de escuela, servicio a que los llame. Y en cualquiera culpa que cometan de falta de respeto o inobediencia se guardará para su castigo con la pena señalada al soldado que injuria o desobedece al sargento de su misma compañía. Siguiendo este concepto, tendrá el tambor mayor la facultad de reprehender y castigar las faltas de dichos individuos, en el modo que usa de la suya con sus soldados todo primer sargento, dando parte al sargento mayor inmediatamente de la falta y providencia que ha tomado.

2. Es el supuesto de que la elección de tambor mayor debe recaer en sujeto de buena traza, airoso manejo, honradez, firmeza y suma destreza en los toques de guerra, con genial inclinación a este ejercicio. Será su principal objeto el comunicar la doctrina de él a los tambores de su diaria escuela, imprimiendo sin aspereza los principios de ella a los nuevos, y afinando la instrucción de los adiestrados. Dedicará toda su atención a que los toques vayan con proporción y proximidad a la regulación de sesenta pasos por minuto en la marcha regular, y ciento veinte pasos en la redoblada, juntando los tambores para cada toque, hasta uniformarlos a un propio compás. Y para que la diferencia de varios que a un tiempo pueden oírse en la marcha, u otros servicios de la tropa, no distraigan la atención de ella a sus tambores respectivos, ni éstos dejen de seguir bien su toque, procurará el tambor mayor en la diaria escuela dividir en tres o en cuatro divisiones sus tambores, y mandará que cada una lleve un toque distinto, rompiéndole unas veces al propio tiempo, y otras unos antes que otros, para que se adapten por hábito continuo a seguir cada uno el suyo. Pero entrando la que sucesivamente vaya rompiendo al puntual compás de la antecedente, de forma que aunque se toquen Marcha, Tropa, Fajina, &., sea el golpe del compás uno mismo.

3. Cuando se muden las guardias, el tambor dé la firme que ha de salir, tomará al romper la caja el mismo compás de la que viene marchando, lo que se hará igualmente por la nueva al salir la otra. De modo que no se perciba diferencia en los golpes cuya observancia será común a los pífanos y clarinetes. Y por unos y otros a todos los demás casos de igual correspondencia de toques que ocurriesen.

4. El tambor mayor, cuando reciba para unir en cuerpo a su orden los del regimiento los pífanos y clarinetes, inspeccionará si vienen con la compostura y aseo correspondientes, sin cosa ni prenda que desdiga de su vestuario, como si traen las cajas bien templadas. En inteligencia de que debe entonces remediarlo porque después de esta revista (que deberá pasar siempre que los junte para cualquiera acto del servicio) sólo él será responsable de las faltas que se les notasen en un todo, estando en cuerpo a su orden, por lo que, de las que al tiempo de inspeccionarlos reparare, dará parte al ayudante de semana, a fin que desde luego la remedie, haciendo cargo al sargento de la compañía de que fuere el tambor que salió de ella en mal estado.

5. En los actos de parada, retreta, bandos y demás del servicio, obligará a marchar con orden, silencio, aire y sin distracción, uniformando su paso a la regla y compases del toque de que entonces usen, y éste al tiempo y medida que prescribe la ordenanza, para cuyo fin los ejercitará en su diaria escuela, haciéndolos marchar con la caja o sin ella, hasta que por hábito lo practiquen, y perfeccionándolos en los giros, medias vueltas y modo de dar los cuartos de conversión en sus filas respectivas3.

La importancia del tambor mayor trasciende la de sus funciones militares, siendo en realidad una fascinante figura de estudio para la historia de la música de antiguo régimen. Como los toques tenían una determinada función en las tácticas de la guerra, los tambores mayores debían conocer los utilizados no solo por las armadas aliadas sino también por las enemigas. Conocimiento musical que le permitiría informar a sus superiores sobre los movimientos estratégicos que estaban llevando a cabo principalmente los ejércitos combatientes. Por ello, debían hablar varios idiomas, ser buenos espías para que en tiempos de paz aprendieran dentro del terreno “enemigo” los toques militares de los ejércitos ingleses, franceses, alemanes, rusos y hasta turcos, principales adversarios de la Iglesia. En tiempos de guerra, debían servir como punteros de todas las batallas, siempre en función de mantener vivos los toques durante la confrontación, principalmente los que aupaban el heroísmo militar, porque el toque de retirada habría significado una humillación, y el completo silencio el triste mensaje final de una derrota. Era, en otras palabras, el que “narraba” con música los acontecimientos del encuentro bélico en tiempo presente antes de que los troveros con sus cantos de gesta los narraran como hechos del pasado. Sin este mensajero de las musas militares, ningún renombrado general de los ejércitos del rey habría podido canalizar sus tácticas militares a los soldados, siendo así uno de los tantos héroes anónimos de las numerosas guerras en defensa de la patria.

