Alemania

Indescriptible

J.G. Messerschmidt

martes, 10 de enero de 2017
Múnich, domingo, 11 de diciembre de 2016. Philharmonie (Gasteig). Dimitri Shostakovich: Concierto para violonchelo y orquesta n° 1 op. 107. Piotr Ilich Chaikovsky: Manfred, sinfonía en cuatro cuadros según el poema de Byron, op.58. Gautier Capuçon, violonchelo. Orquesta Filarmónica de Múnich. Dirección: Semyon Bychkov
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Los Conciertos para violonchelo de Shostakovich no son lo más fácil del repertorio para este instrumento. Pocos son los solistas que logran una interpretación verdaderamente convincente. Gautier Capuçon es un violonchelista de grandes cualidades y, sin embargo, no acaba de acertar del todo en su versión de esta pieza. En el primer movimiento sobresalen ya la claridad y la limpieza de su interpretación, pero también se advierte uno cierto déficit de esa acidez que requiere este concierto y que es tan propia de su autor. La interpretación de Capuçon es demasiado apolínea. En este concierto (como en muchas otras composiciones de Shostakovich) ocurre lo mismo que en el personaje de Lady Macbeth en la ópera de Verdi, quien exigía de la intérprete que su canto no fuera demasiado bello. La Filarmónica de Múnich y Semyon Bychkov, en cambio, saben hallar el tono  adecuado. En el segundo tiempo (Moderato, que aquí sono más como un adagio) el solista se encuentra más en su medio natural, lo que no impide que caiga en un tono lírico-elegíaco muy bello y que su instrumento suene casi como una voz de belcanto. También aquí Semyon Bychkov acierta al obtener de la orquesta y, en particular de las cuerdas, un color rico y apropiado. La cadencia es abordada por el solista de manera meditativa, casi se diría que está interpretando a Bach. Por supuesto, también en el Allegro con moto final falta la amargura necesaria.

Sobre la segunda parte del concierto es difícil decir algo, pues obra e intérpretes se sitúan bastante más allá de lo que puede recoger la palabra. Manfred es probablemente la obra más compleja de Chaikovsky y en general una de las más difíciles del repertorio sinfónico. Se la interpreta poco, lo cual no es extraño: la mayor parte de los directores parece querer evitar esta pieza inmensa en todos los sentidos y, sobre todo, llena de peligros. No llama la atención que sea precisamente Semyon Bychkov quien se atreva con Manfred. Este maestro, uno de los más grandes de nuestros días, tiene no sólo una gigantesca capacidad técnica y artística, sino que también es capaz de alcanzar una muy intensa identificación emotiva con las obras que dirige. Precisamente esa difícil combinación de técnica, expresión y emoción, llevadas a su grado más alto, es lo que exige esta sinfonía de Chaikovsky. No entraremos en los pormenores de la versión que Bychkov y la Filarmónica de Múnich hacen de la obra, sería un intento en vano de traducir lo intraducible. Sólo recordaremos la extraordinaria precisión con que trabajan los intérpretes, su virtuosismo, su expresividad y, no hay que olvidarlo, su resistencia en una obra que puede llegar a ser agotadora. Este concierto es uno de esos pocos en los que la genialidad del compositor brilla con luz casi cegadora gracias a unos intérpretes no menos geniales.

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