Argentina

Nelson Freire en Buenos Aires

Carlos Singer

jueves, 5 de enero de 2017
Buenos Aires, lunes, 5 de diciembre de 2016. Teatro Colón. Nelson Freire, piano. Bach, Preludio para Órgano en sol menor, BWV 535 (transcripción para piano de Alexander Siloti). Brahms, Sonata Nº 3 en fa menor opus 5. Villa-Lobos, Preludio de la Bachiana Brasileña Nº 4 y Tres Piezas del Libro 1 de A Prole do Bebê (Branquinha- A Pobrezinha y Moreninha). Chopin, Sonata Nº 3 en si menor opus 58. Concierto a beneficio de los programas sociales de DAR Cultura
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Pareciera como si el Teatro Colón y los organizadores de este concierto se hubieran confabulado para lograr que el gran pianista brasileño -que con este concierto rememoraba su debut en Argentina de 50 años atrás- comenzase a tocar bastante molesto y a lo largo de toda la primera parte se lo escuchara desganado, casi como si interpretara en ‘piloto automático’.

Vayamos por partes: la responsabilidad del Colón. Es bien sabido que los lunes son días de descanso para la gente del Teatro, pero resulta casi inconcebible que no hubiera ninguna persona que pudiera habilitar el escenario -u otro lugar- para que el pianista hiciese una prueba sobre el instrumento que iba a utilizar hasta pasadas las 5 de la tarde. Por suerte y merced a los buenos oficios del maestro Guillermo Scarabino se lo autorizó a ejercitarse un par de horas en un camerino: cualquier pianista en viaje sabe que uno de los problemas a enfrentar es la dificultad de ubicar un instrumento para la práctica diaria. Para colmo, el instrumento que le asignaron no era el que deseaba (de seguro prefería otro que empleó en las últimas visitas) y tampoco se encontró forma de complacer esa inquietud.

Pero también hay responsabilidades de los organizadores, porque cada artista se prepara para actuar de manera diferente: al parecer Freire estaba relajándose en su camerino cuando pocos minutos después de las 8 -hora anunciada para el inicio- se lo llamó para acceder a escena. Seguramente pensó que saldría a tocar enseguida: craso error, ya que debió soportar durante más de veinticinco interminables minutos, sin ingresar al escenario, la ceremonia de presentación del acto con sucesivas alocuciones del presentador, un rabino y la viuda de un mecenas de la entidad, a la que se le hizo entrega de una distinción. No me comentaron qué actitud tomó (si se quedó tras el telón, regresó a su camerino o qué hizo) pero evidentemente su concentración de rompió por completo y el (mal) resultado quedó a la vista, o mejor dicho, al oído.
 
Visto este aciago preámbulo, es de alabar la forma en que el pianista brasileño abordó la breve página de Bach en la transcripción realizada por el gran pianista ruso Aleksander Ziloti -más conocido como Alexander Siloti- con la que abrió el recital, donde puso en evidencia un toque diáfano, gran diferenciación de planos y excelente dominio técnico. Un excelente pórtico a la dilatada sonata brahmsiana que Freire puso en programa de forma referencial, ya que la había interpretado en su debut porteño, medio siglo atrás. No voy a objetar el valor de esa obra, incomparable muestra del Brahms temprano, pero si su inclusión en un concierto de estas características, donde la amplia mayoría de la concurrencia asistía más comprometida en colaborar con una causa noble que en el hecho artístico. 

Brahms fue, por lejos, el más perjudicado por la actitud algo ausente del brasileño; en especial el complicado Allegro maestoso inicial, que sonó algo deshilvanado; mejoraron un poco las cosas en el Andante espressivo o en la intensidad que dotó al Allegro energico. El Intermezzo, expuesto sin hondura, condujo a un Finale correcto en líneas generales. Me llamó la atención, en cambio, cierta libertad con la que Freire encara el fraseo o precisas indicaciones del autor en lo que hace a métrica y dinámica. 

La segunda parte del recital mostró una marcada mejoría interpretativa. Freire lució gran afinidad con la música de su coterráneo Villa-Lobos, presentando con gran hondura el lirismo y la fuerza del Preludio de la Bachiana Nº 4 así como con ligereza y donaire los tres fragmentos de A Prole do Bebê. Para cerrar su actuación, brindó una lúcida recreación de la última Sonata para piano de Chopin; abordó el Allegro maestoso inicial sin premura, con líneas bien definidas y sensibilidad, bordó con destreza los vericuetos del Molto Vivace, supo expresar con serena dulzura el Largo y otorgó contundencia y vivacidad al Presto final.

Ahora un poco más congraciado con quienes habían asistido al concierto (en la primera parte se lo notó molesto también con los aplausos entre movimientos) Freire agradeció las efusivas muestras de afecto del público con dos obras fuera de programa; primero una sentida interpretación de la Mazurca en la menor, Op. 17 Nº 4 de Chopin y luego con una vibrante ejecución de Dia de boda en Troldhaugen, una de las más célebres de las Piezas Líricas de Grieg.

El programa impreso que se entregó al ingresar al concierto resultó una palmaria demostración de lo que NO debe ser un programa de mano, en el que era bastante difícil localizar lo que iba a interpretar Freire, perdido entre 43 páginas en su casi totalidad dedicadas a publicidad. Para colmo la información de las obras era escasísima, con títulos sin traducir (con lindezas como Organ Prelude in G minor, Sonata in F minor o 3 pieces from Baby’s Family) y faltando por completo el detalle de los movimientos de ambas sonatas.

Finalmente algo que merece ser resaltado: para cumplir con el compromiso contraído de actuar en Buenos Aires, el pianista brasileño tuvo que rechazar la invitación de Barack Obama para asistir en Washington al acto en el que se le entregó a su amiga Martha Argerich el Premio Kennedy. Un hecho que pone de relieve la seriedad artística de Freire.

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