El tambor mayor era, pues, la máxima autoridad entre los instrumentistas militares que comprendían principalmente tres cargos: tambores, pífanos y clarinetes. Aunque formaban filas indistintamente en las tropas y batallones (de fusileros, granaderos y dragones) eran considerados soldados y tratados como tales. Su ordenamiento como miembros militares se halla incluido en el título X, del tratado segundo:

36. Entre tambores, pífanos y clarinetes (que son los únicos instrumentos de que debe usar la Infantería) nunca habrá mayor número que dos plazas en cada una de fusileros, una en la de granaderos, y dos en la Plana Mayor de cada batallón; lo contrario debilitaría la fuerza de los cuerpos, que nunca se permitiría.

37. A ningún tambor, pífano ni clarinete se dará más gratificación que el sueldo señalado en mi reglamento, a excepción de dos, que servirán de maestros a los demás, a quienes de la gratificación de recluta se subministrarán dos reales diarios a cada uno.

38. Para tambores, pífanos y clarinetes se recibirán muchachos de buena disposición, aunque no tengan más edad que la de diez años; pero a estos, por sus padres, y cuando no los tengan, por sí mismos, se sentará la plaza, observándose lo prevenido en el artículo 12, título 4, del tratado primero4.

El artículo 12, título 4, del tratado primero señala la siguiente excepción para los clarinetes y tambores:

12. Para clarinetes y tambores podrán reclutarse muchachos que no bajen de la edad de diez años; pero en llegando a la de diez y seis, se les preguntará si quieren continuar con el real servicio. Si respondieren que sí, se les tomará el juramento de fidelidad, que explica el título séptimo del tercer tratado, sobre revistas y quedarán sujetos desde entonces a las penas graves de ordenanza; y si dijeren que no es su ánimo continuar, se les dará su licencia5.

Los tambores estaban a cargo de la interpretación de dos tipos de instrumentos de percusión: el timbal de sonido grave, y el redoblante o “caja” (caxa) de sonido agudo. Los pífanos estaban a cargo de hasta tres tipos de instrumentos de viento: el pífano propiamente (antigua flauta barroca), clarín y trompetas6. Los clarinetes tocaban el instrumento que le daba nombre a su cargo militar y en su defecto los oboes. Los instrumentos de percusión llevaban la mayor parte musical por la obligación de marcar con característicos ritmos el “compás” o pie de todos los comandos, de cuya secuencia sonora se verifican las “evoluciones” o ejercicios militares. Los pasos rítmicos eran conocidos por sus respectivos títulos relacionados directamente con los comandos o las evoluciones demandadas, y eran ejecutados en todos los casos por las “caxas” o tambores redoblantes, cuyas ordenanzas se hallan recogidas en el título XVII, del tratado cuarto, expresamente intitulado “toques de caxa con que ha de señalarse el mando de evoluciones”:

1. Para las evoluciones de infantería se usará de los toques que explican los artículos siguientes, y como la uniformidad es en este asunto de la mayor utilidad, prohíbo que se haga en ellos variación alguna, ni que para ejercicio ni otras maniobras, que las que en este título se expresan, se practiquen su ejecución a son de caxa, sino a la voz precisamente, para evitar la confusión, que de lo contrario podía resultar.

Toques

2. Un redoble corto: tocado por el tambor de orden, se entenderá siempre por aviso o prevención. Al oírle estará siempre la tropa con la mayor atención, para escuchar lo que se la quiere mandar. Y a fin que el ruido de las caxas no embarace, cesarán de tocar los tambores del batallón cuando el de orden redoblare.

3. La Marcha: en oyendo la tropa este toque (a excepción de cuando suene por razón de honor) deberá, sin más mando ni otra prevención, marchar a su frente, bien sea éste a vanguardia o retaguardia, y al paso regular o redoblado, según el compás del toque. Y solo emprenderá el corto cuando se le haya hecho esta advertencia.

4. El Calacuerda: en oyendo la tropa este toque, las tres filas prepararán sus armas presentadas. En esta disposición marcharán todas al enemigo, hasta que cese el Calacuerda, y entonces harán alto sin mas prevención.

