Opinión

La Danza (Clásica) de mis pecados

Delfín Colomé (1947-2008)

lunes, 14 de abril de 2008
El Editor de Mundoclasico.com me invita a ser impertinente, pero me pilla con el pie cambiado. El colesterol se me ha disparado últimamente, tengo que quitarme de encima cuatro o cinco quilos, parece que me van a subir -otra vez- la hipoteca y tengo la impresión, desde hace unos días, de estar como viviendo en un gigantesco Gran Hermano. Mi primo argentino, psicólogo por supuesto, me ha dicho que no me preocupe y que, sobre todo, no diga impertinencias. O sea, que a otra cosa, mariposa.

En todo caso, como hay que conmemorar merecidamente el número 500 de Mundoclasico.com, me voy a confesar públicamente de un remordimiento que no deja de atormentarme, ligera pero periódicamente. A veces, las catarsis personales pueden ser útiles públicamente.

Me pesa, hoy, que no tengamos en España una compañía pública -es decir, financiada de verdad con dinero público, sea estatal, comunitario o municipal- de danza clásica de verdad. Y me confieso no de tener una responsabilidad directa sobre esta carencia, que no la tengo, sino de haber abonado un estado de opinión en los jerarcas y la administración pública de hace unos años que llevó, finalmente, a esta anomalía.

Me explico: Por mi edad, me forjé en la danza -como crítico, investigador y agitador de proyectos coreográficos- en el momento en que la polémica entre clásicos y modernos era más sangrante. Una polémica que tiene su momento cumbre en aquel "nunca nos entenderemos" que Martha Graham le suelta a Mijail Fokine, en Nueva York, que he narrado ya en otras ocasiones y que supone, con toda crudeza, una de las rupturas más traumáticas del arte del siglo XX.

Mi propio itinerario personal me llevó a apoyar, con decidido empeño, la introducción de la modern dance en España, trabajando codo a codo con personajes hoy ya míticos, como Anna Maleras, organizando cursos, impartiendo conferencias y seminarios, sembrando, en definitiva, un ubérrimo plantel que florecería en la destacada generación de coreógrafos que va, por decirlo suscintamente, de Cesc Gelabert a Ramón Ollé.

Más tarde, al lograr mi objetivo de introducir la danza en la universidad, me especialicé en danza moderna y sus tendencias concomitantes. Al escribir mi libro El indiscreto encanto de la Danza, me limité, adrede, a analizar sólo coreógrafos y situaciones de la danza moderna.

Fui, pues, militante radical de la modernidad coreográfica, oponiéndola a veces con argumentos políticos (es decir, por principio falaces) al clasicismo "periclitado y regresivo".

Y ello, al menos, por cuatro razones:

Primero, por el convencimiento de que la recuperación cultural de España en los años de la transición -que como alto funcionario público viví en puestos de responsabilidad diversa- había que apostar a fondo por la modernidad, sin concesiones.

Segundo, porque en ese proceso de recuperación de imagen, estaba claro que podíamos ser más competitivos, urbi et orbe, por razones histórico-sociales, en danza moderna que en danza clásica.

Tercero, porque las disponibilidades presupuestarias no daban para todo, y había que priorizar.

Y cuarto, porque personalmente me sentía muchísimo más próximo, estéticamente, de la danza moderna que de la clásica.

Aposté, pues, fuerte por la danza moderna y, en no pocas ocasiones, hice prevalecer mi criterio.

Pero también lo hice desde la prensa, donde -en las que fueron acogedoras páginas de Diario16- desarrollé la crítica coreográfica. Hubo un momento clave, al ser nombrado Nacho Duato director de la Compañía Nacional de Danza. Arreció entonces una virulenta campaña contra el coreógrafo desde otros sectores mediáticos, y siempre le defendí a capa y espada. No porque siempre me gustaran sus coreografías, sino por lo que representaban su estilo y su talante.

Fue, en definitiva, un denodado esfuerzo -en el que me enorgullezco de haber tomado parte- que propició lo que ha podido llamarse el boom de la danza moderna en España. En pocos años, un país con escasa tradición coreográfica, se alienaba a la cabeza de un estilo, la danza moderna, a la que dotaba de un excelente plantel de coreógrafos, bailarines y grupos.

Fue, también, una batalla política la que se ganó; pero, como antes avanzaba, todo planteamiento político, por esencia, puede ser contradictorio. Falaz, dije, incluso.

Porque hoy, desde la distancia y la serenidad, firmada ya la paz entre clásicos y modernos por la higiénica vía de la síntesis, reflexiono a veces sobre la consistencia de mis argumentos y me doy cuenta de que, a lo mejor, la apuesta por la modernidad podía haber sido menos radical; que la competitividad no es un valor absoluto y que, quizás, se hubiera podido arañar el presupuesto con más garbo. También mi postura personal se ha ido dulcificando, y es hoy mucho más generosa intelectualmente.

Por eso, en el fondo, me pesa que no acabemos de cuajar en el país un buen proyecto de danza clásica. Aunque sólo fuera uno. Y, encima, me alarma que nadie en el espectro político, ni en el PP, ni en el PSOE, ni en IU, ni siquiera en CiU (ahí está el Liceu, sin bailarines), ni por supuesto en el PNV o en el BNG esté mínimamente pensando en ello.

Aunque ahora me doy cuenta que, bien mirado, todo esto que escrito tiene el aire de una cierta impertinencia...

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