DVD - Reseñas

Una vuelta de tuerca... pasada de rosca

Raúl González Arévalo
viernes, 30 de diciembre de 2016
Ludwig van Beethoven: Fidelio, ópera en dos actos. Adrianne Pieczonka (Fidelio), Jonas Kaufmann (Florestan), Tomasz Konieczny (Don Pizarro), Hans-Peter König (Rocco), Olga Beszmerta (Marzelline), Norbert Ernst (Jaquino), Sebastian Holecek (Don Fernando). Orquesta Filarmónica de Viena. Coro de la Ópera de Viena. Franz Welser-Möst, director. Claus Guth, director de escena. Christian Schimdt, escenografía y vestuario. Ronny Dietrich, asesor dramático. Olaf Freese, iluminación. Torsten Ottersberg sonido. Andi A. Müller, imágenes. Michael Beyer, director de vídeo. Subtítulos en italiano, inglés, francés, alemán, español, chino y coreano. Formato vídeo NTSC 16:9. Formato audio: LPCM Stereo DTS 5.1. 1 DVD de 136 minutos de duración. Grabado en directo en el Grosses Festpielhaus de Salzburgo del 7 al 13 de agosto de 2015. Sony Classical 88875193519. Distribuidor en España: Sony Music Spain
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Hay vueltas de tuerca que se pasan de rosca. Es mi impresión con la propuesta teatral de este Fidelio, cuya trama, ya se sabe, es muy endeble desde el punto de vista dramático. A pesar de ser el máximo ejemplo de ópera de rescate, lo cierto es que la acción brilla por su ausencia y el estatismo constituye la pesadilla de los directores de escena. La historia es la siguiente: chico está injustamente encarcelado; chica se traviste de chico para entrar en la cárcel; chica consigue denunciar la tiranía del director de la prisión y salvar al chico. Entiendo que con semejante narración es difícil ofrecer un espectáculo novedoso, más allá de la escenografía y el vestuario, que han trasladado la acción original (Sevilla siglo XVII) a tiempos más recientes con asiduidad, siempre para insistir en el mensaje político: la denuncia de la opresión y el canto a la libertad, que alcanzan su cénit en el celebérrimo coro de prisioneros.

Si se anula el mensaje político y se deja en el limbo el momento histórico en el que transcurre la obra se mata su espíritu. Precisamente es lo que ocurre con la propuesta de Salzburgo, que en una vuelta de tuerca reduce el cautiverio de Florestan a un estado mental. Desde luego es una idea interesante: los condicionantes del inconsciente, la libertad individual que pugna por sobrevivir a la educación y a la sociedad; incluso los límites entre la mente lúcida y la enferma, distinguir entre realidad y demencia. Leonora, cual profesional de la salud mental, intenta rescatar a su amado desde el mundo de la consciencia, pero fracasa. Hasta eso cambia: Florestan no es liberado, sino que muere, incapaz de encontrarse a sí mismo. Ahora bien, en teatro, a menos que hablemos de teatro del absurdo, las propuestas tienen que tener un sentido inteligible. Y en ópera deben servir para la comprensión del desarrollo dramático-musical. Como poco, no entorpecerlo. ¿Funciona la propuesta de Guth? En mi opinión la vuelta de tuerca se ha pasado de rosca porque nada tiene sentido. Ni la perenne estancia blanca en la que se desarrolla toda la obra, con un monolito negro en el centro (¿2001 Una odisea en el espacio en el inconsciente?); ni los dobles de Leonora -hablando el lenguaje de los signos... ¿Beethoven sordo en el inconsciente?- y Pizarro permanentemente adosados a los cantantes; ni la sustitución de los diálogos por ruidos de megafonía; ni el papel absurdo del coro.

Con semejante premisa la única razón de ser de esta propuesta sería entonces la musical. Pero tampoco resulta especialmente distinguida, sobre todo por culpa de una dirección injustificable. Que Franz Welser-Möst ha sido un bluff es indiscutible a estas alturas. Si no en la Ópera de Viena no se lo habrían quitado de encima sin muchos paños calientes. Su visión de Fidelio confirma una vez más que no está a la altura de la fama (¿mercadotécnica?) que había rodeado su ascenso meteórico, infligiendo un golpe mortal al compositor y a la obra porque ofrece una dirección pesadísima, sin matices ni variaciones. En consonancia con la puesta en escena, habría que hablar más que de un aburrimiento de una pesadilla. Incluso la siempre brillante Filarmónica de Viena suena plúmbea, carente de brillo. Algo mejor el coro, porque realmente es difícil acabar con la brillantez de “O welche Lust”.

Tampoco el reparto, con dos protagonistas a priori ideales, alcanza sus mejores resultados. Jonas Kaufmann -siempre atractivo e idóneo por el metal, el volumen, la capacidad de canto y el carisma escénico- ha grabado mejores ocasiones. Adrianne Pieczonka parte con un material interesante para Leonora, pero en semejante contexto no luce particularmente. Ninguno de los demás resulta particularmente llamativo, a excepción del Pizarro de Tomasz Knoeczny.

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