5. La Retreta: en oyendo la tropa este toque emprenderá la marcha en retirada con el paso regular o redoblando, según el compás del toque, dando para esto media vuelta a la derecha, en el caso de estar frente cuando se toca la Retreta.

6. El redoblante de prevención y después La Tropa. Estos toques tocados [sic] por el tambor de orden sobre los costados de una columna, que ocupa la misma extensión que debe tener en batalla, son para que con un cuarto de conversión de los trozos, compañías, mitades o cuartas que componen la columna, se forme en batalla sobre el costado en que toca el tambor.

7. El redoble de prevención y después La Tropa. Cuando se tocan al frente de una columna, si ésta tiene estrechadas las distancias, deberá, con el paso de hileras, desplegarse a su orden natural de batalla. Pero si la columna ocupa la misma extensión que debe cuando formada en batalla, desplegará sobre su frente, marchando por la diagonal, después de haber las compañías, mitades, etc., que la componen, dado el medio cuarto de conversión prevenido para esta evolución.

8. La Tropa: se usará de este toque para los cuartos de conversión, formación del cuadro, y cuadrilongo, y volver de ellos a su formación de batalla, como también para la formación de la columna a retaguardia sobre las dos mitades del centro con dos cuartos de conversión de los costados. Bien entendido, que deberá prevenirse en voz antes del toque la maniobra que va a hacerse, para que no se equivoque el uso de ella.

9. Redoble corto, seguido de La Asamblea. Siempre que una columna oyere La Asamblea, hará alto la cabeza, y todas las compañías, mitades o cuartas estrecharán sus distancias sobre el frente, siguiendo su marcha para ejecutarlo al mismo compás que se toque La Asamblea.

10. El Alto. Precederá siempre a este toque el redoble de prevención, y le seguirá un golpe en el parche, en oyéndolo cualquiera tropa que estuviere en marcha, sea en batalla, columna, etc., hará alto. Y para que haya la igualdad que conviene, tendrá entendido todos que a oír el golpe en el parche (que seguirá El Alto) deben concluir el paso que tienen empezado y quedarse con el otro pie.

11. Un golpe en el parche después del redoble de prevención, es para que la tropa vaya a la derecha, y si el golpe fuese en el aro, hará a la izquierda. Si se dieren dos golpes en el parche, harán media vuelta a la derecha, y si en el aro, media vuelta a la izquierda.

12. Un redoble largo. Se usará para que cesen los fuegos.

Durante los ejercicios, todas las evoluciones se harán al solo toque del tambor de orden y dos pífanos, acreditando la experiencia que el esperar los tambores del batallón causa dilación y desigualdad7.

Cabe destacar que los compositores de música eclesiástica también recurrieron a la estable figura rítmica de los tambores redoblantes conocida como “bajo de tambor” para establecer el carácter andante de las procesiones. De estas bases rítmico-melódicas de los toques militares en España se preserva el conocido cuaderno pentagramado intitulado Libro de la Ordenanza de los Toques de Pífanos y Tambores que se tocan, nuevamente en la Infantería Española compuestos por don Manuel Espinosa, 1761 (BNM, Sala Barbieri, ms. 2791). Piezas revisadas, aumentadas y arregladas con dos clarinetes y publicadas a propósito de las nuevas Ordenanzas de 1768, bajo el título Toques de Guerra que deberán observar uniformemente los Pífanos, Clarinetes y Tambores de la Infantería de Su Majestad concertados por don Manuel de Espinosa músico de la Capilla Real, 1769 (BNM, Sala Barbieri, ms. 8684)8.

En Venezuela, la orden de incluir clarinetes en los ejércitos se verificó por primera vez entre los músicos del batallón de Caracas que amenizaron la Fiesta de la Naval, en octubre de 1771, cuyo recibo de pago indica la expresa participación de dos “clarinetes de Lombardía”. Se trata, de hecho, de la constatación más temprana conocida de esta obligación militar en todo el imperio español tras haberse publicado las nuevas ordenanzas militares de 1768. De esto se deduce que las piezas utilizadas en dicha fiesta religiosa caraqueña serían, con toda probabilidad, los toques marciales arreglados con dos clarinetes por el citado compositor español, publicadas en 1769. El rápido cumplimiento de esta solemnidad marcial se habría debido, además, al Gobernador Felipe Fondeviela y Ondeano, cuya breve gestión en Venezuela se caracterizó por traer un Regimiento de Lombardía en prevención a posibles hostilidades inglesas, y se llevó consigo a la Habana (Cuba), tras haber sido nombrado gobernador de la isla, en 1771. Desde entonces, dichos instrumentos de viento solemnizan las fiestas populares citadinas y son incluidos por los compositores en todas las obras eclesiástica durante el período colonial venezolano.

