España - Cataluña

Radvanovsky en concierto

Jorge Binaghi
viernes, 30 de diciembre de 2016
Barcelona, jueves, 22 de diciembre de 2016. Gran Teatre del Liceu Recital de Sondra Radvanovsky, soprano, y Anthony Manoli, piano. Canciones y arias de Donizetti, Vivaldi, Rachmaninov, Massenet, Bellini, Dvorak, Copland y Giordano. Bises: Cilea, Loewe, Puccini y Jurmann
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Si uno juzga por la audiencia convocada y el aplausómetro, de los tres recitales realizados hasta ahora, este fue de lejos el mejor. Yo, personalmente, creo lo contrario. Por empezar porque en los anteriores (Horovstovsky y Keenlyside) los criterios eran claros, musicales; en uno las arias de ópera con orquesta, en otro un ejemplar recital liederístico con piano. Aquí puede entrar el vértigo: no sólo porque habría que meditar mucho para saber qué pintan canciones de Rachmaninov (cuatro) entre un barroco de Vivaldi (Bajazet, ‘Sposa son disperata’) y la gran ópera romántica de Massenet (‘Pleurez , mes yeux’ de Le Cid), o, en la segunda, canciones tradicionales americanas armonizadas por Copland entre la gran aria de la protagonista de Rusalka (Dvorak) y ‘La mamma morta’ de Andrea Chénier de Giordano. Y todo había comenzado con la entrada de la protagonista en Maria Stuarda de Donizetti.

Por fortuna, como tantos cantantes norteamericanos proclives a la conversación -en inglés- con el público como parte del programa, la soprano lo aclaró antes de comenzar el último número de la primera parte (precisamente, la gran aria de Chimène de Le Cid). Dijo que procuraba hacer que el público supiese cómo era ella en sus gustos musicales y en su forma de ser, y a raíz del aria de Massenet, dijo que la ofrecía como homenaje a su nuevo país, Canadá (los motivos serán los obvios y los mismos de otros que lo han dicho pero no sé si hecho, y en esto tiene toda mi simpatía, admiración y apoyo).

La realidad es que Radvanovsky es claramente una cantante de ópera y sería mejor que se exhibiera con una orquesta y con arias, si no hace un título completo. Con piano, con un acompañante discreto como Manoli (que algunas veces aporreó bastante el instrumento, como en el paso del aria a la cabaletta de la Stuarda), y con momentos no operísticos, luce menos.

Es cierto que si uno espera oír una voz enorme, firmes agudos (metálicos muchas veces), bellos filados (nunca del todo ‘naturales’), un grave eficaz aunque no siempre auténtico, un timbre no muy bello ni personal, y una interpretación y fraseo correctos pero convencionales y a veces sumamente exteriores, y eso satisface e incluso entusiasma, como fue el caso en muchos espectadores, se puede decir que se ha vivido un gran momento de canto.

Sondra Radvanovsky y Anthony Manoli saludando tras su recital del 22 de diciembre en el Teatro del Liceu de Barcelona. Sondra Radvanovsky y Anthony Manoli saludando tras su recital del 22 de diciembre en el Teatro del Liceu de Barcelona. © A. Bofill, 2016

En lo artístico claramente las canciones (fueran las de Rachmaninov o Bellini, o incluso las tradicionales americanas de Copland, la más célebre melodía de My fair Lady o una canción navideña de Jurmann escrita para Deanna Durbin, ‘Beneath the lights of home’ en un film de 1941 -se la puede escuchar en youtube y las diferencias son notables- y que la soprano cantó a pedido de la viuda del compositor) sólo tuvieron interés cuando había notas agudas o medias voces porque el centro sonó opaco y débil, y la articulación no fue siempre de la claridad deseable.

En las óperas, el Vivaldi agregado a última hora fue claramente aburrido (los trinos apenas resultaron marcados) y superfluo, y es lástima porque sería interesante recordar lo que pueden hacer en el barroco las voces de grandes dimensiones. La escena de la Stuarda fue buena sin entusiasmar -la cabaletta ofreció dificultades como los glissandi y algún agudo resultó tirante y abierto. El aria de Chimène, pese a que la cantante no es exactamente el tipo de voz ideal para la parte, fue lo mejor de la primera parte. En la segunda, la versión del aria de la luna de Rusalka, que ofreció en recuerdo de su padre, checo de origen, estuvo muy bien. Y tal vez ese sea el problema con algunas de las interpretaciones de la soprano: son buenas o muy buenas, pero nunca llegan a ser memorables (incluso por comparación no con niveles históricos -véase la grabación de Milanov- sino con otros muy recientes y actuales -Fleming). ‘La mamma morta’ de Giordano tuvo más intención y fuerza, pero las frases que insisten en el registro central tuvieron las mismas debilidades que las señaladas en las canciones. Repitió también su versión muy estudiada del ‘Vissi d’arte’ pucciniano y lo mejor en absoluto resultó la entrada de Adriana (‘Io son l’umile ancella’) de la ópera de Cilea.

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