Alemania

Una función memorable

J.G. Messerschmidt

lunes, 9 de enero de 2017
Múnich, jueves, 22 de diciembre de 2016. Teatro Nacional. Espartaco, ballet con coreografía de Yuri Grigorovich y música de Aram Jachaturián. Vestuario y escenografía: Simon Virsaladze. Osiel Gouneo (Espartaco), Ivy Amista (Frigia), Sergei Polunin (Craso), Natalia Osipova (Egina). Ballet del Estado de Baviera. Orquesta del Estado de Baviera. Dirección musical, Karen Durgaryan.

Espartaco no es el ballet más refinado ni elegante de la historia. Desde un punto de vista dramatúrgico resulta bastante flojo. Su versión de los hechos históricos que le sirven de pretexto es disparatada. Es la quintaesencia del (hoy pasadísimo de moda) ballet soviético de propaganda ideológica. A pesar de todos estos inconvenientes, si los intérpretes son competentes, es una obra que sigue haciendo delirar al público. ¿Por qué? La maravillosa partitura de Jachaturián, aun siendo más de la mitad del espectáculo, no basta para explicar el fenómeno. ¿Será la relativa „novedad“ de esta obra raramente interpretada fuera del este de Europa? ¿ O su estilo tan anticuado y diferente del de una danza moderna que, pese a lo que se diga de la boca para afuera, en el fondo sólo les gusta de verdad a quienes la hacen? Sin duda todo esto también cuenta, pero sigue sin ser suficiente... En realidad, la explicación debe buscarse en la obra misma, con todos sus defectos y virtudes, y muy en especial en un aspecto que a menudo se olvida: todos los elementos (coreográficos, musicales, dramatúrgicos, históricos, ideológicos, etc.), bellos o no, de algún modo cuadran, encajan, se complementan y dan como resultado una obra „de una pieza“, es decir, una obra genialmente bien construida, a pesar de que los materiales empleados no sean siempre los mejores.

Seguramente Igor Zelensky conoce muy bien los puntos fuertes de este ballet y conoce también al público de Múnich mucho mejor de lo que cualquiera hubiera podido esperar. Si no, no se explicaría que hubiera elegido Espartaco para presentarlo como la primera nueva producción desde que en septiembre se hizo cargo de la dirección del Ballet de Baviera. Igualmente conoce bien a sus bailarines y sabe hasta dónde pueden llegar. Hace menos de un año, jamás habríamos creído que esta compañía fuera capaz de actuar como lo ha hecho en este estreno.

El papel de Espartaco fue interpretado por el bailarín cubano Osiel Gouneo. Una vez más, este artista demostró su enorme fuerza, su capacidad atlética, su vigor y su virtuosismo acrobático. Desde luego, pocos pueden como él encarnar con enería inagotable a un caudillo de esclavos rebeldes. Ahora bien, el personaje de Espartaco no es (o no tiene por qué ser) solamente un gladiador forzudo y bravucón. También podemos esperar de él que, mediante su mímica y su danza, nos explique sus motivos para actuar como lo hace, que nos revele sus pensamientos y su psicología, que pueden ser relativamente complejos, si el intérprete sabe darles forma. De todo esto en la interpretación de Gouneo no vemos nada. El personaje es plano, sin relieve: todo él es fuerza y valentía. Al final uno acaba teniendo la impresión de que Espartaco es muchacho de buenas intenciones, pero más bien simplón. El público, con bastante razón, se preocupa poco por estas sutilezas y se deja seducir por el excelente y vigoroso técnico que es Osiel Gouneo y aplaude sin reservas sus proezas coreográficas.

La figura de Frigia es hasta cierto punto superflua, en todo caso la bailarina que asume el papel debe hacer lo posible para justificar su existencia en el drama. Aparentemente, su función no es otra que la de proporcionar a Espartaco una compañera para los pasos a dos y al público una figura femenina que compense algo la masiva presencia de varones en el escenario. A Ivy Amista le sucede lo mismo que a Osiel Gouneo: como bailarina es técnicamente irreprochable, pero como actriz no acaba de hacer creíble a Frigia. Ambos danzan estupendamente sus pasos a dos, pero sin que se advierta una musicalidad que dé verdadera continuidad a la serie de figuras coreográficas. Falta pues esa línea melódica que exigía Cechetti cuando exhortaba a sus discípulos a „cantar los pasos“.

Con Sergei Polunin entramos en otra dimensión del ballet. No es que sean muchas las posibilidades psicológicas que tiene la figura de Craso, pero Polunin sabe aprovecharlas y darle un cierto relieve interior, de modo que se advierta una oscilación anímica entre diversos polos (furia, cobardía, despotismo, lujuria). Como bailarín Polunin no está en nada por detrás de Gouneo, (también él sabe hacer delirar al público con sus vertiginosos jetés y manèges) pero ciertamente lo supera en elegancia (su punto fuerte) y en dominio del lenguaje clásico.

Ahora bien, si en este magnífico reparto alguien sobresale de modo evidente, esa es Natalia Osipova. Su Egina es un prodigio de técnica y de musicalidad. Osipova sabe matizar cada paso, cada actitud, y al mismo tiempo irradiar energía sin límites. Tanto en los pasajes virtuosísticos (muy abundantes) como en los más líricos (no demasiados) encuentra el modo de hacer que cada secuencia de danza sea original y llena de sentido, sin que un sólo movimiento aparezca forzado o banal. En virtuosismo alcanza el nivel máximo. En la expresión y en la configuración de su personaje demuestra poseer una gran gama de recursos dramáticos que se presentan a los ojos del espectador con toda la naturalidad que pueda imaginarse. Osipova se revela aquí como una excelente actriz capaz de dar a su personaje una riqueza y una belleza que electrizan al público. Su danza sí es un canto, una melodía llena de acentos y de finuras dinámicas.

El trabajo del cuerpo de baile es admirable. El nivel técnico de todos y cada uno de sus miembros, así como su fuerza y su entrega a la obra, es muy notable. Nunca antes habíamos visto al Ballet de Baviera hacer un trabajo tan complejo con tanta precisión, con tanta unidad y con tanta energía. Ante estos logros no se puede dejar de pensar en la magnífica labor llevada a cabo detrás del escenario por los maestros de la compañía.

La orquesta y su director, por su parte, ofrecieron una versión mucho más que satisfactoria de la partitura de Jachaturian. Exacta, apasionada, con los matices requeridos, una muy buena dinámica y unas secciones de cuerdas y de metales envidiables, la Orquesta de Baviera hizo una interpretación directa y muy dramática.

Al final de la función el público demostró su entusiasmo con ovaciones y con un aplauso interminable. A la salida de Yuri Grigorovich a escena, todo el teatro se puso de pie para aclamarlo. En resumen, una velada triunfal para la compañía y, sobre todo, para su director Igor Zelensky.

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