Los principales toques marciales que debían tocar los pífanos, clarinetes y tambores se hallan registrados en el tercer tratado, bajo el título “los honores y saludos que deben hacer las Tropas”:

1. La Generala: cuando toda la infantería que estuviere sirviendo en un mismo paraje, bien sea en guarnición, cuartel o campo, hubiere de tomar las armas para marcha, revista, ejercicio, o cualquiera otra función, se tocará por prevención la Generala.

2. La Asamblea: servirá para las tropas que han de formarse, tomen las armas.

3. Bandera o Tropa: tendrá su uso después de La Asamblea, cuando las compañías hayan de salir de sus tiendas en un campo; y en guarnición o cuartel, del puesto de unión de cada una para formar el batallón. Y cuando se rompiere cualquiera formación en que la tropa se hallase para arrimar las armas. Y cuando los tambores, con el destacamento de Granaderos, acompañaren las banderas para llevarlas al batallón o retirarlas.

4. Marcha Granadera: siempre que cualquiera tropa marche con la formalidad correspondiente, tocarán Marcha los tambores que haya en ella, y si los Granaderos marchasen solos, usarán entonces de la Marcha Granadera. Se tocará también la Marcha, y no la Generala, cuando sólo sea un regimiento o batallón el que haya de marchar, y haya otros cuerpos en la guarnición, cuartel o campo.

5. Toque de Alto: servirá de señal para suspender su marcha toda tropa que se halle en movimiento.

6. Retreta: servirá a la hora que en campaña y en el cuartel el comandante de él, para retirarse a sus tiendas o cuarteles los soldados que aún no se hubieren recogido. Como asimismo, para que la tropa que vaya marchando adelante, dé media vuelta a la derecha, y lo ejecute en retirada.

7. El Bando: para publicar las órdenes, penas o providencias, que el que mande las armas dispusiere hace entender por notoriedad solemne, en esta forma:

8. La Llamada: regularmente tiene uso para avisar (cuando la tropa tiene arrimadas o en tierra sus armas) que acudan los soldados a tomarlas, o ponerse al pie de la suya cada uno. Para llamar cuando se han de cerrar las puertas de una plaza o cuartel, a los soldados y paisanos que están fuera. Y para varios casos que se explicarán en otros títulos de la Ordenanza, con la proporción que ofrecen los asuntos de que tratan.

9. La Misa: El toque de Misa servirá de señal para que los soldados acudan a oírla en donde se haya prevenido la orden.

10. La Oración: se tocará cuando la señale en cuartel la campana más inmediata al paraje en que estuviere acuartelado el regimiento. Pero en una plaza deberá tocar primero el tambor de la guardia principal, sirviendo para todo de gobierno a las demás guardias que tengan tambor, y a los piquetes de los cuarteles.

11. La Orden: se tocará siempre que se haya de llamar a los entre quienes debe distribuirse.

12. La Fajina (Fagina): sonará cuando la tropa vaya a hacerla y marche a otros trabajos semejantes, cuando se retire de alguna función llevando sus armas con culata arriba.

13. La Baqueta: cuando se haya de ejecutar el castigo de este nombre.

14. La Diana: al romper el día.

15. El Calacuerda: cuando al paso de ataque se marche con bayoneta calada al enemigo9.

Estas piezas marciales eran también combinadas con específicos comandos o evoluciones ceremoniales para rendir honores militares a las dignidades y divinidades en eventos y fiestas clásicas tradicionales españolas. Principalmente en la ocasión de saludar al Santísimo Sacramento, a la Virgen María, al Monumento en Jueves Santo y al Santísimo Sacramento en el día y octava de Corpus Christi. Dichas evoluciones musicales se hallan registradas en el título primero, del tratado tercero, entre las cuales cabe destacar la máxima militar inicial de que “todo honor se hará con las armas en el estado en que se hallen, de bayoneta puesta o quitada”10.

1. Por la infantería se presentarán las armas y batirá la Marcha desde que se aviste, hasta que se pierda de ojo [el Santísimo Sacramento]11. Y al pasar por delante de las armas, se le rendirán poniendo la rodilla derecha en tierra, quitándose el sobrero o gorra, y cubriendo con él la lleve. Luego que el Santísimo haya pasado, se levantarán los soldados y presentarán las armas, sin que el tambor cese de tocar la Marcha, lo que se entenderá igualmente si su Divina Majestad pasase por tropa con banderas, en cuyo caso se rendirán éstas también.

2. Por la tropa a cuya vista transitare el Santísimo, destacará luego dos soldados, que quitando su sombrero o gorra, le acompañen con sus armas afianzadas, relevándose de puesto en puesto si en su camino se hallase alguno, y restituyéndose los destacados al suyo.

3. Por los dos soldados de custodia a quienes toque la entrada o salida de casa del enfermo, o regreso al templo, rendirán sus armas en la parte exterior de la puerta, y luego continuarán en acompañar al Santísimo, o se retirarán según el caso.

4. Por las guarniciones o acantonamientos en que se formasen mis tropas el día del Corpus se ejecutará lo mismo que queda prevenido, saludando los oficiales y banderas. En este día, prefiriendo siempre los Granaderos, según la tropa que hubiere, marchará una compañía del primer cuerpo detrás de la procesión: esto es, después de la persona que la presidiere o tribunal y ayuntamiento que la cerrase, poniendo seis u ocho hombres a los costados del palio, que marcharán (como la restante tropa) quitando el sombrero o gorra, y sus armas en la misma posición que ella las lleve.

5. Cuando pase una procesión con la imagen de Cristo, la Virgen, u otro santo, las tropas por donde pasare, descansarán sobre las armas desde su principio hasta el fin. El tambor tendrá la caja al hombro “do pase la imagen”. Y luego que la procesión haya concluido, mandará arrimar las armas.

6. Los dragones desmontados y en igual caso la caballería, ejecutará lo mismo que por la infantería queda prevenido. Y cuando estén montados unos y otros, tanto los oficiales como los soldados, pondrán espada en mano. Los trompetas y tambores tocarán la Marcha luego que se aviste el Santísimo Sacramento. Y cuando pase por delante de la tropa así los oficiales como los soldados saludarán, inclinando la punta de la espada por la derecha del cuello del caballo hacia el estribo. Y los porta-estandartes, o porta-guiones, bajarán también los estandartes en la forma en que con ellos practican el saludo.

7. Cualquiera tropa que marchando encontrare al Santísimo Sacramento, formará en batalla, y hará los honores explicados.

8. En el día de Jueves Santo todas las tropas que en guarnición o cuartel se hallaren de facción, pondrán las armas a la funeral, se arrodillarán las banderas y estandartes, se pondrán sordinas a los tambores, timbales, trompetas, pífanos y demás instrumentos militares, luego que en la catedral o iglesia principal se haya colocado el Santísimo Sacramento en el Monumento, y se usará de las armas “á la funeral”, desde la hora expresada hasta el repique de campanas en el Sábado Santo, en cuyo tiempo se volverán a su estado regular, banderas, estandartes, armas e instrumentos militares12.

Los honores militares para eventos fúnebres como reales exequias se hallan registrados en el título V, del tratado tercero (del cual cito a continuación solo los artículos que habrían interesado a una capitanía general como Venezuela).

1. Inmediatamente que los capitanes generales y comandantes generales de mis ejércitos y provincias tuvieren formal aviso de haber fallecido alguna de nuestras reales personas de rey, reina, príncipes o princesas de Asturias, anunciarán a mis tropas y vasallos la funesta noticia, haciendo tirar cinco cañonazos consecutivos; y después de esta primera señal, se continuará tirando un cañonazo de cuarto en cuarto por el espacio de veinte y cuatro horas, a excepción de las de la noche. Y lo mismo se ejecutará por orden de los gobernadores en todas las plazas de mis dominios, luego que el capitán general se lo avise.

7. El día que se celebraren las reales exequias, toda la guarnición se pondrá sobre las armas, y llevándolas a la funeral con las cajas y trompetas a la sordina, marcharán los regimientos de infantería a guarnecer la muralla y los de caballería las plazas en que hubiere cabimiento. El regimiento más antiguo de infantería formará en la Plaza de la Iglesia, donde se hiciere la función, a la que asistirá el capitán o comandante general acompañado de los generales y oficiales que no estuvieren empleados con la tropa.

8. Por la que estuviere en la Plaza de la Iglesia se empezará la descarga, a que seguirá la artillería y a ésta la de la tropa que guarnezca la muralla.

9. La primera descarga se hará al empezar la misa [antes del Invitatorio del Oficio de difuntos], la segunda a la elevación [entre el Sanctus y el Benedictus], y la tercera al último responso. Después de lo cual se retirarán los regimientos a sus cuarteles en buen orden con armas al hombro13.

En el Archivo General de Indias se preserva un documento impreso, firmado por Julián de Arriaga, enviado al Gobernador de la Provincia de Caracas José Solano y Bote, informándole sobre los sueldos acordados por el Rey Carlos III exclusivamente para su infantería venezolana desde el 1 de diciembre de 176814. En él se incluyó pagar mensualmente 11 pesos al tambor mayor de la Compañía de Granaderos y 10 pesos al tambor mayor de la Compañía de Fusileros. Los músicos de la Plana Mayor del Primer Batallón, los más utilizados en todas las fiestas eclesiásticas caraqueñas, debían tener los siguientes sueldos: 12 pesos mensuales el pífano primero, 10 pesos el pífano segundo y 15 pesos el tambor mayor. En cuanto a los músicos de la plana mayor del Segundo Batallón, cobrarían 12 pesos el pífano primero y 10 pesos el pífano segundo.

La ordenanza musical para secuenciar las evoluciones se inserta en la exhaustiva riqueza del repertorio de comandos militares asociada por tradición y normas al complejo ceremonial militar. Se incluyen interesantes referencias sobre el uso de “tempos” lentos y rápidos de la marchas militares expresados en golpes o repiques de tambores. Por ejemplo, un toque utilizado de manera lenta indicaba al ejército de caballería montar sus caballos, pero el mismo toque de manera acompasada indicaba llevar a dichos animales a mayor velocidad de “paso”. La variedad tímbrica también tenía diversas funciones en relación con los instrumentos musicales de cada batallón. Un toque militar específico interpretado solo por trompetas y tambores sería suficiente para anunciar la pronta presencia en el campo de batalla o en una determinada fiesta religiosa de la compañía de Dragones. También la densidad instrumental utilizada en específicos toques marciales o en cortas composiciones marciales anunciaban la pronta presencia o asistencia del batallón o plana mayor en una determinado momento de la batalla o de la ceremonia religiosa. Esta expresiva gama de posibilidades musicales asociada con la evoluciones de los toques militares permite imaginar la riqueza sonora de todos los eventos “clásicos” en los que participaron durante el antiguo régimen. En la provincia española de Venezuela, por ejemplo, se preservan importantes datos sobre la variedad de sus funciones musicales en todas las fiestas de toros dedicadas al Apóstol Santiago, patrono de la ciudad de Caracas, en la Fiesta de la Naval de la Archicofradía del Rosario de la iglesia conventual caraqueña de San Jacinto celebrada anualmente en el mes de octubre en recuerdo de la batalla de Lepanto y en ocasión de la famosa Batalla Festiva de Caracas de 1766, cuya joya pictórica de su celebración se preserva actualmente en el Monasterio de Monserrat (España).

Los toques marciales en la Batalla Festiva de Caracas de 1766

El 20 de agosto de 1766, el Gobernador y Capitán General José Solano y Bote organizó una ficticia batalla en Caracas para cerrar la semana de fiestas y eventos públicos llevados a cabo en honor del rey Carlos III con relación al matrimonio de su hijo el príncipe Carlos con su prima María Luisa de Parma celebrado el año anterior. La logística de los acontecimientos fue recogida en un pequeño manuscrito de 16 folios, y un mapa anexo a color que reposa en la Biblioteca de Monserrat (España) arriba incluido. Para la ocasión, el Gobernador José Solano y Bote formó dos batallones de la tropa reglada de la Provincia. Cada batallón se agrupó, frente a frente, en tres columnas: una delantera de Fusileros, otra media de Granaderos y en la retaguardia un cuadro de Caballería. Uno de los batallones, comandado por el coronel Nicolás de Castro, que hacía la parte ofensiva, se ubicó hacia la sabana de Caroata (derecha inferior del mapa con las letras B y D), y el otro, en representación de la parte defensiva comandada por Solano y Bote, se ubicó hacia los cerros del Calvario (izquierda del mapa con las letras A y C), hoy día correspondientes a la zona de Caño Amarillo. El público caraqueño se ubicó frente a la monumental escenografía campal, seguramente en las casas de la esquina derecha superior del mapa arriba incluido (la joya pictórica caraqueña de 1766). La festiva batalla tenía por principal función crear la mayor veracidad, por lo que algunos de los detalles narrados en el folleto adjunto constituyen fuentes únicas en torno a la manera como las milicias de blancos y pardos de Venezuela se preparaban en el siglo XVIII para eventuales enfrentamientos. Para visualizar la festiva batalla, incluyo a continuación una explicación de la representación bélica con citas extraídas del folleto manuscrito con relación a los movimientos tácticos señalados en el mapa con letras y líneas punteadas.

Batalla Festiva de Caracas (1766)

Batalla Festiva de Caracas (1766) © 2016 by David Coifman

Con el toque La Generala, “a la una de la tarde”, los oficiales y soldados de la tropa se agruparon en sus compañías con sus correspondientes comandantes, y una hora más tarde, los pífanos y tambores al mando del tambor mayor interpretaron La Asamblea para indicar a cada batallón que se ubicaran en “el terreno señalado”. Como el Capitán General Solano y Bote tenía a su favor “la concavidad que formaban los Cerros del Calvario”, el coronel de Castro decidió movilizar los flancos derecho e izquierdo de sus compañías de Fusileros y Granaderos hacia las casas que estaban en ambos lados del campo de batalla, llevando a cabo las acciones tácticas correspondientes a los desplazamientos señalados en el mapa por las líneas punteadas de las zonas B y D hasta las I y H, partes superior e inferior respectivamente en la pintura. Orden verificada con seguridad con el toque de la Marcha de Fusileros, seguido de un “redoblante de prevención” y después La Tropa, comandos estos últimos tocados por los tambores mayores ubicados en los costados de cada columna, como se pueden observar dibujados en el mapa. Concluyó la acción con la orden de encaminar al resto del batallón de Fusileros, Granaderos y Caballería por el centro del campo de batalla marcados por las zonas J y L.

Preparados para el enfrentamiento, el Capitán General azuzó a sus militares con frases como: “…Tenéis un Rey, que como Padre os ama, y tenéis un Padre que como Rey os premia…Sois Españoles esto basta…No malogréis tan buena ocasión…”; a lo que el batallón entusiasmado respondió a sotto voce: “Viva el Rey”. Nicolás de Castro, entre tanto, hizo lo mismo con expresiones como: “…Compañeros míos os traigo a pelear para vencer…solo os acordaré tres cosas…Rey, Patria y Honor…”; a lo que sus milicianos también respondieron: “Viva el Rey”. En seguida se escuchó el toque de Al degüello para dar inicio a la ficticia batalla, en la que los participantes “llevaban estudiado el hacer el papel de heridos de una y otra parte, y otros los retiraban con mucho trabajo”. De esta manera, las “mujeres, niños, clérigos y frailes” asistentes serían testigos para su diversión de una sangrienta masacre de sus vecinos, amigos y familiares castrenses la que, según el cronista, era una “bagatela” con respecto a lo que aún estaba por ocurrir.

Nicolás de Castro ordenó a sus Fusileros, ubicados hacia las zonas de las casas (zonas I y H en el mapa), que salieran con sus Gastadores, conocidos así a quienes aplanan el terreno, “gastándolo”, para atacar las tropas de Solano y Bote dispersas por los Cerros del Calvario. Es probable que algunas de las explosiones del combate se emularan con polvo de pólvora, además de salpicar por doquier alguna sangre artificial, ya que según el cronista en esta etapa del combate “muchos de los que miraban dudaron si aquello sería apariencia en realidad, o realidad en apariencia”. La violencia de las acciones permitió al Capitán General recuperar los Cerros del Calvario, respondiendo el coronel de Castro con un amago de retirada que Solano y Bote “creyó con reserva” para mantenerse “cual vigilante Argos” observando los movimientos de su contrario. Las últimas acciones, más tácticas que sangrientas, dejan suponer que el batallón del Capitán General se había desplazado hasta ubicarse frente al batallón contrincante en el descampado de la Sabana de Caroata. En este estado se hallaba la batalla cuando el Gobernador Solano y Bote observó “que ya se iba a poner el sol, y que no se habían de llevar las chanzas hasta el extremo”. Ordenó que ambos batallones se unificaran, y tras una descarga de salva, todos reunidos de nuevo gritaron: ¡Viva el Rey! El público respondió con un efusivo aplauso.

Para finalizar el día, el Capitán General Solano y Bote invitó a su casa a “los oficiales de la tropa, y milicias, y demás caballeros de la ciudad con otras personas constituidas en empleos y dignidades sin faltar los oficiales de las Milicias de Pardos y Morenos en distintos salones donde se les tenía preparadas espléndidas meriendas”. Se sirvió un refresco y variedad de dulces; “tocó algunos conciertos la Orquesta, y finalizando el refresco empezó el baile”. El cronista describe que durante la cena “uno de los convidados se levantó” y ante el retrato del Príncipe de Asturias dijo esta coplilla:

Nieto del grande Philipo
Hijo de Carlos el grande
El decir más fuera menos
Esto que te diga baste.

Dicha la coplilla, la referida orquesta tocaría con seguridad la Marcha Granadera, pieza militar entre cuyas funciones estaba la de interpretarse con rigurosa obligación en todas las honras y proclamas a los príncipes y reyes cuando estaban presentes o representados por sus iconografías en toda la extensión de sus reinos. Melodía marcial que habría sido escuchada infinidad de veces a finales del período colonial venezolano, hoy bastante conocida también por todos los españoles, ya que en ella se recogen los orígenes conocidos del actual Himno Nacional de España.

Notas

Ordenanzas de Su Majestad, para el regimen, disciplina, subordinación y servicio de la Infantería, Caballería, y dragones, de sus exercitos, en guarnición, y en Campana, Madrid, Imprenta de Juan de Ariztia, 1728.

Ordenanzas de S. M. para el régimen, disciplina, subordinación, y servicio de sus exercitos. Subdividido en quatro tratados. De orden de S. M., Madrid, En la Oficina de Antonio Marín, Impresor de la Secretaría del Despacho Universal de la Guerra, 1768.

Ordenanzas (1768), tomo I, tratado II, título XXI, artículos 1-5, pp. 205-08. Todos los textos citados los he editado para facilitar la comprensión de la lectura, suprimiendo algunas comas y normalizando la ortografí

Ordenanzas (1768), tomo I, tratado II, título X, artículos 36-38, pp. 138-39.

Ordenanzas (1768), tomo I, tratado I, título IV, artículo 12, p. 18.

EL clarín es un instrumento de viento-metal, sin pistones o válvulas para ayudar a modificar el sonido, cuya pequeña dimensión con forma de trompetín genera un sonido agudo; los pífanos son instrumentos de viento-caña o madera blanda, como las flautas de pan, que pueden variar de sonido de acuerdo con la longitud del tubo utilizado, con orificios para modificar los sonidos; y los clarinetes son instrumentos de viento-madera, conocidos como instrumentos “de caña” por utilizarse este material para crear su boquilla flexible, aumentando así la posibilidad vibratoria del instrumento.

Ordenanzas (1768), tomo I, tratado IV, título XVII, pp. 464-468.

Manuel Fernando Espinosa de los Monteros (ca. 1730-1810) nació en Andújar, Jaén, ca. 1730, y murió en Madrid, el 21 de abril de 1810. Fue oboísta y compositor de cámara de los reyes Carlos III y Carlos IV, y sucedió al maestro italiano Gaetano Brunetti (1744-98) como director de la Real Capilla hasta su fallecimiento a los 80 años de edad. Es principalmente recordado, sin embargo, como compositor y/o compilador de los toques militares españoles más antiguos que se conocen, preservados en la Biblioteca Nacional de Madrid.

Ordenanzas (1768), tomo I, tratado III, título I, artículos 1-15, pp. 347-50. De estos 15 toques marciales, sólo cinco (La Generala, La Asamblea, La Marcha, La Llamada y La Diana) y otros dos específicos (A Caballo y A Degüello), eran de rigurosa obligación tocarlos con trompetas y timbales para las evoluciones de la compañía de caballería. Véase Ordenanzas, tomo II, tratado V, título I, p. 1.

Ordenanzas (1768), tomo I, tratado III, p. 262.

Este comando se entiende en ambos sentidos: cuando los militares marchan ante el Santísimo Sacramento colocado en un altar de una plaza, o cuando éste era llevado en procesión de religiosos pasando frente a un batallón de infantería.

Ordenanzas (1768), tomo I, tratado III, título I, pp. 262-65.

Ordenanzas (1768), tomo I, tratado III, título V, pp. 287-289.

Relación de las clases, y número de las plazas de que se compone un Regimiento de Infantería; y Reglamento del haber mensual, que deberán gozar los Oficiales, y demás Individuos de aquellos Cuerpos, que estuviesen empleados en la Gobernación de Caracas, AGI, Caracas 217 (6 hojas impresas) 2 ejemplares.

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